Inés Suarez, la brava mujer que no pudo salvar por última vez a Valdivia
Admirada por los conquistadores y recordada en Chile, Inés Suárez encarnó el arrojo y la violencia de una época en la que Santiago estuvo varias veces al borde de desaparecer
Doña Inés de Suarez en la defensa de la ciudad de Santiago
Inés Suarez tiene cuatro novelas dedicadas a su persona, la de la gran escritora chilena, Isabel Allende, Inés del alma mía, alcanzó un gran éxito y alumbró hasta una serie de TVE. También ha aparecido por la gran pantalla y es muy celebrada, incluso más en Chile –una estación de metro en Santiago lleva su nombre– que en España, aunque en la expedición de conquista del territorio no le temblara la mano para decapitar a unos caciques mapuches prisioneros cuando Santiago estaba a punto de sucumbir al asalto de sus tropas. Eso parece que se lo toman menos en cuenta que a Valdivia por cortarles una mano y la nariz a otros.
Desde luego los conquistadores la quisieron mucho y la tuvieron en muy alta estima. Razones tenían, sin duda. Tanto su amante, Pedro de Valdivia, al que le salvó en alguna ocasión el pellejo, como a sus dos maridos, al primero al que fue a buscar hasta el Perú, aunque cuando llegó acababa de morir, como al que le buscó Valdivia cuando le obligaron a separarse de ella, con quien vivió tan contenta durante 30 años y hasta llegó como su consorte a Gobernadora de aquel Reino, pues el territorio tal denominación tuvo.
Con las clases de tropa y las gentes de a pie fue providencial hasta para encontrar agua en medio del desierto y siempre presta a curar sus heridas, algo que la sitúa en cierto modo como la primera mujer enfermera, y de guerra, en las Américas. Así que el que sus compañeros de viaje y aventuras la consideraran como una «mujer de extraordinario arrojo y lealtad, discreta, sensata y bondadosa, y que disfrutaba de una gran estima» estaba más que justificado. Un prestigio que mantuvo de por vida y hasta los 73 años que disfrutó de ella.
Inés nació en 1507 en la hermosa ciudad cacereña de Plasencia, en una familia humilde, su madre era costurera y le enseñó el oficio y su abuelo ebanista que, cuando cumplió los 19 años, le buscó marido, un tal Juan de Málaga del que sabemos muy poco, salvo que no tuvieron hijos, y que tras un año y pico de matrimonio y, como muchos otros extremeños de la época, puso rumbo a las Américas, este caso a Panamá, en busca de mejor fortuna y parece que como soldado.
De su estancia por aquellas tierras pocas noticias hay e Inés tampoco las tuvo, tan solo al cabo de casi diez años, que andaba por Venezuela. Nada extraño por otra parte. Pero lo que sí lo fue, por extraordinario, es que ella decidiera, por su cuenta y riesgo el partir a su encuentro.
Rumbo a las Indias en busca de su marido
En 1537 consiguió licencia del Rey para hacer el viaje y se las ingenió como pudo para costeárselo y embarcar para las Indias. Llegó, cumplidos ya los 30 años, e inició la búsqueda y se las apañó para enterarse que su Juan andaba por el Perú con los Pizarro pues estos, encabezados por el hermanastro bastardo Francisco, habían seguido el mismo periplo saliendo de Panamá, entonces Castilla del Oro, y tirando Pacífico abajo, descubierto con él a su lado, por ya decapitado Balboa, que había sido su jefe, un gran imperio donde había mucho oro.
Lo del oro y que todos los que fueron y sobrevivieron habían hecho gran fortuna sí que era muy mentado y que los que participaron en aquello y lo contaron, tras aprisionar al Inca Atahualpa en Cajamarca y hacerse con su imperio del Tahuantinsuyo, habían obtenido su parte en la gran fortuna conseguida.
