José de Cupertino, José de Calasanz y José Moscati
Más allá del Carpintero: tres grandes santos que también llevaron el nombre de José
José de Cupertino, José de Calasanz y José Moscati son tres ejemplos de cómo la devoción y el servicio pueden elevar a los altares a perfiles tan diversos como un fraile con dificultades para estudiar, un pionero de la escuela gratuita o un eminente médico de vanguardia
En el día en que la Iglesia universal celebra la solemnidad del Patriarca San José, conviene recordar que su estela de santidad ha marcado el camino de otros hombres que, bajo su mismo nombre, transformaron el mundo.
Desde la revolución pedagógica de José de Calasanz, quien fundó la primera escuela gratuita en Europa para rescatar a los niños de la miseria, hasta la mística humildad de José de Cupertino, patrono de los estudiantes que enfrentan pruebas difíciles.
A ellos se une el testimonio de José Moscati, el médico napolitano que integró de forma heroica la vanguardia científica con la caridad hacia los más necesitados. Tres figuras distintas que, bajo un mismo patronímico, cambiaron la sociedad porque buscaron el Reino de Dios allí donde Cristo les puso.
El «bueno para nada» que aprendió a volar
La historia de San José de Cupertino (1603-1663) recuerda que la santidad es una llamada universal que no requiere grandes talentos ni proezas, y que puede florecer en la vida cotidiana, incluso cuando parece que no estamos destinados a brillar. Considerado en su juventud como un joven torpe y olvidadizo para los estudios, fue rechazado por varias ramas franciscanas y expulsado por los capuchinos por su supuesta ineptitud. Incluso un familiar que lo acogió terminó diciéndole que era «un bueno para nada».
Sin embargo, su persistencia y vida de oración le permitieron ser admitido finalmente en un convento franciscano, donde comenzó trabajando en el establo. Su camino al sacerdocio estuvo marcado por la Providencia: ante los exámenes que le paralizaban por los nervios, el examinador le pidió explicar el único pasaje bíblico que José dominaba con claridad: el versículo del Evangelio de Lucas «¡Bendita tú entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!».
Ordenado en 1628, su fama de místico creció debido a sus éxtasis, durante los cuales numerosos testimonios afirmaban haberlo visto levitar y volar por el convento. Hoy es el patrón de los estudiantes que enfrentan exámenes difíciles y de los aviadores, recordando que Dios no busca mentes brillantes, sino corazones dispuestos.
Revolución pedagógica en Trastévere
Por su parte, el aragonés San José de Calasanz (1557-1648) protagonizó una auténtica revolución social en la Roma del siglo XVII. Tras presenciar la miseria de los niños abandonados tras una inundación del Tíber, Calasanz abandonó sus proyectos para fundar en 1597 la primera escuela gratuita de Europa en el barrio del Trastévere. Su visión era adelantada a su tiempo: propuso una educación integral y accesible para todos, sin importar el origen social, estructurada en niveles y centrada tanto en la formación intelectual como en la moral bajo el lema Pietas et Litterae (Piedad y Letras).
A pesar del éxito de sus Escuelas Pías, que se extendieron por todo el continente, Calasanz tuvo que enfrentar la traición interna y la difamación, siendo destituido de su cargo a los ochenta años. Soportó estas humillaciones con una paciencia heroica, manteniendo su compromiso con los más desfavorecidos hasta su muerte a los 91 años. Su legado perdura hoy a través de los Escolapios y el impacto duradero de su visión de una educación accesible para todos.
Ciencia iluminada por la fe
La historia de San José Moscati (1880-1927) es una de esas que parecían ya trazadas, pero nadie contaba con su gran fe que muy pronto lo llevó por un camino diferente. Este médico napolitano, hijo de magistrados, decidió dedicar su vida a la medicina tras ser testigo del sufrimiento de su hermano epiléptico y de los enfermos que veía desde la ventana de su casa.
A pesar de sus diagnósticos casi milagrosos, él siempre decía a sus pacientes: «Es Dios quien te ha salvado», considerándose a sí mismo solo un «colaborador indigno» del Creador. Además, vivió la ciencia sin renunciar nunca a la luz de la fe, fortaleciéndola con la Santa Misa cada día.
Moscati no solo fue un investigador de vanguardia que experimentó con el uso de la insulina, sino un auténtico «apóstol de los enfermos». En su consulta privada no cobraba a los pobres y, en ocasiones, era él quien les entregaba dinero para sus medicinas, viendo en cada paciente el rostro de Cristo sufriente.
Su heroísmo quedó patente durante la erupción del Vesubio en 1906, cuando salvó personalmente a los pacientes de un hospital antes de que este colapsara, y durante la epidemia de cólera de 1911. Fallecido a los 47 años, su canonización en 1987 selló el ejemplo de un laico que vivió su profesión como una misión divina.