Si la IA sabe más que los profesores: ¿qué podemos pedirle los padres al colegio de nuestros hijos?
El avance de la Inteligencia Artificial obliga a padres y profesores a replantear la educación: ya no basta con transmitir conocimientos, ni una ambigua «educación en valores». Es la advertencia de Paloma Fernández de Mesa, madre de familia numerosa, experta en comunicación digital e influencer con más de 116.000 seguidores
Los cinco hijos y el marido de la autora, Paloma Fernández de Mesa
Hace unos días lancé una pregunta en redes sociales: ¿qué es lo primero que miráis al elegir un colegio? La respuesta fue prácticamente unánime: los valores.
Me alegró leerlo. Pero también me hizo pensar. Porque cuando hablamos de «educar en valores», ¿de qué estamos hablando exactamente?
Hoy casi todos los colegios aseguran educar en el respeto, la empatía, la solidaridad, el trabajo en equipo o la inclusión. Son valores importantes, por supuesto. Pero, precisamente porque lo son, ya no distinguen a un proyecto educativo. Son el mínimo exigible para cualquier sociedad civilizada.
La verdadera diferencia aparece mucho antes, en una pregunta que rara vez formulamos y de cuya respuesta depende todo lo demás: ¿Qué merece realmente la pena en la vida?
Toda educación, incluso cuando no lo dice explícitamente, responde a esa pregunta. Porque educar nunca consiste únicamente en transmitir conocimientos. Educar es enseñar, con palabras y con hechos, qué merece ser amado, qué merece ser buscado y qué merece el esfuerzo de toda una vida.
Hasta hace muy poco creíamos que la misión principal de la escuela era preparar a nuestros hijos para competir. Nos preocupaban los idiomas, la programación, la tecnología, las competencias digitales, los rankings académicos y la empleabilidad. Queríamos que estuvieran preparados para un mercado laboral cada vez más exigente.
Era una preocupación razonable.
Pero las reglas del juego han cambiado.
Las nuevas reglas del juego
No porque haya aparecido una nueva metodología educativa ni porque las aulas tengan más pantallas. Han cambiado porque, por primera vez en la historia, una inteligencia artificial puede responder en segundos a casi cualquier pregunta. Redacta informes, programa, traduce idiomas, resuelve problemas matemáticos, resume bibliotecas enteras y procesa una cantidad de información imposible para cualquier ser humano.
Al mismo tiempo, los algoritmos parecen conocernos cada día un poco mejor. Nos sugieren qué comprar, qué leer, qué escuchar, qué pensar, de qué indignarnos e incluso qué desear.
Nunca había sido tan fácil obtener respuestas.
Y, sin embargo, nunca había sido tan difícil saber cuáles son las preguntas que realmente merecen ser formuladas.
Quizá ahí se encuentre la mayor revolución educativa de nuestro tiempo.
Durante siglos la escuela fue, sobre todo, el lugar donde se transmitía el conocimiento. Después llegó la imprenta y dejó de ser imprescindible memorizar tantos textos. Más tarde apareció internet y dejó de ser necesario almacenar cantidades inmensas de información. Ahora la inteligencia artificial está empezando a realizar muchas de las tareas intelectuales que hasta hace muy poco considerábamos exclusivamente humanas.
Cada revolución tecnológica ha cambiado la manera de enseñar.
Pero esta está cambiando algo mucho más profundo: está cambiando para qué educamos.
La cuestión ya no es únicamente qué contenidos deben aprender nuestros hijos. La cuestión es mucho más radical.
¿Qué significa formar a una persona en una época en la que una máquina puede responder mejor que nosotros a miles de preguntas?
¿Qué significa formar a una persona en una época en la que una máquina puede responder mejor que nosotros a miles de preguntas?
Paradójicamente, la inteligencia artificial no hace menos importante la educación. La hace infinitamente más importante.
Qué es lo que nos distingue
Porque, cuando el conocimiento deja de ser escaso, lo verdaderamente decisivo ya no es acumular información, sino formar el juicio. Aprender a distinguir lo verdadero de lo falso. Lo importante de lo accesorio. Lo urgente de lo esencial.
En otras palabras: volver a preguntarnos qué significa ser humano.
