Fundado en 1910
Monseñor Alberto José González Chaves

«San José socorre en todo, porque después de María nadie estuvo más cerca de Jesús»

No es una figura amable del belén, sino una de las personalidades más altas, hondas y fecundas de la economía cristiana. Su grandeza y su poder no necesitan propaganda, ni su santidad adornos

'San José y el Niño', de George de la Tour

'San José y el Niño', de George de la Tour

Hablar de San José no es entrar en una devoción secundaria ni en una figura decorativa del Evangelio. José ocupa un lugar absolutamente singular en la historia de la salvación: después de la Santísima Virgen, no ha habido santo más grande. Y no por una especie de brillo prestado, sino precisamente por la misión única e irrepetible que Dios le confió: ser verdadero esposo de María y verdadero padre virginal de Jesús. Ahí está la clave de todo. José no fue un personaje de fondo, ni un custodio externo, ni una sombra piadosa junto al portal de Belén. Fue el hombre elegido por Dios para vivir, en la mayor intimidad posible, con los dos mayores tesoros del cielo y de la tierra: el Hijo de Dios hecho hombre y la Mujer llena de gracia. Por eso su santidad no puede medirse con categorías corrientes. El Evangelio lo llama, con sencillez, «varón justo». Y esa palabra, leída a la luz de la Tradición, contiene un mundo.

La singularidad de San José se apoya en cuatro títulos decisivos: su matrimonio con María, su paternidad sobre Cristo, su cercanía única al orden de la Encarnación y su cooperación irrepetible en la redención del mundo. José está unido a María por un verdadero matrimonio; está unido a Jesús por una verdadera paternidad, no carnal, pero sí real, moral, jurídica, afectiva y providencial; está unido, como ninguna otra criatura después de la Virgen, al misterio del Verbo encarnado; y precisamente por eso entra de modo singularísimo en la economía de la salvación. No estamos, pues, ante un santo piadosamente entrañable, pero teológicamente menor.

Al contrario: San José es una cumbre de la gracia. Su convivencia diaria con Jesús y María, su trato continuo con el misterio, su obediencia pronta, su castidad limpísima, su fidelidad callada, su prudencia viril y su humildad sin aparato hicieron de él un alma en permanente crecimiento. Su silencio no fue vacío, sino plenitud. Su ocultamiento no fue insignificancia, sino altura. Cuanto más escondido en la tierra, más glorioso en el cielo.

Viril, silencioso, eficaz

Y aquí asoma, como una llama limpia, Santa Teresa. Ella no teoriza desde lejos: habla desde la experiencia. Cuando se vio «tan tullida y en tan poca edad», determinó acudir «a los del cielo» para que la sanasen, y tomó «por abogado y señor al glorioso San José», encomendándose mucho a él. Desde entonces, dirá con esa mezcla tan suya de realismo, gracia y verdad, vio claro que este «padre y señor» la había sacado «con más bien» del que ella sabía pedirle. Y remacha con una de esas frases que valen una teología entera: «a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas». Eso es el patrocinio universal de San José.

Si todos los santos interceden por nosotros, en José esa intercesión reviste una eficacia singular, proporcionada a su excepcional santidad y a su cercanía única a Jesús y María. Por eso la Iglesia lo ha proclamado Patrono universal; por eso lo invocan las familias, los trabajadores, los religiosos, los sacerdotes, los moribundos, las almas interiores. No se trata de una devoción sentimental, sino de una convicción hondamente católica: quien fue custodio de Cristo en la tierra sigue ejerciendo en el cielo una protección de extraordinaria amplitud y poder.

También en esto Santa Teresa vuelve a poner carne y verdad en la doctrina. «No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer», escribe. Y añade todavía más: «si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío». Hay en esta observación teresiana una finura espiritual inmensa. San José no sólo obtiene; también purifica, corrige, ordena, endereza. No es un mero dispensador de favores: es un padre. Y padre es, precisamente, una de las palabras decisivas. La paternidad de San José sobre Jesús no puede entenderse en sentido natural, porque la concepción del Señor fue virginal y obra del Espíritu Santo. Pero reducirla a una ficción legal sería empobrecer el Evangelio. La Escritura no vacila en llamarlo padre; María misma dice en el templo: «Tu padre y yo te buscábamos angustiados».

Esa paternidad no procede de la sangre, pero sí de un verdadero vínculo querido por Dios, nacido del matrimonio con María y traducido en autoridad, cuidado, protección, sustento, ternura y responsabilidad. José fue padre de Jesús de una manera única, irrepetible y profundísima. De ahí que la espiritualidad cristiana vea en él no sólo al custodio de la virginidad de María y al protector del Niño, sino también un modelo altísimo de paternidad humana: una paternidad que no invade, no se impone, no se exhibe, sino que sirve, guarda, sostiene y desaparece para que otro brille. Una paternidad fuerte y humilde a la vez. Viril, silenciosa, eficaz.

San José enseña a orar porque enseña a estar

Santa Teresa, con su llaneza desarmante, llega incluso a decir que querría persuadir a todos de que fuesen devotos de este glorioso Santo, porque no ha conocido persona que de veras lo sea y no la vea más aprovechada en la virtud. Ahí está quizá uno de los criterios más luminosos para juzgar una verdadera devoción a San José: no el sentimentalismo, no la pura repetición verbal, sino el crecimiento en la vida interior, en la virtud, en la oración, en la fidelidad concreta.

Por eso añade algo preciosísimo: «Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro, y no errará en el camino». Esa frase, en el fondo, resume toda una espiritualidad. San José enseña a orar porque enseña a estar. A estar con Jesús. A vivir con María. A obedecer sin estrépito. A actuar sin teatralidad. A creer sin pedir explicaciones para todo. A amar sin apropiarse, a callar sin vaciarse por dentro, a trabajar sin perder el alma, a custodiar los misterios sin manosearlos.

En tiempos de superficialidad, activismo y estridencia, la figura de San José se alza con una elocuencia nueva. No es casual que los Papas hayan puesto a la Iglesia bajo su patrocinio en horas recias. Tampoco es casual que Santa Teresa, tan libre de supersticiones, tan enemiga de devociones raras y ceremonias huecas, pusiera en él una confianza tan absoluta. Hay devociones que entretienen; la de San José sostiene.

En definitiva, San José no es una figura amable del belén, sino una de las personalidades más altas, hondas y fecundas de la economía cristiana. Su grandeza y su poder no necesitan propaganda, ni su santidad adornos. Basta contemplarlo en su verdad: esposo castísimo de María, padre virginal de Jesús, hombre justo, patrono poderosísimo, maestro de vida interior y protector seguro de la Iglesia. Y, como diría Teresa, hay que probarlo. Porque con San José, al final, la mejor apologética sigue siendo la experiencia.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas