Miguel Maura Gamazo en su juventud
Las memorias de Miguel Maura: el hijo de Antonio Maura que soñó con una República conservadora
Estos son mis recuerdos (Memorias 1896 - 1906), de Miguel Maura Gamazo, presenta de forma íntegra los recuerdos de su juventud. Hablamos con el responsable de su edición, Alfonso Pérez-Maura de la Peña, y con Roberto Villa García, autor del estudio introductorio de la obra"}
El libro Estos son mis recuerdos (Memorias 1896 - 1906), de Miguel Maura Gamazo, abarca sus recuerdos de sus años de juventud, desde los 9 hasta los 19 años. Aunque estos recuerdos fueron citados en la edición del Así cayó Alfonso XIII –de su nieto, Joaquín Romero Maura–, se publican íntegramente en esta edición con motivo de la Conmemoración del primer Centenario de la muerte de Antonio Maura Montaner.
La obra, cuya edición ha estado a cargo del historiador Alfonso Pérez-Maura de la Peña, presenta un estudio introductorio del también historiador Roberto Villa García.
¡Dejen paso al Gobierno de la República!
Según cuenta Alfonso Pérez-Maura a El Debate, Miguel Maura, séptimo hijo de Antonio Maura, desarrolló su carrera política bajo los auspicios de su padre perteneciendo a la facción del maurismo de Ángel Osorio y Gallardo. No obstante, «en el año 30 decide apoyar el Pacto de San Sebastián, que va a traer la Segunda República, y es uno de los que llega a la Dirección General de Seguridad en la Puerta de Alcalá y dice su famosa frase '¡dejen paso al Gobierno de la República!'».
Miguel Maura, un republicano conservador
Miguel Maura fue designado ministro de la Gobernación en el Gobierno Provisional de la Segunda República. Sin embargo, sus convicciones católicas –que se reflejan en sus memorias en sus recuerdos de sus visitas a Lourdes– le obligaron a «dimitir cuando el gobierno de la República, en su Constitución, echa a los jesuitas», añade el historiador, miembro de la Real Academia Mallorquina de Estudios Históricos, Genealógicos y Heráldicos. Añade que, aunque siguió siendo defensor del régimen de la Segunda República, «nunca se dio cuenta que la derecha en España, del año 31 al 36, o la mayoría de la derecha, nunca dejó de ser monárquica».
Miguel Maura Gamazo, ministro de la Gobernación durante la Segunda República
«Había dos personajes, Miguel Maura y Niceto Alcalá Zamora, que quisieron atraer a la república a las personas de derechas conservadoras y lo lamentable, en la tragedia de Miguel Maura, es que no fue capaz de conseguir que la gente católica de derechas le siguiera y apoyara a la república conservadora que él quería».
Por esta razón existieron Renovación Española, Acción Española y muchos movimientos de derechas que eran monárquicos. En esta línea, Miguel Maura fundó en 1932 –sin mucho éxito– el Partido Republicano Conservador. Tras su dimisión por la expulsión de los jesuitas «quedó como una persona de cierto prestigio, pero sin apoyo ciudadano».
Tras el inicio de la Guerra Civil y los asesinatos de sus hermanos José María (marzo de 1936) y Honorio (septiembre de 1936), «opta por salir de España el 1 de octubre del año 36», continúa explicando Pérez-Maura, ya que «estaba bastante amenazado por anarquistas». Miguel Maura regresó a España en 1953 con el objetivo de abrir un despacho de abogados en Barcelona, aunque su plan se vio frustrado al darse cuenta de que «Barcelona seguía siendo franquista», por lo que tuvo que cerrar su despacho a las pocas semanas ya que «no tenía clientes por su pasado republicano». A pesar de ello, «consiguió, gracias al régimen franquista, que le concediesen una pensión por haber sido exministro».
