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Alegoría de la victoria de Catalina sobre los turcos (Stefano Torelli, 1772)

Alegoría de la victoria de Catalina sobre los turcos (Stefano Torelli, 1772)

Picotazos de historia

Cuando Catalina de Rusia mandó que disecaran a su banquero

Una mañana la casa del banquero se vio asaltada por fuerzas imperiales y un oficial de la corte que, con rostro contrito, le comunicó que traía noticias tan terribles que azoraban su corazón

Cuenta Louis Philipe de Segur, historia que será recogida por Alejandro Dumas, una anécdota de los tiempos del reinado de la Emperatriz Catalina de Rusia (1729 – 1796). Había en San Petersburgo un banquero inglés de apellido Suderland que gozaba del favor y simpatías de la Emperatriz. Una mañana su casa se vio asaltada por fuerzas imperiales y un oficial de la corte, con rostro contrito le comunicó que traía noticias tan terribles que azoraban su corazón.

– ¿Acaso he perdido el favor de Su majestad?, preguntó.

–Ah, señor. El favor puede reconquistarse, un empleo puede ser devuelto. «Esto es peor», respondió el oficial compungido.

– ¿Tal vez se me expulsa a mi país?

–Eso sería una contrariedad, pero con vuestras riquezas estaríais bien en cualquier parte.

– ¡Dios mio! ¿Me destierran a Siberia?

–Ay de mi, querido señor. De Siberia se vuelve.

– ¿Van ha meterme en la cárcel?

–Si solo fuera eso...de la cárcel se puede salir.

–Por el amor de Dios ¿ Acaso van a flagelarme con el knut (látigo ruso)?

–Es un suplicio horrible señor, pero no mata.

¡Mi vida peligra! Hace dos días Su majestad me habló con tal dulzura y afecto...Decidme cuál es la orden. «Señor –contestó el oficial– tengo ordenes de haceros disecar y que vuestro cuerpo sea rellenado con paja».

«¡Pero eso es una barbaridad!», exclamo el banquero notando que se le aflojaban todos los esfínteres.

El oficial dejó que el pobre hombre se desahogara a gusto y le comunicó que le concedía quince minutos para poner en orden sus asuntos. El banquero suplicó y lloró, implorando que le permitieran escribir una nota a la Emperatriz. Movido por la piedad, el oficial aceptó el mensaje y partió a casa del gobernador de San Peterburgo, el conde Yakov Alexandrivich Bruce (de los Bruce de Escocia de toda la vida). Este, al enterarse del motivo de la interrupción y del contenido del mensaje, prohibió al oficial que hiciera nada hasta que no recibiera confirmación de él, en nombre de la Emperatriz. Y partió raudo hacia palacio.

El conde tenía privilegio de acceso directo a Su Majestad, como gobernador general de la ciudad y como mariscal de los ejércitos y, frente a Catalina, procedió a exponer lo sucedido mientras mostraba el patético billete escrito por el banquero. La reacción de la Emperatriz fue de sorpresa.

– ¡Pero que horror! Ese hombre se ha vuelto loco. Rápido, ordenar que se libere al pobre señor Suderland.

Terminada de dar la orden a un mensajero, el conde Bruce, volvió a la sala donde se encontraba Catalina y la encontró derrumbada sobre un cojín, sacudida por un incontrolable ataque de risa.

Ocurre que hacía tres años el banquero había tenido el detalle de regalar a la Emperatriz un sabueso. Catalina había tomado gran cariño al animal, al que llamó Suderland, pero el animalito había muerto esa misma mañana. Catalina ordenó al oficial de la corte que disecaran al bicho pero notando el rechazo del oficial a ejecutar inmediatamente su deseo –tal vez, pensó ella, por considerarlo por debajo de su dignidad –le había reprendido con un tono brusco.

En su tiempo todos encontraron la anécdota divertida, excepto el pobre señor Suderland que sudó tinta durante un buen rato.

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