Captura de Atahualpa en Cajamarca, de Juan B. Lepiani
Así que Isabel se fue para Lima y lo que se encontró allí es que, entre los conquistadores, Pizarro y su socio y antes amigo Almagro, había estallado la guerra y que en ella y en la reciente batalla de Las Salinas, su marido, que se inclinó por el bando de los primeros, aunque fueran los vencedores, había muerto. En las batallas siempre hay, también entre los victoriosos, quienes no alcanzan a celebrar el triunfo.
No era de las que se vienen abajo y lo que hizo fue reclamar sus derechos como viuda y, aunque no parece que el marido hubiera dejado bienes reseñables, sí que se le concedió una pequeña parcela de tierra y una casa en el Cuzco, que era el territorio del que el perdedor y ejecutado Almagro quería apropiarse, y encomienda de indios para que la trabajaran y le sirvieran.
El camino a Chile: salvadora de Valdivia y la Aguada de doña Inés
Fue casualidad que su vecino de encomienda fuera Pedro de Valdivia, paisano y ya afamado maestre como había demostrado precisamente en la batalla donde ella había perdido a su marido, y el roce hizo que encontrara a cambio un poderoso y lucido amante. Y ya como tal decidieran irse juntos a la conquista de Chile.
Aquello, sin matrimoniar, estaba peor que mal visto, y Pizarro solo lo consintió con el engaño pactado y refrendado por escrito de que ella lo asistiese en la función de sirviente doméstica. Todos sabían que eran otras cosas, pero ante la Iglesia había que guardar las formas. Y todos tan contentos, también los expedicionarios, excepto los que conspiraban contra su amante, pues resultó la mejor de las ayudas y lo demostró muy pronto.
Fue ella quien a la entrada del desierto de Atacama dio la alarma sobre las intenciones del socio de Valdivia, Pedro Sánchez de Hoz, que llegado nocturnamente al campamento intentó acabar con la vida de su compañero, y con sus compinches hubo salir de la tienda, él no estaba en ella, perseguido por sus gritos y denuestos. Pero fue todavía mucho más celebrado por todos cuando sedientos y desesperados al no poder hallar agua por ningún sitio, fuera ella la que providencialmente diera con ella en un lugar donde no parecía posible que la hubiera.
En la vanguardia de la expedición los guías indígenas procuraban encontrarla en los pozos que conocían y en los que cavaban, aunque estuvieran secos por ver si aún la había debajo de la arena, pero llevaban días, tras meses cruzando el desierto, en que no la hallaban y no encontraban sino manantiales agotados y resecos.
La desesperación comenzaba a adueñarse hasta de los más firmes cuando llegados a un lugar donde iban a acampar ella, fuera por intuición o porque encontró alguna traza de su pasada existencia, ordenó a un yanacona (indio aliado y al servicio de los españoles) que «cavara en el a asiento donde ella estaba», y no había ahondado ni siquiera un metro cuando el agua brotó como por ensalmo y en abundancia «y todo el ejército se satisfizo, dando gracias a Dios por tal misericordia, y testificando ser el agua la mejor que han bebido la del jahuel de doña Inés, que así le quedó por nombre». Desde entonces y hasta hoy sigue manando y el lugar llamándose La Aguada de doña Inés.
Fundación y defensa de Santiago de Nueva Extremadura
Llevaban ya once meses de viaje y ya en el mes de diciembre de 1540, cuando al fin consiguieron llegar al valle del Mapocho donde Valdivia entendió que levantó entre dos cerros y donde había restos de una ciudadela inca. Isabel estuvo, pues, entre las fundadoras de lo que entonces se llamó Santiago de Nueva Extremadura y hoy Santiago de Chile y fue su primera vecina española pues Valdivia, para evitar habladurías, le hizo levantar casa aparte.
La fundación de Santiago (1888), óleo de Pedro Lira
Fue allí casi un año más tarde, en septiembre de 1541, cuando Inés iba a convertirse en la sangrienta heroína que impidió que los indígenas la destruyeran por completo, aunque a punto estuvieron de lograrlo.
