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Piotr Ivánovich Potemkin

Piotr Ivánovich Potemkin

La primera embajada rusa en España llegó con caviar, pieles de Siberia y una propuesta contra los turcos

En 1519 Carlos I de España notificó al gran duque Basilio III su coronación como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico

Yakor Polushkin, el primer enviado oficial ruso, entregó la respuesta del gran duque ruso en Valladolid en 1523. Dos años después, Iván Zaikin-Yaroslavski y Semión Borisov presentaron credenciales al emperador Carlos en 1525 y llevaron las noticias del descubrimiento de América a Moscú.

El primer embajador español en la corte imperial rusa fue Claudio Fernández Vigil de Quiñones, conde de Luna (1558-1563), quien, además, actuó como delegado del rey hispano en el Concilio de Trento.

Desde los tiempos de Iván el Terrible (1530-1584), Moscovia buscaba abrir rutas comerciales en Europa y Asia. A su vez, las naciones mercantiles más interesadas, como Inglaterra, Alemania, Suecia y Holanda, enviaron embajadas a Moscú para importar trigo, lino, cáñamo, madera, pieles, cuero y lana; un intercambio que abrió las puertas a las relaciones entre Rusia y el resto del mundo. Ya en el siglo XVI, tras los muros del Kremlin trabajaban artesanos, médicos, arquitectos e ingenieros alemanes, suecos e italianos.

En 1656, reinando el zar Alekséi Mijáilovich, una legación rusa llegó a Venecia y Florencia; en 1668, otra presentó sus credenciales a Luis XIV de Francia, y en 1674 visitó el Vaticano un plenipotenciario ruso. Entre estos viajes diplomáticos, el de más interés para las relaciones ruso-españolas fue la primera embajada rusa, en el año 1667, que dejó una relación detallada de su estancia en la corte de Madrid, incluyendo una descripción de España, país casi desconocido en la Rusia del siglo XVII.

La misión de Potemkin

La misión diplomática rusa en España estaba dirigida por el boyardo y mayordomo del zar Piotr Ivánovich Potemkin (1617-1700). Había combatido en la segunda guerra contra Polonia, que terminó en 1667. También combatió contra Suecia entre 1656 y 1658. Además de encabezar el viaje a España, Potemkin actuó de representante del zar en las cortes de Francia (1668), Austria (1674) e Inglaterra (1681).

La orden de partir a España fue firmada, en junio de 1667, por el jefe de la diplomacia rusa, el boyardo Afanasy Ordin-Naschokin, que instruyó a Potemkin sobre cuestiones políticas y comerciales, la necesidad de alcanzar la paz con Polonia y la exigencia de unir a los reyes y príncipes cristianos contra los turcos que ocupaban tierras del Imperio ruso.

Busto de Potiomkin en El Puerto de Santa María

Busto de Potiomkin (Potemkin) en El Puerto de Santa María

La nota subrayaba la necesidad de mantener secreta la negociación y pedía informar sobre las relaciones de Rusia con otros países, destacando las buenas relaciones existentes con Francia, Dinamarca, Suecia, el Imperio Habsburgo, Holanda y Persia, así como la enemistad con el sultán otomano y el kan tártaro de Crimea.

Lo que interesaba al zar era la posible participación de España en las negociaciones con Polonia y en la alianza contra el Imperio otomano, que mantenía en su poder la ciudad de Constantinopla, considerada por los zares herencia legítima e histórica de Bizancio.

Potemkin, el secretario de la embajada Semión Rumianzov, siete boyardos miembros de la legación, un intérprete y tres escribanos, acompañados por un pope, salieron de Moscú y a fines de agosto de 1667 llegaron a la ciudad de Arcángel, el puerto principal del mar Blanco.

Embarcados en un navío comercial, que partió repleto de caviar, el 4 de diciembre llegaron a Cádiz. El primero en recibir a la embajada rusa fue el capitán español Antonio Mogita, representante de las autoridades gaditanas. Tras ser agasajados a bordo del barco ruso, el corregidor de la ciudad, Martín de Seis, les propuso esperar en El Puerto de Santa María hasta recibir instrucciones de la corte española.

El 6 de diciembre, los enviados del zar solicitaron al duque de Medinaceli, capitán general de Andalucía, permiso para ir a Madrid. Finalmente, el 9 de enero de 1668, los rusos emprendieron viaje desde Sevilla; pasaron por Carmona, Écija, Córdoba, Alcolea, Andújar, Linares, Consuegra y Mora, y llegaron a Toledo, ciudad que hallaron «muy grande, famosa y poblada». En Getafe acudió a recibirlos el 27 de enero el conductor de embajadores Francisco de Lira, que les envió varios coches para llevarlos a la corte, donde los madrileños salieron a ver a la exótica embajada.

Una vez en Madrid, los rusos fueron alojados en una casa, donde tuvieron a su servicio sesenta criados y otros tantos cocineros y pinches de cocina, que les servían en vajilla de plata. Las conversaciones de los embajadores con Lira a finales de febrero trataron sobre asuntos de Rusia, la casa real moscovita y las relaciones con el sultán de Turquía y el kan de Crimea.

Los rusos se interesaron por las relaciones españolas con el mundo musulmán. Con satisfacción observaron que no existía amistad entre España y Turquía y que los navíos españoles combatían a las galeras turcas en el Mediterráneo.

