07 de febrero de 2023

Julio Llorente
DICHOSOS TITUBEOS

Mi Golf gris

Mi Golf gris ha representado algunas de las escenas más importantes de mi vida, algo así como un confidente que ha conocido mis días de euforia y esos otros de angustia, uno al que le he revelado, aun indirectamente, sin pretenderlo, las intimidades escondidas en los pliegues más recónditos de mi alma

Leí el nuevo poemario de Miguel d´Ors, Viaje de invierno (Renacimiento, 2021), durante las pasadas Navidades y, de entre todos los poemas que me gustaron, que fueron muchos, destaco «A todas estas cosas», que tiene una estrofa que da para artículo e incluso para ensayo:
«Pero quiero dar gracias a todas estas cosas
que han ido acompañando mi paso por el tiempo
―muebles, cuadros, cerámicas, libros, discos, películas…―,
cosas que un día cualquiera entraron en mi vida
siendo tan sólo cosas, pero que, conviviendo
conmigo hora tras hora, se llenaron de alma
y se me convirtieron en mucho más que cosas».
Recuerdo aquí estos versos de d´Ors porque también los recordé hace unos días, cuando mi padre me sugirió que era un buen momento para vender mi coche ―¡el coche que él me había regalado!―, un Golf gris que tiene casi cien mil kilómetros, cinco años y medio y algún que otro incidente a sus espaldas. Supongo que la lógica de su argumento era impecable: en el umbral de los cien mil kilómetros, lo más juicioso es vender nuestro actual coche a buen precio y comprar uno nuevo. Sin embargo, por un motivo que tiene que ver con el poema de d´Ors, a mí no terminó de convencerme. Me resisto, quizá ingenuamente, lo sé, a concebir mi Golf gris como una oportunidad de negocio.
Considérenme emotivo, incluso emotivista, pero creo que a mi coche me ata algo así como un deber de fidelidad y que venderlo a las primeras de cambio, sustituirlo por un modelo mejor, implicaría quebrantar ese deber. El Golf gris, a su modo silente, como de cirineo lacónico, me ha acompañado en algunos de mis trances más amargos. ¿Cuántas lágrimas propias habrán caído sobre su tapicería y permanecerán ahí resecas, invisibles a los ojos humanos pero de veras presentes como magulladuras de un corazón? ¿Cuántas conversaciones graves, discusiones definitivas se habrán colado a través de las rendijas de sus altavoces y todavía transitarán, como un eco, sus tornillos, tubos, cables?

A propósito del Golf, conviene recordar a Chesterton cuando decía: «Las cosas no son lo que son, sino lo que significan»

También ha reído conmigo ―una risa en general muda, la suya, que a veces, cuando yo lo pido, se transfigura en cualquier canción de Sidecars― y ha conocido a amigos que ya no lo son, a familiares que ya no están, a personas importantes que ya no importan. Sentado sobre su asiento delantero izquierdo, a resguardo del frío en invierno, del calor en verano y de la multitud siempre, he tomado decisiones irreversibles, visitado recuerdos que me estaba vedado visitar e imaginado futuros que, para mi desgracia, nunca llegarán a ser.
Cuando pienso en todo esto, en el vínculo que entrelaza mi vida y la del Golf gris, en la miríada de acontecimientos que han tenido lugar entre sus paredes ―incluso, por qué no decirlo, la miríada de acontecimientos que sus paredes han propiciado―, las palabras de mi padre conminándome a venderlo por un buen precio cobran una inesperada crueldad. ¿Vender el coche? ¿Acaso no me amputaría a mí mismo si lo hiciese? ¿Acaso no supondría entregarme a ese consumismo del que siempre he renegado precisamente porque obvia la verdad cantada por d´Ors de que las cosas, cuando conviven con el hombre, se convierten «en mucho más que cosas»?
Mientras considero las palabras oportunas para concluir el artículo, recuerdo también una frase de Chesterton que un buen amigo cita a menudo: «Las cosas no son lo que son, sino lo que significan». A simple vista, y quizá también en esencia, un coche no es más que un complejo sistema de piezas y engranajes, un prodigio de la técnica humana cuya función consiste en desplazar personas de un punto a otro a una velocidad estimable. Pero significa mucho más que eso. Cuando miro mi Golf gris, veo, por un lado, algo así como el proscenio en el que se han representado algunas de las escenas más importantes de mi vida y, por otro, algo así como un confidente que ha conocido mis días de euforia y esos otros de angustia, uno al que le he revelado, aun indirectamente, sin pretenderlo, las intimidades escondidas en los pliegues más recónditos de mi alma.
Comprendan ustedes ―compréndelo, papá― que el Golf gris no esté a la venta hoy ni lo vaya a estar nunca, por terrible que sea su deterioro y caro, ay, su mantenimiento.
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