Valdivia estaba ausente con la mayoría de los jinetes y solo habían quedado en Santiago una cabalgada con 90 jinetes para sofocar una masiva y violenta revuelta indígena que le había estallado en los yacimientos auríferos, los había dejado medio destruidos y muertos varios españoles. Pero antes de partir había apresado a 7 caciques de los poblados vecinos para tenerlos como rehenes pues se estaba temiendo una insurrección general.
Así sucedió y Santiago se vio rodeada por una gran concentración de indígenas hostiles y allí para defenderla solo quedaban 50 españoles, 32 de a caballo y 18 infantes y 200 yanaconas aliados. Hubo entonces voces de que lo mejor que podían hacer era liberar a los caciques prisioneros y así se apaciguarían, pero Inés, apoyada por Alfonso de Monroy, que Valdivia había dejado al mando, se manifestó contraria a ello y adujo que de hacerlo perderían la única baza que tenían para poder negociar con ellos.
Tras dos días de tensión y asedio los jinetes españoles salieron a campo abierto y cargaron para desbaratarlos, pero su cantidad era enorme y al cabo quienes al atardecer hubieron de recruzar el río y refugiarse en la ciudad fueron ellos.
Con su reducida guarnición, el teniente Monroy se preparó lo mejor que pudo para soportar la anunciada embestida que se les venía enfrente por los cuatro costados con la orden de que durmieran vestidos para el combate y se tuviera a los presos de continúo vigilados.
La noche del domingo 11 de septiembre de 1541, tres horas antes del alba, se desató el infierno. Michimalonco, el cacique mayor, estaba al frente y los mandó al asalto provistos del arma que mayor daño podía hacer a los castellanos, el fuego, que lanzaron con sus flechas y metido en ollas de barro y «como las casas eran madera y paja y las cercas de los solares de carrizo, ardía muy de veras la ciudad por todas sus cuatro partes».
El amanecer mostró una ciudad envuelta en llamas y el jefe indígena lanzó a sus tropas al asalto final. Destacó por delante a unos escuadrones elegidos hacia el lugar donde tenían a los caciques presos y metidos en el cepo para liberarlos. Monroy se percató de ello y acudió con jinetes a contenerlos. Pero cada vez llegaban más y más indios y cada vez era más difícil repelerlos.
Inés Suárez estaba en una habitación contigua curando a los heridos y cada vez más angustiada al ver que era ya inminente que rompieran las defensas y entraran. Se dijo que, si lograban soltarlos, estaría todo perdido pues se envalentonarían y ya no habría manera de hacerles frente.
Cogió entonces una espada y con ella en la mano entró en el lugar donde los tenían y les dijo a los dos guardias que los custodiaban que los mataran antes de que los suyos los soltaran. Uno de ellos azorado y oyendo ya que el combate se aproximaba cada vez más, contestó preguntando «Señora, ¿de qué manera los tengo yo que matar?».
Inés viendo que el miedo los paralizaba, blandió su acero y gritó, «¡Desta manera!», y le cortó la cabeza al que tenía más cerca y luego a todos los demás.
Ilustración de Inés Suárez asesinando a los caciques durante el ataque a Santiago
Tras ello y blandiendo en una mano su arma ensangrentada y en la otra una cabeza salió al patio donde se combatía y mostrándosela a los indios clamó enfurecida «¡Afuera, auncaes!, ¡Que ya os he muerto a vuestros señores y caciques!» Y ellos, viendo que su empeño ya era en vano, volvieron las espaldas y echaron a huir.
Viendo muertos a sus jefes, los indios se desalentaron e Inés aun fue más allá, pues se puso una coraza y según narra el propio Valdivia «salió a animar a los cristianos que andaban peleando, curando a los heridos y animando a los sanos». La batalla cambió de rumbo, los españoles cerraron filas, la caballería atacó con todas sus fuerzas y al llegar la tarde una violenta carga final los puso en desbandada.
Inés, heroína del asalto y de la reconstrucción
Inés fue aclamada y con el tiempo recompensada con una condecoración y una encomienda por su hazaña, pero al día siguiente los castellanos y sus aliados indios contemplaron la total ruina de su ciudad y el lastimoso estado en que quedaban sus habitantes.
