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MAÑANA ES DOMINGOJesús Higueras

La fidelidad en lo pequeño

Dios no mide la santidad por la magnitud de nuestras obras, sino por la fidelidad con que hacemos las cosas ordinarias

«Quien es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel». Con esta sentencia, Jesús nos revela un secreto profundo de la vida cristiana: no son los gestos grandilocuentes los que transforman el corazón, sino la constancia en lo pequeño. El Señor sabe bien que somos frágiles, limitados, incapaces de hazañas espectaculares. Por eso no nos pide lo imposible, sino la sencillez de un amor que se expresa en detalles cotidianos.

Dios no mide la santidad por la magnitud de nuestras obras, sino por la fidelidad con que hacemos las cosas ordinarias. Una sonrisa ofrecida con paciencia, un silencio guardado en lugar de una crítica, una palabra de ánimo en medio del cansancio, un trabajo hecho con esmero aunque nadie lo reconozca… Son gestos que parecen minúsculos, pero que construyen la trama invisible de una vida fiel. Ahí, en lo escondido, se juega nuestra grandeza.

La fidelidad no es otra cosa que el amor perseverando en el tiempo. Amar un instante o incluso una temporada, lo puede hacer cualquiera; amar siempre, en cambio, exige decisión, constancia y humildad. Es como un bordado: puntada a puntada, detalle tras detalle, se va dibujando una figura hermosa. Lo mismo ocurre en la vida espiritual. Cuando respondemos cada día, con pequeños actos, al amor de Dios y al bien de los demás, vamos tejiendo una obra que, al final de nuestra vida, se revela como algo grande.

El problema de nuestro tiempo es la fascinación por lo inmediato y lo espectacular. Queremos resultados rápidos, emociones fuertes, éxitos visibles. Pero el Evangelio nos recuerda que lo realmente fecundo crece en silencio, como la semilla oculta en la tierra. Nadie ve la raíz que se hunde en la oscuridad, pero sin ella el árbol no sobreviviría. Así también, sin los pequeños actos de fidelidad, no habría consistencia en nuestra vida.

El amor en el matrimonio se sostiene por la constancia en los detalles, no en un par de gestos románticos aislados. La amistad perdura porque, a lo largo de los años, alguien estuvo ahí en lo cotidiano, no solo en las ocasiones solemnes. La fe madura porque se alimenta con oración sencilla, perseverante, aunque parezca monótona. La fidelidad es, en definitiva, la forma concreta que toma el amor cuando permanece en el tiempo.

Al final de la vida, quizá descubramos que no hemos hecho cosas llamativas ni memorables según el criterio del mundo. Pero si hemos sido fieles en lo pequeño, si hemos permanecido atentos a los demás más que a nosotros mismos, entonces habremos respondido al amor de Dios. Y en esa humildad silenciosa se encuentra la verdadera grandeza.

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