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Taskent hacia 1910

Taskent hacia 1910

Picotazos de historia

La historia que nos legó un espía inglés sobre la breve revuelta de Osipov, el sinvergüenza de Taskent

El coronel del ejército de la India se infiltró en Taskent con la misión de investigar las intenciones de los soviéticos con respecto a la India

A lo largo del siglo XIX el Imperio ruso y británico se habrían enfrentado en una especie de guerra fría –denominada por los ingleses y popularizada por el escritor Rudyard Kipling como «El Gran Juego»– en la que los primeros trataban de alcanzar la frontera con la India y los segundos intentaban alejar ésta o crear estados tapón con el objeto de proteger a la joya de la corona del Imperio británico de la rapacidad rusa. Al alborear el siglo XX se puso fin a tan peligroso y emparanoiate juego. Incluso llegaron a ser aliados durante la Primera Guerra Mundial. La revolución de octubre de 1917 puso fin a tan anómala situación.

El coronel del ejército de la India Frederick Marshman Bailey, un personaje fascinante que nos legó varios libros relatándonos sus aventuras, se infiltró en Taskent, la entonces capital del Turquestán –una región histórica situada entre el mar Caspio y el desierto del Gobi–, con la misión de investigar las intenciones de los soviéticos con respecto a la India. Mientras estuvo en la ciudad, disfrazado como un prisionero de guerra y asumiendo diferentes personalidades, fue testigo de una curiosa revuelta.

El 9 de enero de 1919 uno de los nueve comisarios de guerra soviéticos que controlaban la zona –un antiguo oficial zarista con fama de fanática pasión revolucionaria y que se apellidaba Osipov– decidió dar un golpe de Estado y sustituir el gobierno bolchevique por el suyo propio. Desde los barracones del segundo regimiento del Turquestán, bajo su mando, hizo llamar a todos los comisarios para una importante reunión en su cuartel para hablar sobre una inminente sublevación.

Pero, a medida que fueron llegando los comisarios les pegaban un tiro en la cabeza y problema solucionado. Osipov, único superviviente de todos los comisarios, declaró la ley marcial y la orden de fusilamiento de todos los elementos soviéticos que habían campado a sus anchas durante meses cometiendo todo tipo de tropelías. La proclama, para desconcierto de algunos y cachondeo de todos, fue leída por el antiguo jefe de la cheka local, quien había tenido una epifanía política al verse frente al cañón de una pistola.

El régimen de Osipov duró tres días ya que no pudieron hacer frente a la contraofensiva soviética debido a las diferencias entre los rusos blancos y la continua ebriedad de Osipov. Al tercer día, viendo Osipov que los soviéticos acabarían recuperando Taskent y acompañado por un grupo de secuaces, se presentó ante el cajero jefe del banco central de la ciudad y a punta de pistola le obligó a que abriera las bóvedas. Se sirvieron a placer y desaparecieron con varios millones de rublos en monedas de oro. Jamás nadie volvería a saber nada de ellos. En cuanto al desdichado cajero fue fusilado como elemento contrarrevolucionario por haber ayudado al saqueo del banco.

En cuanto al coronel Bailey que nos relató estos deliciosos hechos, cumplió a satisfacción de sus superiores la misión encomendada, pero se encontró con el problema de la vuelta. La frontera estaba vigilada en las únicas rutas accesibles, además había desiertos, grandes extensiones que atravesar, tribus que podrían robarle hasta los botones y todos los agentes y soldados soviéticos que buscaban al agente británico que sabían que se había infiltrado en el región. Bailey, quien para entonces había llevado una docena de identidades diferentes, se presentó en la oficina central de la cheka de Taskent.

Allí les explicó que era un soldado rumano, un ferviente seguidor de la revolución de la que estaba convencido y que conocía a los turcomanos y hablaba su lengua lo suficiente como para entenderse. Les propuso que le guiaran hasta la primera aldea afgana, pasada la frontera, para que, desde allí, pudiese esperar la llegada del espía inglés (él mismo) y cuando éste llegase, hacerle prisionero al cruzar la frontera. Los soviéticos se quedaron asombrados del valor de ese rumano y se felicitaron por el voluntario que les había llovido del cielo. El jefe de la cheka le besó, emocionado, al despedirse camino de su misión. De esta manera el coronel Bailey consiguió llegar a Afganistán gracias a la ayuda que recibió por parte de la cheka soviética de Taskent.

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