A partir de entonces se dedicó a traducir obras al francés, como una biografía de Churchill, y escribió su libro Así cayó Alfonso XIII. Más adelante, en 1965, empieza a escribir –dejando inacabas– sus memorias «que abarcarían desde 1890 hasta el año 46». Hasta 1946 mantuvo «intentos de actuar en política con el bando republicano en el exilio».
La España regeneracionista
Estas memorias resultan interesantes, según añade Alfonso, porque reflejan «la vida, como si dijéramos costumbrista de Madrid, de principios de siglo, reflejan sus inquietudes políticas desde el principio y analizan desde su perspectiva los gobiernos de la restauración en los 10 años que abarca». El lector de estas memorias no se encontrará únicamente contenido político, ya que «hay una parte de sociología del Madrid de entonces».
Por su parte, Roberto Villa García destaca que estas memorias «captan muy bien el ambiente político y social de España previo al desastre de 1898 y las consecuencias políticas y morales posteriores al desastre» resaltando, además, que «no hay que olvidar que en esto Miguel Maura es justamente de la generación de adolescentes que viven en el año 98. Esto coincide perfectamente, además, con el propio Alfonso XIII».
En este escenario Miguel Maura asume la idea regeneracionista propia de su generación, por la que en España «las cosas no pueden continuar como hasta ahora, que el modelo habilitado en su momento por Cánovas y Sagasta, tal y como está, se ha agotado». Con este pensamiento, añade, Miguel Maura se vuelve más radical que su padre, que «más que regeneracionista, era reformista» y tenía «una lealtad básica a las instituciones de la monarquía constitucional de 1876».
Con respecto a ese carácter regeneracionista, Villa García ve un carácter similar al del monarca. «En eso se puede decir que, más o menos, son vidas paralelas. Es verdad que en dos posiciones muy diferentes y con responsabilidades distintas, participan los dos de esa idea de que algo tiene que cambiar radicalmente, de que no se puede seguir como hasta ahora».
Antonio Maura, de liberal a conservador
Roberto, profesor titular de Historia Política en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, continúa destacando el valor de estas memorias «porque también nos explican varios aspectos de la política de la primera década del siglo XX que no conocíamos hasta ahora. Especialmente con todo aquello que tiene que ver con el paso de Antonio Maura del Partido Liberal al Partido Conservador y, sobre todo, cómo consigue con ese talento que tiene don Antonio la jefatura del partido en muy poco tiempo» ganándose el favor de Francisco Silvela y sustituyendo así a Raimundo Fernández Villaverde, que había logrado sacar adelante la Hacienda española tras la guerra del 98 y apuntaba ser el sucesor natural de Silvela.
El político conservador Antonio Maura Montaner en 1917
Villaverde, apunta el historiador, «no sabía cómo manejar un grupo parlamentario» y, por su parte, el talento de don Antonio «era muy superior a cualquiera de los dirigentes del Partido Conservador en ese momento». En estas memorias, «Miguel nos explica muy bien cómo internamente consigue esto don Antonio».
No obstante, hacerse con la sucesión del partido no fue una tarea tan sencilla, ya que tuvo que hacer frente a las disputas con los villaverdistas para consolidar su liderazgo. Concluye que, «hasta 1905 o 1906 Antonio Maura no es el jefe efectivo del Partido Conservador; es en esos años cuando realmente une a todas las facciones del partido».
La recuperación del archivo de Miguel Maura
El fondo documental con el que se han editado estas memorias podría haberse perdido de no ser por la Fundación Antonio Maura. Según nos cuenta Pérez-Maura de la Peña, Miguel Maura pasó 17 años en Francia donde también residió su nieto Joaquín Romero Maura (1940 - 2022), que heredó todos los papeles de su abuelo.
