El comandante Ramón Franco (derecha) y el capitán Julio Ruiz de Alda (izquierda), durante los preparativos del vuelo del hidroavión 'Plus Ultra'
La sublevación republicana de Cuatro Vientos y la razón por la que no fue bombardeado el Palacio Real
Pese a que los republicanos presumieron siempre de buscar métodos democráticos, en 1930 organizaron un golpe militar. El 15 de diciembre lo volvieron a intentar con la sublevación del aeródromo de Cuatro Vientos de Madrid
Una conspiración militar republicana en la capital comenzó en agosto de 1930, cuando se reunió el «Pacto de San Sebastián», dispuesto a instaurar la República como fuera en España. Se fue retrasando por las dificultades para lograr apoyos castrenses y civiles, aunque destacaron entre sus miembros Gonzalo Queipo de Llano y Ramón Franco. Tras la compra de un lote de pistolas y municiones a precio de saldo, se llegó al acuerdo de que el golpe comenzase la madrugada del día 15 de diciembre.
Los sindicalistas de UGT debían declarar para esa jornada la huelga general revolucionaria, con lo que facilitarían sus objetivos a los militares sublevados. Pero el 14 por la tarde, los comprometidos no tuvieron más noticias que ni la UGT ni el PSOE irían a la huelga en Madrid, y se pensó que lo más prudente era suspender cualquier acción.
Eligio de Mateo Sousa, uno de los conspiradores, escribió en sus memorias que vieron patrullas con detenidos por las calles de Madrid, sospechando que todo había fracasado, por lo cual decidieron ir a casa de José García Myar, un indiano rico, republicano federal, que se había comprometido a esconderles si el plan fallaba. Sin embargo, al llegar, les entregó una octavilla tirada por un avión que les confirmó que Cuatro Vientos se había sublevado.
Y es que, si bien los artilleros comprometidos se negaron a alzarse al conocer la postura de los socialistas, Ramón Franco e Hidalgo de Cisneros decidieron acudir al aeródromo de Cuatro Vientos para intentar su levantamiento contra el Gobierno de Dámaso Berenguer y el rey Alfonso XIII.
El aeródromo de Cuatro Vientos en 1908, durante una visita del rey Alfonso XIII
Al principio, controlaron la situación de tal manera que fueron llegando los comprometidos al aeródromo. Como era costumbre, dos autobuses trajeron a los aviadores destinados a la base desde la plaza de Cibeles, totalmente ignorantes de la situación. Nadie les dijo nada, pero, al llegar, el capitán González Gil, jefe de la Escuela de Mecánicos, les explicó la situación, debiendo elegir entre unirse a ellos o pasar detenidos al edificio de oficiales. Casi todos optaron por la segunda opción.
Más tarde partió el avión de Ramón Franco, dispuesto a bombardear el Palacio Real de Madrid. En sus alas, como emblema revolucionario, los sublevados pintaron escarapelas rojas. Pero, finalmente, el aviador sublevado no llegó a tirar las bombas —según su versión— «por la numerosa masa de civiles que rodeaba los patios y plazas cercanas a palacio».
Siempre se ha aludido a ese hermoso gesto, aunque —cabe recordar— que, de no haber habido tanta gente, Ramón Franco no hubiera dudado en lanzar bombas, matando a la familia real, los guardias, el personal de administración y de servicio. Pero ¿fue verdad ese gesto?
Ramón Franco sobrevuela el Palacio Real a bordo de un Breguet 19
Eligio de Mateo Sousa —sobrino político de Manuel Azaña— narró en sus memorias que el teniente Collar tomó dos camiones con toldo y metió un pelotón de soldados en cada uno, dirigiéndose hasta Retamares, donde estaban los polvorines. Exigió, bajo amenaza, la entrega de bombas y municiones. Los camiones volvieron a Cuatro Vientos cargados con todo ello y con los cerrojos de los fusiles del destacamento.
Al llegar, los conspiradores se dieron cuenta de que las bombas no llevaban espoletas. Un maestro armero trató de que explotasen por percusión con un dispositivo que improvisó a base de cartuchos vacíos, fracasando finalmente. Esa fue la verdadera causa de por qué no se bombardeó el Palacio Real y solo se pudo lanzar octavillas proclamando el régimen republicano.
Se distribuyeron fusiles y se organizó en pelotones a los obreros que habían llegado con la misma facilidad que los militares alzados, siendo la primera milicia obrera de hombres mayores que se formaba antes de la guerra civil. Pero las fuerzas leales al Gobierno monárquico controlaron la situación en los cuarteles de Carabanchel, los carros de combate envolvieron el aeródromo y la artillería estableció posiciones por si era necesario disparar sobre Cuatro Vientos.
Ramón Franco aterrizó y comunicó a sus compañeros de conspiración el despliegue que había visto, por lo que todos comprendieron la dificultad de mantener la rebelión y decidieron, para evitar el fracaso de la tropa que les seguía, marchar en vuelo a Portugal. Tras avisar a los oficiales que estaban con las tropas que todo esfuerzo de resistencia era inútil ante la escasez de apoyos, los jefes más importantes de la rebelión tomaron tres aviones que permanecían en los talleres, recién reparados y con los depósitos llenos de gasolina, poniendo rumbo a Lisboa.