Valdivia, con su precisión y buena pluma lo relató de la siguiente manera: «Mataron veintitrés caballos y cuatro cristianos, y quemaron toda la ciudad, y comida, y la ropa, y cuanta hacienda teníamos, que no quedamos sino con los andrajos que teníamos para la guerra y con las armas que a cuestas traíamos».
Para alimentar a un millar de personas, entre españoles y yanaconas, solo se salvaron «dos porquezuelas y un cochinillo, y una polla y un pollo, y hasta dos almuerzas de trigo» y vino su calamidad a tal estrecho que «el que hallaba legumbres silvestres, langosta, ratón, y semejante sabandija, le parecía que tenía banquete». También se comieron los caballos que habían perecido en el combate, claro, pero aún racionados, mucho no les duraron.
De nuevo fue Inés quien se puso al frente para conseguir salir adelante. Cuidó el tesoro de los tres chanchos y dos pollos, que por fortuna eran gallo y gallina, y se encargó de su reproducción. Los puñados de trigo que quedaban se reservaron para sembrarlos y se fue resembrando por dos veces lo cosechado. Se alimentaron de todo lo que pillaban y que la naturaleza daba, de caza, pesca, raíces, frutas, bayas y todo lo que podía llevarse a la boca y tragarse.
Pero, además, seguían estando en peligro y rodeados de enemigos. Araban y sembraban armados por el día y por la noche la mitad dormía y la otra mitad hacía guardia. Rehicieron las casas, pero esta vez ya de adobe y construyeron un muro de defensa de tres metros de alto que perimetraba toda la plaza y en su centro almacenaban las pocas provisiones que conseguían.
Consiguieron salir adelante y a la postre que Santiago no solo no se despoblara, sino que resurgiera pujante tras haber hecho las paces con los indígenas de la zona y convertido al gran cacique que lideró el asalto en un aliado. Valdivia permaneció durante este tiempo en ella, pero ya al año siguiente envió a su leal Monroy a pedir socorro a Perú, pero tuvo que afrontar toda una serie de desdichas que le impidieron regresar, aunque finalmente lo logró y lo hizo al frente de 70 jinetes lo que hizo alborozarse hasta las lágrimas a Valdivia que comenzó de inmediato a preparar su partida para seguir avanzando hacia el sur.
La separación de Valdivia
El conquistador se encomendaba como buen hispano a la virgen en sus peores trances, en concreto a una pequeña figura policromada que siempre llevaba consigo y sujetaba a una argolla de su montura y había prometido que si Monroy volvía levantaría en su honor una ermita y cumplió su promesa. Llegó a convertirse con el tiempo en iglesia la de san Francisco en La Alameda y en ella sigue todavía, aunque olvidada por casi todos, la diminuta imagen, el más antiguo vestigio de aquellos primeros tiempos.
Pedro de Valdivia partió hacia las tierras del sur y ya por Santiago poco se le iba a ver. Inés permaneció allí, sin embargo, respetada y hacendosa. Pasaron los años con el avance de su amante, lleno de combates y dificultades, intentando alcanzar la orilla del Estrecho de Magallanes. Fue ya en el año de 1548 cuando pasó por allí camino de Lima para ir a tomar parte en la contienda entre las tropas realistas de Pedro de la Gasca contra las de Gonzalo Pizarro, el menor de los hermanos y el único que aún quedaba en América, sublevado contra la corona.
Su intervención resulto decisiva a favor de los primeros y él logró con ello la gracia del Virrey, pero para Inés significó el final de sus relaciones. De la Gasca tras absolverlo en un juicio al que debió someterse le ordenó el separarse de ella, casarla con un vecino de su elección y reclamar a su legítima esposa residente en España. A Valdivia le iba en ello su poder y sueños de conquista en ello y aceptó. Regresó con tales nuevas a Santiago en 1549 y una propuesta para su amante: que casara con uno de sus mejores amigos y capitanes, más joven que ella, que tenía ya 42 años, pero al que conocía desde el principio del comienzo de la conquista de Chile, pues fue de los primeros en unirse Valdivia.
