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Detalle del Reloj del Pavo Real expuesto en el Museo del Hermitage de San Petersburgo

Detalle del Reloj del Pavo Real expuesto en el Museo del Hermitage de San Petersburgo

Picotazos de historia

El reloj autómata que acabó en manos de Catalina la Grande y sigue funcionando en el Hermitage

Se encargó a James Cox fabricante de autómatas, dejándole libertad de creación, pero con el mandato de que debía ser «un dispositivo poco común para sorprender a sus invitados»

El siglo XVIII fue el tiempo de la Ilustración y los grandes señores no solo debían mostrar interés por los avances científicos y apoyarlos; además, era de buen tono tener su propia galería de curiosidades. Por supuesto que hubo verdaderos apasionados de las ciencias entre ellos, incluso alguno hubo que fue científico por derecho propio.

Uno de los elementos más requeridos para adornar y asombrar a los invitados eran los autómatas. Según la RAE, autómata es la máquina que simula la figura y movimientos de un ser animado. Históricamente se conocen desde el Antiguo Egipto y siempre han sido posesiones muy apreciadas por sus dueños, que los mostraban con orgullo y gozaban con el pasmo que producían.

El primer documento escrito que se conoce en relación con ellos es el conocido como Libro de los Mecanismos Ingeniosos, escrito por los hermanos Banū Mūsā en el año 805 d. C. Los tres hermanos trabajaban en la gran biblioteca de Bagdad –conocida como la Casa de la Sabiduría– y el libro fue un encargo que les hizo el califa Al-Mamún con el objeto de recopilar todo el conocimiento antiguo que había acerca de ellos.

Pues bien, durante el siglo XVIII, la modernizada Rusia –o al menos aquella parte que luchaba por serlo– se sumó con entusiasmo a la moda imperante de los autómatas. Uno de los principales nobles de la corte de Catalina II era el conde Sheremétev, que no fue inmune a la moda de poseer un autómata con el que asombrar y sorprender a sus huéspedes en su mansión en Kuskovo (hoy en día, uno de los distritos de Moscú). Sheremétev encargó uno al que se consideraba el más famoso de sus constructores: el inglés James Cox.

Este era un joyero, inventor y muy hábil artesano que se había asociado con John Joseph Merlin (1735–1803), otro colega inventor y experto creador de engranajes, cuya empresa creó algunos de los más famosos autómatas de su tiempo. Una de sus obras más conocidas —aparte del Reloj del Pavo Real, motivo del presente artículo— es el llamado Cisne de Plata, que hoy puede admirarse en el museo Bowes de Barnard Castle, en el condado de Durham, en el Reino Unido.

El Cisne de Plata en el Museo Bowes

El Cisne de Plata en el Museo Bowes

Volviendo al conde ruso, este encargó a James Cox un autómata, dejándole libertad de creación, pero con el mandato de que debía ser «un dispositivo poco común para sorprender a sus invitados».

En 1772, un año después del encargo, llegó a Rusia el autómata junto con el propio Cox para montarlo. La máquina estaba construida en bronce dorado al fuego, plata, cobre de diferentes tonalidades, vidrio y esmalte. Representaba una parte de un bosque, con setas por el suelo, en cuya parte central brotaba un árbol sobre cuya cúspide estaba posado un pavo real; de una de las ramas colgaba una jaula en donde estaba encerrada una lechuza. Otra figura del autómata era la de una ardilla profundamente concentrada en abrir una nuez y, sobre un tocón, estaba situado un gallo.

Cuando se pone en movimiento el engranaje del autómata, el pavo real abre y mueve su cola con gran realismo. El búho que está dentro de la jaula gira la cabeza y mueve los ojos, mientras el gallo aguarda su turno para cerrar el ciclo cantando y moviendo el cuello.

Antes les he mencionado que este autómata es un reloj, pero su función horaria se muestra de forma muy discreta. El reloj se encuentra alojado en el interior de una seta —eso sí, la más grande— que está justo enfrente del tronco del árbol central. Cuando el autómata se anima y entra en funcionamiento, nos muestra una alegoría del tiempo representada por el gallo (el amanecer), el búho (la noche) y el pavo real (la luz del día).

El búho del Reloj del Pavo Real

El búho del Reloj del Pavo Real

El reloj, solo parcialmente montado —ya que falta una parte del decorado inferior que representaría a un pequeño pueblo y que nunca llegó—, fue un éxito. Exhibido en el palacio Sheremétev de Kuskovo, era un motivo de orgullo para su propietario. Pero estas cosas también son objeto de envidia y de codicia. Uno de los invitados en la mansión de Sheremétev fue el conde Grigori Potemkin, rutilante estrella en continuo ascenso dentro de los afectos imperiales y que pronto sería nombrado príncipe, quien se encaprichó del reloj. Potemkin hizo a Sheremétev una oferta que no pudo rechazar y, en 1780, adquirió el espectacular reloj obra de James Cox.

El reloj adornó, por poco tiempo, el gran palacio Potemkin –el antiguo, porque el que existe hoy en San Petersburgo empezó a construirse en 1783 como regalo de Catalina II a su favorito–, ya que, cumplido el anhelo de la posesión, el cortesano lo regaló a la zarina, sabedor de que esta apreciaría el espectacular y hermoso ingenio.

El Reloj del Pavo Real adornó el gran palacio de verano de Tsárskoye Seló, en la ciudad de Pushkin, a 25 kilómetros de San Petersburgo. Al año siguiente de la muerte de la gran emperatriz (1797), su sucesor, Pablo I –quien mostraba todos los síntomas de alguien para quien la intensa personalidad de su madre había sido demasiado–, ordenó que el reloj fuera trasladado al Palacio de Invierno en San Petersburgo.

Reloj pavo real

Reloj del Pavo Real

Allí se integró dentro de las colecciones del Hermitage, de las que hoy es una de sus piezas más simbólicas y representativas. Esto último es así hasta tal punto que todos los días la televisión oficial rusa transmite la sonería y los movimientos del Reloj del Pavo Real. El autómata es periódicamente limpiado y amorosamente mantenido por los técnicos conservadores del Hermitage, para quienes su funcionamiento es motivo de orgullo.

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