Pedro Sánchez muestra sus figuras del Quijote
Sánchez exhibe su colección de figuras del Quijote: idealismo de adorno para tapar la realidad
No parece haber corazón quijotesco en Sánchez, sino solo fijación objetiva, capricho recopilador, una suerte de síndrome de Diógenes cervantino: la acumulación de objetos que no deberían tener que verse o tocarse, sino solo pensarse o sentirse
Hace unos días se ha sabido de Sánchez, por uno de los vídeos indecentemente joviales que suele publicar en redes (donde, por cierto, cada vez va tomando más forma «francisbaconiana» de tertuliano del corazón de Telecinco), su afición a coleccionar figuras del Quijote.
Podría haber sido cualquier otra cosa como soldaditos de plomo, pero son figuras del Quijote. El presidente colecciona Quijotes que coloca en su despacho, se diría que como para contemplar la vida entera en las representaciones del hidalgo de la Mancha en cuyas aventuras siempre se ha dicho que está todo.
Dostoievski dijo de la obra maestra de la literatura universal que era «la suprema y máxima expresión del pensamiento humano, la más amarga ironía que pueda formular el hombre...».
A Unamuno le preguntaron si existía una filosofía española y dijo que «Sí, la de Don Quijote... la filosofía de Dulcinea, la de no morir, la de creer, la de crear la verdad. Y esta filosofía ni se aprende en cátedras ni se expone por lógica inductiva ni deductiva, ni surge de silogismos, ni de laboratorios, sino surge del corazón».
Pero a Sánchez, español, o al menos nacido y residente y presidente de España, parece que el quijotismo no le sale del corazón, sino de la manía. No parece haber corazón quijotesco en Sánchez, sino solo fijación objetiva, capricho recopilador, una suerte de síndrome de Diógenes cervantino, la acumulación de objetos que no deberían tener que verse o tocarse, sino solo pensarse o sentirse.
Puede que la obsesión compilante tenga también que ver con eso unamuniano y sanchista (en polos contrarios) de «crear la verdad». Lo de Sánchez es el quijotismo de pega, como casi todo lo que de él se conoce. El quijotismo imposible de poseer para él, circunstancia que atenúa con decenas de figuritas de lo que debería ser el sentimiento que le está prohibido por naturaleza, por humanidad o por su ausencia.
El quijotismo es, según la RAE, «Exageración en los sentimientos caballerosos». El Quijote pone por delante el honor a su interés. Es la nobleza sin condiciones, la justicia frente al desmán. Nada hay de egoísmo en la conducta, en la naturaleza quijotesca que es, según los románticos, la esencia del espíritu español.
La horma del zapato de Sánchez que se rodea de imágenes para sentirse inconscientemente el Quijote que no puede ser, o sí, pero ya hay que irse a la segunda acepción de quijotismo del diccionario, siempre tan curioso y esclarecedor en todos sus rincones: «Engreimiento, orgullo». Esto es también el quijotismo para la lengua española, y este Sánchez sí lo tiene. El otro, el primero, no: lo tiene que comprar en una tienda de Mojácar.