El Papa Gregorio XI devuelve la sede papal
El conquense que combatió a nobles y mercenarios al servicio del Papa en la Italia del siglo XIV
Fue recompensado por el Papa con el nombramiento de senador de Roma
El siglo XIV supuso una profunda cesura en la historia europea. En 1309, la corte pontificia abandonó Roma para refugiarse en la ciudad de Aviñón, huyendo de la anarquía. Quedó así sometida a la influencia de la monarquía francesa y su autoridad quedó en entredicho. En 1348, la llegada de la peste negra tuvo un impacto brutal.
Probablemente murió una tercera parte de la población europea. La economía se resquebrajó, las relaciones sociales se distorsionaron y la confianza en las instituciones quedó bajo mínimos.
Para la mentalidad de la época, aquella monstruosa tragedia solo podía responder a un castigo divino por los pecados de la cristiandad. Entre ellos destacaba el mal ejemplo de los Papas y su subordinación a la corte francesa. Para recuperar la protección del Altísimo se consideró imprescindible devolver la ejemplaridad a la institución pontificia y, sobre todo, asegurar su independencia frente a los poderes políticos. El Pontífice debía volver a Roma.
Atendiendo a este clamor, Clemente VI decidió enviar una expedición a Italia con el objetivo de devolver el orden y la autoridad a los atormentados Estados Pontificios. Los españoles siempre habían mostrado una firme devoción por el Papado. Les había dolido con especial intensidad su «cautiverio». Por ello, no es extraño que se eligiese a un cardenal español, don Gil Álvarez de Albornoz, como legado pontificio para encabezar la expedición proyectada.
Blasco Fernández de Belvís participó de forma destacada en aquella difícil aventura. Nació en Cuenca en 1320, en el seno de una familia de la pequeña nobleza emparentada con los Albornoz. Desde muy joven tomó parte con su pariente, entonces arzobispo de Toledo, en la batalla del Salado en 1340 y en las conquistas de Algeciras y Tarifa, con las que se cerró definitivamente el paso del Estrecho a los benimerines.
Una experiencia militar que iba a resultar invalorable para la ímproba tarea que aguardaba en Italia. Albornoz se rodeó de un pequeño estado mayor de hombres jóvenes aguerridos, cultos e inteligentes de su entorno personal. En Italia fueron conocidos como «los españoles», admirados por su valentía e integridad, temidos por su dureza. Pero, sobre todo, imbuidos por la certeza de estar participando en una tarea trascendente, cuasi religiosa: implantar el orden y reconstruir la autoridad de la Iglesia.
El cardenal Albornoz le encargó en 1355 su primera misión: restaurar la autoridad pontificia en la Marca de Ancona, dominada por la inseguridad que ocasionaban los continuos enfrentamientos entre familias nobiliarias como los Mogliano y los Malatesta.
Experto en expugnar ciudades, se apoderó sucesivamente de poderosos bastiones como Fermo y Recanati. Se labró también un merecido prestigio de gobernante justo y eficaz, por lo que fue nombrado rector de la Marca de Ancona, cargo que desempeñó durante cinco años.
Las operaciones militares se complicaron por la presencia de bandas de condotieros, mercenarios a sueldo que formaban poderosos ejércitos dedicados al saqueo y a la extorsión. Tuvo que afrontar a la «Gran Compañía», que atravesaba Italia de norte a sur. Consiguió controlarla con una mezcla de diplomacia y de presencia militar.
La marca en un mapa de 1564 confeccionado por Vincenzo Luchino
En 1360 fue designado vicario general de Bolonia, en un momento peligroso porque los poderosos Visconti, duques de Milán, amenazaban a esta hermosa urbe. Su entrada en la ciudad fue saludada por una multitud que gritaba «viva la Iglesia» y que aceptó con entusiasmo su vuelta a la administración papal. En los sucesivos asaltos a Bolonia de los Visconti, el cardenal Albornoz llegó a participar directamente en los combates, ganándose el aprecio de los boloñeses.
En 1362 se le encargó otra misión como rector del ducado de Spoleto, para acabar con las resistencias que se oponían a la autoridad papal. Desempeñó el cargo con «sabiduría y destreza», según sus coetáneos. Aquí tuvo que afrontar otra grave amenaza: la compañía de condotieros llamada «Baumgarthen» por el nombre de su jefe, que estuvo a punto de apoderarse de Roma. La derrotó con el concurso de Gómez de Albornoz, otro de los «españoles».
En 1367, el cardenal le encargó asegurar la autoridad pontificia en la ciudad de Asís, en la que se habían producido graves disturbios. Se desplazó allí en compañía de su hijo Garcís Belvís, fiel colaborador en esta etapa de su vida. Su llegada sirvió para aplacar los ánimos y restaurar el orden. Fue recompensado por el Papa con el nombramiento de senador de Roma, cargo que ocupó simultáneamente con el rectorado de Spoleto.
Poco se sabe de sus últimos años. Padre e hijo fueron asesinados a finales de 1368 cerca de Terni en el curso de un viaje. Su muerte se debió a una conspiración urdida por sectores señoriales descontentos. Ambos descansan en la iglesia de San Francisco, en Asís. Aunque no pudo ver el retorno del Papa a Roma, su aportación fue decisiva para conseguirla. Descansa en paz con la conciencia de haber cumplido con su deber y con su lealtad a la Iglesia.