«Tuvieron que pasar dos años y medio desde la muerte de Joaquín Romero para que alguien en la Fundación Antonio Maura se enterara de que se estaban vendiendo en una casa de subastas un lote de todos los documentos, de todo el fondo documental, tanto de Miguel Maura como de Joaquín Romero Maura». Era el verano de 2024 y, «gracias al empeño del patronato de la Fundación Antonio Maura, conseguimos que toda esa masa documental llegara a la misma».
Portada de Estos son mis recuerdos (Memorias 1896 - 1906), de Miguel Maura Gamazo
Tras reunir todos los archivos, continúa, se inició la tarea de separar la documentación de ambos. «Durante un año, año y medio, se separó el fondo documental de Miguel Maura, que está ya inventariado y descrito y se aporta como un apéndice de estas memorias, y el fondo de Joaquín Romero Maura, que se está catalogando».
No obstante, apunta, «el fondo de Miguel Maura tiene la laguna absoluta de que, cuando concluida la Guerra Civil, la Dirección General de Seguridad incautó la documentación que había en su despacho y que está ahora en el archivo de Salamanca». Por esta razón, «el fondo documental de Miguel Maura es solo de sus 35 últimos años», desde 1936 hasta su fallecimiento en 1971.
El terror anarquista
Roberto Villa García nos habla a continuación de los actos de violencia y de terrorismo que marcaron la década tratada en las memorias como los dos atentados contra Antonio Maura o el atentado contra el rey el día de su boda. «Es verdad que esa primera década del siglo XX coincide con un gran activismo de los movimientos anarquistas» que estaban «muy esperanzados de que los atentados individuales» pudieran «adelantar la caída de los regímenes que llaman, despectivamente, burgueses».
Atentado sufrido por los Reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia el día de su boda en 1906
La práctica no fue exclusiva en España, donde antes del periodo narrado en las memorias se había producido el atentado conocido como la Bomba del Liceo, sino que se desarrolló también en el resto de Europa donde algunos atentados lograron acabar con la vida de sus objetivos. Fue el caso, por ejemplo, de Humberto I de Italia o Sadi Carnot, presidente de la República Francesa.
Con este terrorismo anarquista que buscaba acabar con los dirigentes de los distintos estados, el objetivo en España fue Maura. «Durante esa primera década del siglo XX, la figura más representativa de la política española en ese momento es Maura» que, añade, «es el único que ha logrado articular de nuevo al Partido Conservador como una gran opción de gobierno». Por ello, los anarquistas pensaban que, eliminando a Maura, se podía «anticipar la revolución». Villa García destaca que estaban «pensando en una revolución parecida a la que va a suceder en Portugal en 1910, que derroque a la monarquía».
Con respecto al atentado contra el rey, el hecho de que no estuviera casado ni tuviera descendencia lo convertía en un objetivo estratégico «porque, claro, prolongar una interinidad cuando hay una monarquía medio consolidada o volver a establecer una regencia deja a la monarquía algo más débil y, por tanto, más vulnerable ante los movimientos, básicamente, republicanos».
Otros casos destacados de asesinatos selectivos contra la cúpula de poder por parte de anarquistas serían, años después, los de José Canalejas en 1912 y Eduardo Dato en 1921. Apunta el profesor que, «siempre es esa gente, pensando en que su eliminación va a anticipar la destrucción del Estado, que es el gran objetivo de los anarquistas, o el advenimiento de la República, que es el objetivo de los republicanos extremistas de la extrema izquierda, fundamentalmente».
El Desastre del 98
La política española del siglo XX no puede explicarse sin el punto de inflexión que supuso la guerra contra Estados Unidos en 1898 y la pérdida definitiva de las provincias de ultramar. Roberto Villa García señala el impacto del Desastre del 98 por el cual España pasó de «un clima de optimismo suicida a un clima de pesimismo radical y absoluto que tampoco se correspondía con la España de entonces».