A Inés no le desagradó la idea. Rodrigo de Quiroga era un hombre cabal, valiente como soldado, afamado como capitán y de buen trato. Iban a permanecer unidos, ahora ya ante Dios y ante los hombres por más 30 años y él llegaría a ser Gobernador y ella la Gobernadora. No tuvieron hijos, pero ella cuidó, como si fuera suya, de una niña mestiza que él había tenido con una india antes de su matrimonio con ella. Y, por cierto, al cabo de un tiempo quizás pudo alcanzar a conocer a la mujer, ya viuda de Valdivia, pues cuando llegó él estaba muerto ya.
Retrato de Rodrigo de Quiroga (c.1873), por José Mercedes Ortega
La vida con Quiroga fue en lo personal de lo más apacible, dentro de lo que la situación, sobre todo al principio, permitió, pues la derrota y muerte de Valdivia en el año 1553 estuvo a punto de acabar con todos los asentamientos españoles en Chile. Lautaro, unificadas las fuerzas araucanas bajo su mando, se lanzó como enorme turbión contra ellos.
La resistencia de Lautaro
Inés lo conocía bien pues lo había tenido en su casa desde que fue capturado por los españoles cuando tenía 11 años y hasta los 17 cuando escapó y volvió con los suyos y sus conocimientos adquiridos sobre sus tácticas militares le llevaron a acabar liderándolos.
Había sido testigo del castigo que Valdivia infligió a su padre y a todos sus guerreros alzados con él. Les hizo «mochar» los pies, o sea cortarles los dedos, para que no lo pudieran seguir.
Nunca lo olvidó. Pero era muy avispado y no dio señales de rebeldía y sí de mucha listeza en aprender hasta llegar a convertirse en su paje, cuidar de sus caballos y acompañarlo en sus expediciones, ejercicios militares y batallas. Aprendió a montar hasta convertirse en un hábil jinete y, tras trabar cierta amistad con uno de sus capitanes, Marcos Veas, el uso de las armas y las tácticas de la caballería española.
Presenció la encarnizada batalla de Andalién y del escarmiento de Valdivia a los vencidos, en este caso mutilándoles la nariz y la mano derecha, lo que avivó aún más su rencor al recordarle el ejercido sobre sus propios padres y familiares. A la vuelta de una expedición con Valdivia y cuando regresaba con él hacia Santiago, tras pasar por Concepción, a finales del año 1552, se fugó.
Llegó a su pueblo a caballo y de inmediato comenzó a enseñar a los suyos todo lo que había aprendido de los españoles y como se les podía derrotar. Las suspicacias hacia él no tardaron en desaparecer cuando primero en pequeños encontronazos y luego ya en combates de mayor enjundia se demostró su efectividad.
Pronto tuvo asiento entre los jefes mapuches, comandados por Colo Colo y sus principales líderes, Pelantaro y Caupolicán. Les enseñó a perder el miedo a los caballos, a montar como él y, tras conseguir hacerse con todos los que pudieron robar, creó los primeros escuadrones de caballería mapuche que tan decisiva iba a ser.
Plano de la ciudad en 1552
Sus nuevas tácticas y la guerra de guerrillas que empezaron a practicar le acabaron por dar el mayor prestigio hasta llegar ser su máximo jefe guerrero, su toqui mayor y a su triunfo más crucial con la captura y muerte de quien antes fue su amo y señor y el jefe supremo del enemigo español. De ellos solo conservó una camiseta colorada que gustaba vestir.
Es creíble que llegara a comerse un pedazo del corazón de Valdivia pues, en la tradición mapuche, es donde reside el valor de los mejores guerreros y al consumirlo se absorbe con él.
