27 de noviembre de 2021

La iraquí Nadia Murad recogiendo el Premio Nobel de la Paz 2018 en Oslo

La iraquí Nadia Murad recogiendo el Premio Nobel de la Paz 2018 en OsloGtres Online

Censuran un club de lectura con la Nobel de la Paz Nadia Murad por «miedo a la islamofobia»

El consejo escolar de Toronto ha rechazado una charla de la iraquí y autora de «Yo seré la última», una joven torturada por los yihadistas, porque podría «fomentar el odio al Islam»
Hay ocasiones en las que la censura cae sobre la propia víctima. Tal ha sido el caso de Nadia Murad, una joven iraquí que no solo fue apresada y torturada por la Yihad, sino que sobrevivió y se atrevió a contar su historia. Y por ello, por su lucha, le concedieron el Premio Nobel de la Paz en 2018.
Ahora, el consejo escolar de Toronto ha retirado su apoyo a un club de lectura en el que iba a participar Murad, al considerar que su testimonio podría ser «ofensivo» y «fomentar la islamofobia». En su libro Yo seré la última: Historia de mi cautiverio y mi lucha contra el Estado Islámico, la joven iraquí relata el infierno que padeció en 2014, cuando solo tenía 21 años y el autodenominado Estado Islámico irrumpió en su pueblo de Irak, asesinó a cientos de personas, incluida a su familia y la forzó a convertirse en una esclava sexual. 
La joven iba a participar en un club de lectura llamado «A Room of your Own» (Una habitación propia, en referencia al título de Virginia Woolf), nutrido principalmente por chicas entre 13 y 18 años en riesgo de exclusión social. Pero la Junta Escolar de la ciudad, que financia este proyecto, considera que el duro testimonio de Murad podría provocar una incitación al odio hacia los estudiantes musulmanes. 
El libro «Yo será la última», de la activista iraquí Nadia Murad

El libro «Yo será la última», de la activista iraquí Nadia Murad

Activista y defensora de los derechos humanos, Nadia Murad fue una de las pocas supervivientes yazidíes, la minoritaria religión preislámica que los terroristas yihadistas querían eliminar de Irak. Hasta ahora, ningún autor ni libro estudiado en este club de lectura de Toronto había motivado nunca un rechazo por parte del consejo escolar, que tras esta polémica está reelaborando su guía sobre la política de selección de material de lectura «culturalmente pertinente y adaptado».
La organizadora del evento, Tanya Lee, intentó convencer a la Junta Escolar de su error en censurar el relato de una víctima de una organización terrorista yihadista: «Le envié una carta y le dije: 'Esto es lo que quiere decir el Estado Islámico. Es una organización terrorista. No tiene nada que ver con los musulmanes comunes. La junta escolar de Toronto debe ser consciente de la diferencia'». Sin embargo, el miedo a las represalias bajo el paraguas de la defensa a todas las minorías ha podido más que el sentido común.

Torturada, quemada y violada

El 15 de agosto de 2014, la vida de Nadia Murad cambió para siempre. Las tropas del Estado Islámico irrumpieron en su pequeña aldea del norte de Irak, donde la minoría yazidí llevaba una vida tranquila, y cometieron una masacre. Ejecutaron a hombres y mujeres, entre ellos a su madre y seis de sus hermanos, y los amontonaron en fosas comunes. A Nadia, que tenía veintiún años, la secuestraron, junto a otras miles de jóvenes y niñas, y la vendieron como esclava sexual. Los soldados la torturaron, la quemaban con cigarrillos y la golpeaban, y la violaron repetidamente durante meses, hasta que una noche logró huir de milagro por las calles de Mosul después de que su captor se fuera de la casa dejando la cerradura abierta. Posteriormente, fue acogida por una familia vecina que la ayudó a salir clandestinamente del área controlada por el Estado Islámico, permitiéndole llegar a un campamento de refugiados en Duhok, en el norte de Irak. Así emprendió el largo y peligroso viaje hacia la libertad.
En febrero de 2015, dio su primer testimonio a reporteros del diario belga La Libre Belgique mientras permanecía en el campamento Rwanga, viviendo en un contenedor. En 2015 fue una de las mil mujeres y niños que se beneficiaron de un programa de refugiados del Gobierno de Baden-Württemberg, en Alemania, que se convirtió en su nuevo hogar. Ahora se ha convertido en defensora de los derechos humanos, en la primera persona en ser nombrada Embajadora de Buena Voluntad por la Dignidad de los Supervivientes de la Trata de Personas de las Naciones Unidas y ha ganado el Premio Nobel de la Paz.
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