15 de agosto de 2022

Bibiana Aído, Irene Montero y Yolanda Díaz

Bibiana Aído, Irene Montero y Yolanda Díaz

La neolengua de la izquierda

«Débilas», «todes», «miembras» o «portavoza»: las pifias de los políticos con el lenguaje inclusivo

La imposición, que llega desde las instituciones, para usar un habla no sexista, provoca lapsus en los representantes públicos que los deja mal parados

«Conjunto de estrategias que tienen por objeto evitar el uso genérico del masculino gram., mecanismo firmemente asentado en la lengua y que no supone discriminación sexista alguna». Es la definición que daba en 2021 la Real Academia Española sobre el lenguaje inclusivo. Esa manera de hablar tan pretendidamente feminista con la que teóricamente se quiere dar mayor visibilidad a la mujer, pero que lo único que se consigue es ridiculizar a siglos de lucha del colectivo.
La vicepresidenta del Gobierno, Yolanda Díaz, captó de nuevo la atención por recurrir a dicha jerga no sexista que destroza el castellano. Díaz se refirió durante una intervención a «las más débilas» en referencia a las mujeres que se acogen a la tarifa regulada de la luz. En su empeño por desdoblar el género y manosear la gramática, la política de Unidas Podemos se dirigió durante un acto del pasado mes de octubre a los allí presentes con los sustantivos «autoridades, autoridadas...». Ya lo dijo George Orwell: «La corrupción de la política empieza por la corrupción del lenguaje».
En la misma línea, tenemos el ya tan popular «miembros y miembras» que lanzó en 2008 Bibiana Aído, ministra de Igualdad con Jose Luis Rodríguez Zapatero, para referirse a las diputadas de la Cámara Baja. La socialista explicó más tarde que no se trató de un guiño feminista sino de un lapsus. Por lo visto, el palabro acuñado por Aído se coló por casualidad en su discurso porque, según ella, acababa de regresar de Latinoamérica y allí es «usual ese término».
La anécdota no quedó exenta de polémica entre los lingüistas cuando la política insistió en que el vocablo podría incluirse en el diccionario. «La ministra es defensora de esa confusión de sexo y género», comentó Salvador Gutiérrez, miembro de la Real Academia Española (RAE), quien sugirió a Aído que cursase su petición por escrito: «Siempre tenemos locos que escriben a la Academia pidiendo cosas peregrinas».

«La RAE tiene mucho que aprender»

Diez años después de Aído, Irene Montero –en aquella época representante de Unidas Podemos en el Congreso– salió reivindicando la fórmula «portavoza». En su opinión, «a veces desdoblando el lenguaje, aunque no suene muy correcto, se puede avanzar en la igualdad». Otra patada al diccionario que fue motivo de burlas y que tampoco contó con el apoyo de la RAE. Algo, que no agradó a la actual ministra de Igualdad del Gobierno. «La RAE tiene mucho que aprender», sentenció Montero. La militante de Podemos argumentó que la Real Academia Española es una institución «compuesta principalmente por hombres» y que cuando se quiso incluir a mujeres se decía que «no es sitio para mujeres porque los que entienden de letras son los hombres».
Enarbolando la bandera de la paridad y la defensa de los derechos LGTBI y trans, Irene Montero ha hecho que la neolengua de la izquierda viva una etapa dorada. Una parte relevante de su discurso son las expresiones como «hijo, hija e hije», «ellos, ellas y elles», «solos, solas o soles», «todas y todes»... A través de ellas quiere demostrar que siempre estará «del lado de un lenguaje que haga sentir que todas las personas son importantes». Así, el uso de «hije» es para referirse a las personas no binarias que «tienen todo el derecho a existir».
Pero ni Aído ni Montero han sido pioneras en ir contra las reglas de nuestro idioma. Se les adelantó la socialista Carmen Romero, una de las primeras en enmascarar el debate político como algo lingüístico. Durante un mitin que realizó en los años noventa para conmemorar el Día Mundial de la Mujer Trabajadora, Romero usó tranquilamente el vocablo «jóvenas» para dirigirse al público femenino.
Los más críticos afirman que el tan discutido lenguaje inclusivo no es práctico. Más bien consideran que obstaculiza el mensaje: se termina hablando de cómo se dicen las cosas en vez de qué se dice.
Mario Vargas Llosa ya expresó alto y claro en una entrevista que le parecía «una estupidez». Arturo Pérez-Reverte es otro de los que no comulga con este uso indiscriminado del lenguaje inclusivo. «A estas vocalas les da todo iguala», escribía en Twitter en tono irónico por una noticia de la cadena SER en cuyo titular empleaba el femenino inexistente de «vocales».
Darío Villanueva, exdirector de la RAE, los escritores Esperanza Ruiz o Xosé Carlos Caneiro, entre otros, han manifestado a El Debate que el habla no sexista no es ni más ni menos que un «nuevo totalitarismo».
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