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Basura en la costa de la isla Henderson

Basura en la costa de la isla HendersonThe Guardian

La isla Patrimonio de la Humanidad que se ha convertido en el basurero más grande del mundo

A lo largo de un tramo de 2,5 kilómetros de playa de arena se han acumulado durante décadas unas 18 toneladas de plástico

La gestión de los residuos que genera el ser humano se ha convertido en un problema serio en muchos puntos del planeta. Cada minuto se vierten en el planeta miles de toneladas de residuos. Plásticos que flotan en los océanos durante siglos, montañas de basura electrónica que cruzan continentes, alimentos desperdiciados mientras millones pasan hambre. La humanidad ha convertido el residuo en un símbolo de su modo de vida: acelerado, desigual y, a menudo, insostenible.

De esta forma, desde las megaciudades a los rincones más remotos de la Tierra, la basura está ahí y se ha convertido en una huella difícil de erradicar. Pero, como todo, esta realidad afecta a unos lugares más que a otros. Y la palma de lugar contaminado por los residuos se la lleva una isla deshabitada del sur del Océano Pacífico.

Se trata de la isla Henderson, también conocida como Elizabeth, y originalmente isla San Juan Bautista, y que desde 1902 está incluido en el territorio británico de ultramar de las Islas Pitcairn. Para colmo de males, sus playas, ahora llenas de basura, fueron declaradas Patrimonio Mundial por la Unesco en 1988.

Las estimaciones son espectaculares, y es que a lo largo de un tramo de 2,5 kilómetros de playa de arena se han acumulado durante décadas unas 18 toneladas de plástico, a un ritmo de varios miles de piezas de este material cada día. En concreto, la estimación es que cada día se acumulan en la isla 3.750 nuevos componentes de residuos, con una tasa 100.000 veces mayor que en otros lugares del planeta.

A medio camino entre Nueva Zelanda y Chile, este pedazo de tierra de unos 37 kilómetros cuadrados se encuentra colapsado de residuos entre boyas, contenedores, botellas de agua y refrescos, cestos de ropa sucia y asientos de inodoro. Toda esta basura llega al lugar gracias al poderoso Giro del Pacífico Sur, una corriente gigante que se mueve en sentido contrario a las agujas del reloj a través del océano.

La creencia es que la mayoría de estos restos provienen de Iberoamérica o de actividades como la pesca, aunque esta se encuentra prohibida en el santuario de 830.000 kilómetros cuadrados. La mayor parte de la basura, en torno a un 68 %, ni siquiera es visible, ya que al menos 4.500 trozos por metro cuadrado se encuentran enterrados a 10 centímetros bajo la superficie.

Peligro para la flora y la fauna

Lamentablemente, muchos de los seres vivos que habitan en la isla de Henderson son víctimas directas de la imprudencia humana. Las investigaciones han demostrado que más de 200 especies están en riesgo por la ingesta de residuos plásticos, y que el 55 % de las aves marinas del planeta, incluidas dos especies presentes en esta isla, sufren los efectos de la acumulación de plástico en sus cuerpos.

El impacto no se limita a las aves. La invasión del plástico ha transformado radicalmente el ecosistema, hasta el punto de alterar incluso el comportamiento de los cangrejos terrestres. En lugar de conchas, muchos han comenzado a refugiarse en objetos que jamás deberían formar parte de su entorno: tapas de botellas, envases de cosméticos, pequeños contenedores... «Hemos llegado a encontrar un cangrejo viviendo dentro de la cabeza rota de una muñeca», relata Jennifer Lavers, que ha llevado a cabo un estudio sobre la situación de la isla publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences. Una imagen insólita que refleja con crudeza la dimensión del problema: para estas criaturas, los residuos humanos se han convertido en su nuevo hábitat.

Descubierta en 1606 por los españoles

La isla de Henderson, ubicada en el Pacífico suroriental, albergó una pequeña población permanente entre los siglos XII y XV, según evidencias arqueológicas. Más tarde, en 1606, fue redescubierta por el navegante portugués Pedro Fernández de Quirós durante un expedición española, nombrándola «isla de San Juan Bautista».

Muchos siglos después, en 1988, la Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad, destacando su excepcional estado de conservación ecológica. En su declaración, el organismo subrayó que Henderson es uno de los pocos atolones del planeta cuyos ecosistemas han permanecido prácticamente intactos. «Gracias a su aislamiento geográfico, la isla ofrece un entorno privilegiado para estudiar los procesos evolutivos propios de los ecosistemas insulares y los mecanismos de selección natural».

La Unesco también resaltó su alto valor ecológico: «Henderson alberga diez especies de plantas y cuatro especies de aves terrestres que no se encuentran en ningún otro lugar del mundo, lo que la convierte en un refugio único de biodiversidad endémica». Unas valoraciones que, con el tiempo y gracias a la acción humana, se alejan de la realidad.

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