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MAÑANA ES DOMINGOJesús Higueras

«Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas»

El gran reto de todo cristiano es pasar de «haber oído hablar de Jesús» a dejar que Él diga de nosotros: «te conozco, eres mío»

El Evangelio de este domingo nos muestra una de las advertencias más duras de Jesús: «Hemos comido y bebido contigo y tú has hablado en nuestras plazas. Pero Él dirá: no sé quiénes sois, apartaos de mí». Estas palabras, que nos estremecen, ponen de manifiesto una verdad incómoda: no basta con estar cerca exteriormente de Cristo, sino que es necesario dejarse conocer por Él en lo más profundo del corazón.

Es posible, y de hecho sucede, que muchos asistan fielmente a las catequesis, a grupos o movimientos de la Iglesia, a la misa dominical, a encuentros eclesiales, y sin embargo no permitan que Jesús entre en su vida. Están cerca de la fe en las formas, pero lejos en lo esencial: la amistad personal con el Señor. La fe no es solo un conjunto de prácticas, ritos o conocimientos, sino ante todo una relación viva, una historia de amor entre Dios y cada alma. Una capacidad de orientar todo en nuestra vida hacia Él.

Por eso este Evangelio resulta tan exigente. Jesús no se conforma con que tengamos un barniz religioso o un cumplimiento externo. Nos advierte de que puede llegar el momento en el que nos diga: «no os conozco». No porque Él no sepa quiénes somos —Dios conoce hasta el último rincón de nuestra existencia—, sino porque nosotros mismos hemos puesto un muro, una coraza que impide que su palabra nos transforme interiormente. Esa resistencia invisible, que tantas veces cultivamos para no cambiar de vida, nos aleja de la verdadera conversión.

Es posible escuchar el Evangelio todos los días, incluso predicarlo, y al mismo tiempo estar cerrados a él. Se puede repetir oraciones, participar en procesiones o actos de fe, y sin embargo tener el corazón endurecido, impermeable a la acción del Espíritu. Lo que Jesús denuncia es esa incoherencia: vivir una religiosidad de fachada que no desemboca en una amistad sincera con Él y en una práctica de la caridad con los hermanos.

Por eso la conclusión es clara: lo decisivo en la vida cristiana no es simplemente estar cerca de Jesús, sino dejarse conocer por Él. ¿Cómo? A través de la oración, que no es una rutina aburrida ni una obligación pesada, sino el lugar de la conversación confiada y sincera con Dios. En la intimidad de la oración el Señor toca nuestras heridas, ilumina nuestras dudas, nos corrige con ternura y nos impulsa a cambiar.

Dejarse conocer por Dios significa abrirle las puertas de la vida, sin reservas, sin ocultar nada, porque Él nos ama tal como somos. Solo desde esa relación personal, hecha de escucha y de diálogo, nuestra fe se vuelve auténtica y fecunda. El gran reto de todo cristiano es pasar de «haber oído hablar de Jesús» a dejar que Él diga de nosotros: «te conozco, eres mío».

Jesús Higueras es el párroco de Santa María de Caná, en Pozuelo de Alarcón (Madrid)

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