Tras su victoria Lautaro se lanzó contra Concepción, que arrasó en dos ocasiones y acabó por despoblar después de derrotar también al lugarteniente de Valdivia y ahora nuevo jefe y Gobernador Francico de Villagra en 1554. Pudieron incluso acabar con todos, pero se lanzaron al pillaje (botinajear) y a beber hasta la embriaguez. Villagra con las tropas que le quedaban y la aterrada población escapó y pudo llegar a Santiago.
El jefe mapuche proclamó sobre las ruinas de la despoblada ciudad: «Yo soy Lautaro, que acabé con los españoles; yo soy el que los derroté en Tucapel y en la cuesta. Yo maté a Valdivia, y puse en huida a Villagra. Yo les maté sus soldados; yo abrasé la ciudad de Concepción». Pero no avanzó hacia Santiago, donde se encontraba Inés, y quizás ahí perdió su gran oportunidad.
Los españoles no tardaron en intentar reconstruir la ciudad abandonada al final de aquel mismo año para que, eso sí, el jefe mapuche regresara y los volviera a hacer huir. Santiago volvió a temer de nuevo, pero Lautaro tampoco atacó. Tenía problemas. Hambruna y enfermedad, tal vez tifus en los poblados, y su prestigio, ensoberbecido y cada vez más despiadado y cruel también con los suyos, comenzó a declinar.
La batalla de Mataquito
Fue ya en el año 1557 cuando se dispuso a asestar el golpe final y acabar con los restos de lo que quedaba del dominio español y tomar Santiago. El miedo llegó de nuevo a las puertas de la casa de Inés, pero esta vez estaban preparados y dispuestos.
Los Villagra, Francisco y sus primos, su marido, Quiroga y el capitán Marcos Veas, su antiguo amigo e instructor, lo conocían bien. Este último hasta parlamentó con él buscando un acuerdo de paz, pero Lautaro respondió con desprecio y exigió su retirada tras un límite que él fijaría y un tributo en caballos, mujeres y armas a cambio de no asaltar la ciudad.
Rechazado de inmediato, los santiagueños se dispusieron a resistir, pero también a atacar y hacer salir una parte de su caballería hacia el sur que el araucano entendió buena para él por desguarnecer más la plaza y los dejó pasar. Pero tampoco se decidió a un asalto frontal y se retranqueó montando un campamento con sus tropas más leales y afines a él, que se dedicaron a holgar y a beber. La información llegó a los españoles y vieron en ello una oportunidad que no podían dejar pasar.
Desde varios puntos y en sigilosa marcha al mando de Villagra, que se había dado la vuelta, confluyeron sobre él y al amanecer del 30 de abril de 1557 iniciaron el sorpresivo ataque que para nada esperaban los envalentonados y confiados mapuches que ni centinelas tenían y estaban durmiendo la borrachera de la noche anterior.
Una trompeta y el grito de «Santiago y cierra España, ¡Adelante!» resonó y los días de Lautaro terminaron allí. El jefe mapuche salió de la ruca donde dormía con la espada que le había arrebatado a Valdivia en la mano y fue atravesado en la misma puerta de parte a parte por un lanzazo que lo mató. Los castellanos, al grito jubiloso «¡Aquí españoles!, que Lautaro es muerto» no dieron cuartel y durante tres horas continuó el combate que acabó con cerca de 700 guerreros mapuches, que se defendieron con coraje, muertos también.
En venganza por las torturas y ofensas a Valdivia, el cadáver de Lautaro fue desmembrado y su cabeza, ensartada en una lanza, exhibida en la Plaza de Armas de Santiago, que al cabo pudo respirar tras aquellos años anteriores de zozobra e Isabel ya por fin poder llevar la vida que tal vez siempre había ansiado llevar pues desde entonces se caracterizó por el sosiego, la tranquilidad y un creciente fervor religioso.
Su marido acabó por suceder a Villagra como Gobernador y apoyada por él, fue ella quien impulsó la construcción de la ermita de Monserrat y la basílica de la Merced. Fallecida en el año 1580, cumplidos los 73 años, fue enterrada en este último templo que ella misma levantó y allí siguen descansando sus huesos.