Lienzo que representa la batalla de Cavite, librada en 1898 en la que casi toda la flota española resultó aniquilada
Por una parte, el optimismo suicida se debe a que «el gobierno y los medios de comunicación, fundamentalmente, estuvieron alentando la idea de que era perfectamente posible derrotar a Estados Unidos y alentaron ese sentimiento en partes importantes de la opinión pública». No obstante, la realidad fue la de una derrota rápida y fulminante, que para mucha gente supuso «una especie como de despertar trágico, de una pesadilla».
Villa García destaca que el pesimismo radical tras la guerra –alentado por la generación regeneracionista con figuras como Joaquín Costa y Miguel de Unamuno– no reflejaba del todo la España del momento, que en los últimos 20 años «había progresado mucho y muy bien» con un «sistema constitucional que con sus defectos funcionaba y funcionaba bien». Señala, además, que por fin se había fijado «un sistema de reglas que era aceptado por todo el mundo, de modo que los cambios de gobierno se podían hacer pacíficamente, que era algo que no se había conseguido hasta 1875».
En este escenario, concluye, que «es verdad que Maura tenía una serie de reformas muy atinadas, sobre todo para implementar la democracia o la democratización dentro del sistema, pero es verdad que el mismo Maura sabía y conocía que ese proyecto de democratización no podía tener lugar rompiendo previamente con el esquema institucional que se había diseñado en 1876».
El joven rey y el político veterano
En este clima político tan convulso de comienzos de siglo nos encontramos a un joven rey, Alfonso XIII, que asume la Corona en 1902 al cumplir los dieciséis años. En su reinado surge lo que se ha denominado como 'borboneo', que según la percepción dominante Villa García califica como que «el rey te utiliza y después te tira y ya no quiere volver a saber nada más de ti». No obstante, matiza que esa es «la percepción de las personas sometidas al arbitraje de alguien».
El Rey Alfonso XIII
A través de esta metáfora, por la cual el rey actuaba a modo de árbitro entre los distintos partidos políticos añade que, «cuando el árbitro toma una decisión, siempre esa decisión puede ser más justa o menos justa, dependiendo de cómo perciba el árbitro la situación». Por esta razón, concluye que, en lo referente al 'borboneo', «siempre un equipo se ve beneficiado y otro perjudicado y, evidentemente, los perjudicados nunca van a hablar bien de una decisión del árbitro de esta manera». Desde sus inicios en política Miguel Maura fue «enormemente crítico con el desempeño constitucional del rey como árbitro entre los partidos».
Por su parte, Alfonso Pérez-Maura de la Peña destaca que Miguel Maura escribió estas memorias a los 77 años tras «casi 30 de exilio y de amargura de la expatriación». En esta línea, considera que al escribirlas «achaca el mal trato que él considera que Alfonso XIII dio a su padre a través de esa expresión». Villa García señala que la percepción de don Antonio fue muy distinta y que él «rara vez se consideró maltratado desde el punto de vista personal». Alfonso apunta que don Antonio, habiendo sido testigo de la Gloriosa y del Sexenio Revolucionario, «sabía que la única solución que podía equilibrar a España y darle un periodo de estabilidad era la monarquía la corona».
Antonio Maura y Alfonso XIII
A esta idea, Roberto añade que «estas memorias dan una percepción que se centra demasiado en los momentos puntuales de conflicto entre el rey y don Antonio y no inciden sin embargo en los momentos muy largos de buena convivencia de afecto personal». Además, «don Antonio efectivamente trata al rey como si fuera su propio hijo en muchas cosas por eso es paciente, por eso le enseña, por eso le regaña, por eso le dice y el rey en líneas generales suele aceptar muy mucho el criterio de don Antonio». Era el único político, según apunta Pérez-Maura de la Peña, al que el rey se dirigía de usted.
Como conclusión a la publicación de estas memorias, Alfonso reivindica que, «aunque sea tarde, es importantísimo intentar recuperar escritos inéditos de políticos de la época que sea y darles a conocer porque siempre pueden tener alguna aportación».