Fijada la audiencia real para el día 7 de marzo, los embajadores conocieron el fallecimiento del rey Felipe IV y la poca edad de su sucesor, Carlos II. Cargados de presentes y regalos, los enviados rusos fueron recibidos en el Palacio Real. La reina regente, Mariana de Austria, mostró su agradecimiento por las hermosas pieles de cebellinas, armiños y zorros blancos que envió el zar moscovita y expresó sus sentimientos cordiales a la familia soberana rusa.

Terminada la recepción, y después de varios días de banquetes, fue a verlos el secretario de Negocios Exteriores, don Gabriel, para pedir que se tradujera al latín la carta del zar, escrita en ruso. El 16 de marzo, los embajadores fueron informados de que la reina y los miembros del Consejo Real habían leído la carta y consideraban que la amistad entre los soberanos de ambos países sería provechosa para el mundo cristiano.

Al día siguiente, Francisco de Lira preguntó si los embajadores rusos tenían algo más que discutir con el Consejo Real, a lo que Potemkin contestó afirmativamente, aunque a condición de obtener antes una segunda audiencia real.

Aunque el rey estaba ausente, la reina recibió en Palacio a los embajadores acompañada del marqués de Aitona y vestida con las cebellinas enviadas por el zar. En la recepción, Potemkin entregó un memorándum sobre las cuestiones que interesaban a la corte rusa, principalmente el comercio entre ambos países y las relaciones amistosas en el futuro. Unos días después, los rusos visitaron el Palacio del Buen Retiro y sus jardines, y el 19 de abril la reina madre les dio autorización para negociar en España, a cambio de que no se pusiera ningún obstáculo a los barcos comerciales españoles para visitar el puerto ruso de Arcángel, en el mar Blanco.

Regreso a Moscú

Una vez obtenida la respuesta real, los enviados rusos pidieron regresar a su patria, tras agradecer a la reina madre la espléndida recepción y el trato de la corte. A finales de mayo, Potemkin y Rumianzov distribuyeron regalos entre las personas de la corte que participaban en las negociaciones diplomáticas.

Los presentes consistían en pieles de cebellinas, armiños y zorros negros y blancos de Siberia, algo muy raro y apreciado en Europa. El 7 de junio salieron de Madrid hacia la frontera francesa, con un séquito de caballeros de la corte. Tras visitar El Escorial y atravesar la sierra de Guadarrama, pasaron por Valladolid, Burgos, Vitoria y Tolosa hasta llegar a Irún, donde fueron obsequiados durante todo el viaje por las autoridades locales.

Vista del monasterio de El Escorial

Vista del monasterio de El Escorial

Hechas las despedidas de rigor, la embajada con su séquito cruzó la frontera francesa y presentó sus cartas credenciales a Luis XIV. Luego regresaron a Rusia por la vía Calais-Róterdam-Amberes-Copenhague-Riga, y en Pskov, la primera ciudad rusa, enviaron sus informes a Moscú, dando por acabado su prolongado viaje diplomático.

Dadas las condiciones históricas de la época, este primer encuentro oficial de dos países tan alejados no dio resultados prácticos. El Imperio español amenazaba ruina con el valetudinario Carlos II. La casa de Austria hispana agonizaba, mientras otras cortes europeas planeaban el saqueo de lo que unas décadas antes era todavía una gran potencia. París y Viena tendían sus tentáculos en la antesala de un monarca enfermo, débil, más próximo al sepulcro que proclive a la negociación.

La inteligencia hispana, pendiente de otras cuestiones vitales, apenas prestó atención a las posibilidades geoestratégicas de Rusia, pero la embajada en Madrid supuso la manifestación de un país que se extendía más allá de los confines orientales de Europa y que deseaba una aproximación política y comercial con las grandes potencias.

Las diferencias idiomáticas, sociales, religiosas y geográficas no impidieron al séquito ruso extraer conclusiones bastante acertadas de la situación española en el momento del hundimiento histórico de la rama hispana de la casa de Austria.

Oro y cañones

En el informe sobre los asuntos de España presentado por la embajada de Potemkin a la Cancillería de Rusia en 1668, los enviados rusos comunicaron datos militares de interés para Moscú: «En esta tierra de Vizcaya fronteriza con Francia hay muchos soldados, porque siempre amenaza el peligro de los franceses. El rey de España no toma impuestos de esta tierra, porque están siempre preparados para la guerra sin sueldo, y nunca envían sus soldados a otras partes del reino, ni siquiera en tiempo de paz».

En las otras ciudades fronterizas y en los grandes puertos marítimos tiene el rey de España muchos soldados y mucha munición, recoge el escrito. En otra parte del informe se indicaba que el rey de España domina las Indias Occidentales, donde se hallan «muchas minas de oro y plata», riqueza que se «transporta por el océano cada año a Cádiz y a Sevilla»: «Llevan el oro y la plata en barcos muy grandes en compañías de treinta navíos o más, y cada navío lleva sesenta o más cañones y entre 300 y 500 soldados, porque hay gran peligro para navíos de poca gente y munición al pasar por el océano, a causa de los piratas y las galeras turcas».

En lo que respecta al rey de Francia, los rusos se enteraron, a través de Francisco de Lira, de las causas de la guerra de Devolución (1667-1668) y del Tratado de Aquisgrán, y se mostraron escépticos con esa paz, sin dejar de percibir la mala situación de una monarquía otrora enormemente poderosa, pero ya debilitada y amenazada por las presiones del rey francés Luis XIV.

Interesante resulta también la opinión de los enviados rusos sobre la causa principal que movió a Portugal a independizarse de España: la rivalidad por el comercio de las Indias Orientales.

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