La hoja roja de la política
Si hubiera habido autorictas, sabiduría moral, y no tanta potestas, poder legal sin base de honestidad, no se habrían alcanzado estas cotas de inmoralidad, quizás mejor decir amoralidad
Una novela magistral del gran Miguel Delibes, relata cómo un funcionario se encuentra atrapado en la vorágine cotidiana de la vida que, para el símil que traigo a colación en este momento, sería la política. El funcionario repite machaconamente «A mí ya me ha salido la hoja roja».
Muchos de nuestros políticos, aquellos que otrora se presentaron con el áurea de la supremacía, rodeado por la potestas que no la autorictas, se revuelven en sus escaños. Esto último, la autorictas, es lo que hubiéramos deseado todos. La sola presencia de estos políticos, reflejaba el esplendor de la soberbia, la superioridad de quién se sabe envidiado, cuando con mirada altanera, imbuido por el brillo del oropel que le señala como uno de los elegidos, se sube al coche para que le traslade a otro lugar donde se vuelva a mostrar su excelente porte y su gallardía. Antes vestía una indumentaria al alcance de todos y, ahora, su atuendo y sus lujos hace crecer la envidia. De aquellos polvos vienen estos lodos.
Si hubiera habido auctoritas, sabiduría moral, y no tanta potestas, poder legal sin base de honestidad, no se habrían alcanzado estas cotas de inmoralidad, quizás mejor decir amoralidad.
La hoja roja, que en la novela representa a la jubilación en la comparación que traigo, es un aviso al político para que vaya comprando un nuevo librillo de hojas que para el cuento sería que se vaya buscando la vida en otro predio. Y nuestro funcionario dice con tristeza «Tengo más amigos a ese lado de la tapia que a éste». No es el caso que nos ocupa, pues nuestros protagonistas tampoco los tienen. No existen amigos a uno y otro lado de la tapia. Nadie se fía de nadie y todos se graban para tener las espaldas cubiertas, pero saliendo un audio se provoca el efecto dominó y salen otros. Las hojas del librillo de la política van cayendo una detrás de otra de manera rápida y no se dan cuenta de que la hoja roja ha llegado y todos corren a comprar otro librillo, pero lo peor del cuento es que ya no hay más. Se agotaron y los pocos que quedan están en manos de algunos y nadie quiere venderlos. Se cotizan a un precio alto.
A todos nos llega la hoja roja, a unos más pronto que a otros. Solo el designio de Dios lo sabe, pero a todos nos gustaría dejar un poso, un sedimento moral, una lección que se recuerde, pero muchos serán olvidados en el fragor de la batalla y nadie les recordarán, si no es para reprocharles lo mucho que hicieron mal y lo que dejaron de hacer. Y su ejemplo no perdurará a otras generaciones, pues no hubo enseñanza en sus actividades. La historia será implacable con ellos. El polvo al polvo, porque polvo eres y al polvo volverás.
La historia relatará este periodo como una mancha negra en la sociedad española, como una etapa para olvidar y tratar de que no vuelva a repetirse. Esperemos sea un revulsivo moral para todos.
Los ingleses dicen time‘s up. Otros afirman que están en el tiempo de descuento y los más castizos hablan de que se acabó el tiempo. Sea una u otra expresión, todos estamos de acuerdo que «el pescado está todo vendido» y no hay más que hablar. Una nueva página de la historia llega.
Los políticos, cuando lleguen a su casa, en el silencio de la almohada con el que cada noche se enfrentan, cuando las tinieblas de la noche ahonden en su cerebro, pensarán eso de que a mí ya me ha llegado la hoja roja. ¿Y ahora qué haré? Una multitud de posibilidades se abre ante ellos, pero ninguna les convence, pues todas pasan por la búsqueda de un lugar de trabajo, que con toda seguridad no irá acompañado del empaque que tenían cuando salían o entraban en el Parlamento, cuando iban a un restaurante, comida de trabajo le llaman, y todo eran pleitesías y plácemes. Ya nadie le llevará la maleta en sus traslados y como aquel presidente que a la pregunta de cuando se dio cuenta de que ya no lo era, contestó «cuando tuve que llevar mi maleta». Respuesta cruda, pero real como la vida misma.
Si su cargo hubiera estado acompañado por la autorictas romana, hubiera dejado una huella, pero de esta manera solo quedarán los versos de Cervantes «Y luego in continente/caló el chapeo, requirió la espada/ miró al soslayo, fuese y no hubo nada».
Antonio Bascones es presidente de la Real Academia de Doctores de España