Mi verano del 68
«A principios de año, nubes de mal agüero empezaron a cernirse sobre la Europa Oriental: los dirigentes comunistas de tendencia conservadora se asustaron ante la creciente liberalización de Checoslovaquia. La tormenta se desató en agosto, cuando las tropas soviéticas invadieron el territorio checo»
La primera fotografía en color que aparecía en nuestro querido álbum familiar había sido tomada en el verano de 1968, a mediados del mes de agosto, apenas unos pocos días antes de que yo cumpliera mis primeros cinco añitos de edad.
Todas las fotografías anteriores que salían en aquel álbum eran en blanco y negro, con una textura de claroscuros que, en cierta forma, parecían retrotraernos a las últimas películas del Neorrealismo italiano o a los primeros filmes de la Nouvelle Vague, un movimiento cuyos integrantes se acabarían pasando también al color a lo largo de los años sesenta.
Los protagonistas de la citada imagen doméstica éramos mi padre, mi madre, mis dos hermanos y yo, que nos encontrábamos en ese día de agosto en la playa palmesana de Ciudad Jardín. Había, además, otro protagonista destacable, que era el balón azul de Nivea que yo llevaba debajo del brazo. La foto nos la hizo un amable turista extranjero, que creo que era de origen belga o francés.
Todos estábamos sonrientes —salvo quizás el balón—, seguramente porque éramos conscientes de nuestra propia llegada, por fin, a la modernidad, o como mínimo a la cámara 'Kodak Instamatic 174 Colour', que mi madre había comprado hacía apenas unos meses, en un año en que, como ustedes saben muy bien, acabarían pasando algunas otras cosas igualmente relevantes en el resto del mundo.
La práctica totalidad de esas cosas serían recogidas en el número especial que publicaría la revista Life en Español el 16 de diciembre de 1968, un ejemplar que llegaría a nuestra casa aquella misma Navidad y que todavía hoy conservo. Es cierto que desde entonces los pececillos de plata han ido haciendo poco a poco de las suyas en la portada, pero el resto de la revista se mantiene aún en bastante buen estado. Gracias a ello, la he podido releer de nuevo ahora y he podido constatar también que en el editorial de aquel número se hacía una enumeración bastante detallada y completa de lo ocurrido en los doce meses anteriores, concluyendo, yo creo que con razón, que había habido «más oscuridad que luz» en su conjunto.
«Al asesinato de Martin Luther King, le siguieron inmediatamente violentos disturbios en muchas ciudades, y poco después caía asesinado Robert Kennedy. Mientras tanto, los estudiantes se rebelaban en Alemania Occidental, España, Italia y Japón. En Nueva York, hicieron cerrar la Universidad de Columbia. En París, iniciaron una reacción en cadena que estuvo a punto de derribar al Gobierno de Francia», argumentaba el citado editorial, que también hacía referencia a la difícil situación que se vivía tras el antiguo Telón de Acero. «A principios de año, nubes de mal agüero empezaron a cernirse sobre la Europa Oriental: los dirigentes comunistas de tendencia conservadora se asustaron ante la creciente liberalización de Checoslovaquia. La tormenta se desató en agosto, cuando las tropas soviéticas invadieron el territorio checo», denunciaba el editorialista.
Cada uno de esos temas era desarrollado luego en las siguientes páginas en forma de brillantes reportajes, acompañados en cada caso por un excelente material gráfico, algo que siempre fue, por lo demás, una de las señas de identidad de la revista Life. En aquel número especial se hablaba también del viaje de Pablo VI a Colombia, la continuación de la Guerra de Vietnam, la inminente llegada del hombre a la Luna, los pioneros trasplantes de corazón, la boda de Jackie Kennedy con Aristóteles Onassis, la popularidad del gurú indio Maharishi Mahesh Yogi, la elección de Richard Nixon como nuevo presidente norteamericano, el agravamiento de la Guerra Civil de Nigeria, los Juegos Olímpicos de México o la aparición de la psicodelia.
Algunos de los epígrafes que aparecían en aquellas páginas, como 'Refugiados: las víctimas de toda guerra', 'Una larga protesta' o 'Un mundo sin ropas y sin inhibiciones', podrían valer igualmente para muchos de los reportajes que se vayan a publicar quizás ahora mismo, casi sesenta años después.
Lo único que eché de menos es que no hubiera ninguna referencia al triunfo de Massiel en Eurovisión, un hecho que para nosotros fue sin duda capital, pero que no debió de serlo tanto para los editores de Life en Español, que en el apartado musical optaron por hablar sólo de la banda de rock progresivo 'The Mothers of Invention', «cuya especialidad consistía en retratarse con bebés desnudos». Llegados a este punto, probablemente no hará falta que les diga que en casa preferíamos mucho más el pop que se hacía entonces en nuestro país que el rock que se elaboraba en otras latitudes.
El mítico La, la, la de Massiel —compuesto por los maestros Ramón Arcusa y Manuel de la Calva— sería, además, el gran éxito del verano en 1968, un verano que me pasé literalmente de fábula, viendo Los Chiripitifláuticos en televisión, jugando al fútbol y a las canicas en la calle, paseando por Palma con mi abuela materna, nadando casi cada día en la playa de Ciudad Jardín, durmiendo con mi primer osito de peluche, comiendo polos de naranja sin parar y, sobre todo, presumiendo ante conocidos y desconocidos de nuestra primera fotografía familiar en color.
Con el tiempo, en los años y en los veranos siguientes irían llegando otras series infantiles, otros juegos, otros paseos, otras playas, otros ositos, otros polos e incluso también una segunda victoria —esta vez compartida— en Eurovisión, la que lograría Salomé con Vivo cantando. Pero lo que no volvería a haber ya nunca más sería una foto familiar como aquella, no sólo porque había sido pionera en su momento, sino también porque, seguramente, nunca volvimos a experimentar tanta unión, tanta dicha y tanta paz en nuestro compartido y confiado corazón.
Josep Maria Aguiló es periodista