Durante siglos, la mejor tradición educativa de Occidente respondió a esa pregunta apoyándose sobre tres grandes pilares que hoy algunos consideran antiguos, pero que quizá nunca habían sido tan necesarios:
Buscar la verdad.
Vivimos rodeados de información, pero también de manipulación, propaganda, desinformación y opiniones instantáneas. Educar no consiste únicamente en enseñar pensamiento crítico. Consiste en enseñar a amar la verdad lo suficiente como para aceptar que, a veces, es la realidad la que debe corregir nuestras ideas y no al revés. El pensamiento crítico no consiste en desconfiar de todo. Consiste en tener la humildad intelectual necesaria para reconocer que uno puede estar equivocado.
Elegir el bien.
Durante décadas hemos identificado la libertad con la ausencia de límites. Nos hemos acostumbrado a pensar que ser libre consiste en hacer lo que uno quiere. Pero toda experiencia humana demuestra exactamente lo contrario. La verdadera libertad aparece cuando somos capaces de elegir aquello que nos hace mejores, incluso cuando exige esfuerzo, disciplina, renuncia o sacrificio. Porque una persona esclava de cada uno de sus impulsos quizá haga siempre lo que le apetece, pero difícilmente podrá hacer aquello que realmente desea llegar a ser.
Contemplar la belleza.
Vivimos rodeados de pantallas, ruido y estímulos permanentes. Todo compite por captar nuestra atención durante unos segundos. La belleza hace exactamente lo contrario: nos obliga a detenernos. A guardar silencio. A contemplar. A descubrir que existen realidades cuyo valor no depende de su utilidad económica, de su productividad ni de su rentabilidad. Hay una puesta de sol, una sinfonía, una catedral, un poema o una conversación con un amigo que no sirven para producir más dinero ni para mejorar el currículum. Y, sin embargo, hacen que la vida merezca la pena.
La IA no descubrirá una vocación
En este nuevo escenario también cambia profundamente el papel del profesor.
Cuando cualquier alumno puede acceder en segundos a una cantidad inmensa de información, el docente deja de ser únicamente quien transmite conocimientos. Pasa a ser quien enseña a mirar la realidad. Quien ayuda a distinguir lo importante de lo superficial. Quien acompaña el crecimiento de una conciencia. Quien enseña a formular las preguntas que ningún algoritmo puede formular por nosotros.
Porque la inteligencia artificial podrá resolver miles de problemas técnicos.
Pero nunca descubrirá una vocación.
Nunca elegirá libremente entregar su vida por otra persona. Nunca conocerá la amistad.
Nunca experimentará el amor. Nunca sentirá compasión.
Nunca admirará una obra de arte.
Nunca rezará.
Nunca buscará el sentido de su propia existencia.
Podrá producir millones de respuestas. Pero jamás podrá decidir qué merece verdaderamente la pena.
Cada mañana miles de padres dejamos a nuestros hijos en la puerta del colegio esperando que aprendan matemáticas, idiomas, ciencias o programación. Pero, si somos sinceros, en el fondo esperamos algo mucho más grande.
Lo que esperamos los padres
Esperamos que aprendan a reconocer la verdad cuando todo invite a la mentira. Que distingan el éxito del sentido. Que sepan sostener sus convicciones con fortaleza y sus errores con humildad. Que no pierdan nunca la capacidad de emocionarse ante la belleza. Que aprendan a elegir el bien incluso cuando nadie les mire.
Porque la educación nunca ha consistido únicamente en preparar para una profesión. Educar es preparar para una vida plenamente humana. Y una vida plenamente humana comienza cuando uno descubre que existe una verdad que merece ser buscada, un bien que merece ser vivido y una belleza que merece ser contemplada.
El gran desafío educativo del siglo XXI no es enseñar respuestas mejores que las de la inteligencia artificial. Consiste en formar personas capaces de hacerse las preguntas que ninguna inteligencia artificial podrá responder jamás.
Porque el futuro no pertenecerá a quienes sepan más cosas. Esa ventaja ya la hemos perdido.
Pertenecerá a quienes sepan qué merece la pena hacer con todo lo que saben.
Y esa seguirá siendo, siempre, una tarea profundamente humana.
- Paloma Fernández de Mesa de Elizalde es madre de familia numerosa, influencer con más de 116.000 seguidores en Instagram, experta en comunicación y posicionamiento digitial, y maestra de formación.