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28 de febrero de 2024

Far-right Rassemblement National (RN) party presidential candidate Marine Le Pen meets supporters during a campaign meeting in Vienne, southeastern France, on February 18, 2022.

La candidata Marine Le Pen rodeada de sus seguidores en un acto de campaña electoralGTRES

Elecciones en Francia  Las razones que explican por qué Marine Le Pen le pisa los talones a Macron

La candidata populista recoge los frutos de una operación de largo recorrido y de la inanidad de la campaña del presidente saliente

Cunde cierto nerviosismo en el número 69 de la parisina Rue du Rocher, sede central de La República En Marcha (Lrem), el partido de Emmanuel Macron: la última encuesta, publicada por el diario Le Parisien, otorga al presidente-candidato una ventaja sobre Marine Le Pen de cinco puntos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales (27 % contra 22) y de ocho en la segunda (54 % contra 46).
Nada, en principio, que hiciera peligrar la reelección de Macron, pero sí numerosos motivos de preocupación: sin ir más lejos, con casi la mitad de los votantes apostando por el populismo en una segunda vuelta, el segundo –y último– mandato del actual inquilino del Palacio del Elíseo podría convertirse en un avispero político, económico y social.
Más aún si se tiene en cuenta que en junio se celebran elecciones legislativas y desde Lrem son conscientes de que la espectacular mayoría absoluta de 2017 no solo no se repetirá, sino que existe el riesgo real de ver a un centenar de diputados lepenistas –sin perjuicio de los que pueda obtener el partido Reconquista de Eric Zemmour– en la próxima Asamblea Nacional, que así se llama la Cámara Baja del Parlamento. La gobernanza de Francia se antojaría compleja en semejante escenario.
De ahí que, a pocos días de la primera vuelta, desde la Rue du Rocher se haya ordenado la movilización general a favor de Macron. De entrada, y haciendo un apresurado balance, son lúcidos: «En los 30 % de hipotéticos abstencionistas, hay reservas [de votos] para Le Pen y Jean-Luc Mélenchon [el candidato de la izquierda dura, que también sube en las encuestas], pero no para nosotros», admitió un pilar del «macronismo» en la reunión del comité estratégico de campaña del 4 de abril.
De la constatación al contraataque: prueba del nerviosismo imperante es la sugerencia del ministro de Justicia, Éric Dupond-Moretti, citado por el semanario «Le Canard Enchaîné», de utilizar la brocha gorda contra Le Pen, ya sea recordando sus vínculos con el régimen de Vladimir Putin o evocando a los elementos restantes de extrema derecha pura y dura que permanecen en su entorno, como el sulfúrico publicista Frédéric Chatillon.
El titular de Sanidad, Olivier Véran, también pide recurrir a ineficaces armas del pasado como la denuncia de «peligro para la democracia» que supondría una elección de Le Pen. Ante tamaña exhibición de infantilismo político y comunicacional, el presidente ha optado por refinar argumentos –los élements de langage, en la jerga política gala– y ha ordenado a sus tropas «desenmascarar» las propuestas económicas de Le Pen.

Bajar el IVA

Empezando por la atrevida idea de esta última de bajar el IVA sobre productos de primera necesidad o de impulsar una significativa baja de la fiscalidad sobre carburantes. Esta objeción es realista. El problema es que la candidata ha hecho del poder adquisitivo el eje de su larga campaña y la lluvia fina –que también contempla el bloqueo de ciertos precios– ha ido calando en amplios sectores de una población puesta a prueba desde hace dos años por la covid y ahora por las sanciones derivadas de la invasión rusa a Ucrania. Puede que la reacción «macroniana» haya sido tardía.

Capacidad de reacción

Pero la lluvia fina de Le Pen no es solo económica; es ante todo política: la que hasta hace unos meses presidía la Agrupación Nacional –dimitió temporalmente para tomar «altura presidencial»– sabe que su catastrófica prestación televisiva –salpicada de réplicas tabernarias y de burdas ironías– en el debate televisivo de 2017 frente a Macron la persiguió durante una temporada larga, proyectando sobre ella una reputación de persona incapaz de gobernar seriamente. Y reaccionó con rapidez: pocas semanas después de desastre, cesó a su principal responsable –y asesor áulico hasta la fecha–, el sórdido Florian Philippot.

Refundación política

Fue el pistoletazo de una larga marcha de refundación política que pasó por dejar de hacer de la inmigración el «tema único» –aunque sigue siendo un pilar de su discurso– y centrarse paulatinamente en las otras preocupaciones de los franceses de a pie.
A ello ha contribuido en no poca medida su elección como diputada, según el sistema uninominal, en Hénin-Beaumont, una zona económicamente siniestrada del norte de Francia; lo que le obligaba a volver allí un par de veces al mes como mínimo, hablar con los habitantes y aparcar las obsesiones ideológicas.

Un partido más presentable

Una diferencia fundamental para con su padre, Jean-Marie Le Pen, al que en 2015 expulsó del partido sin contemplaciones. El episodio fue doloroso a nivel personal, pero imprescindible para cumplir con los requisitos de la «desdiabolización», nombre que recibe la operación de largo recorrido puesta en marcha para hacer al partido más presentable: hay que desprenderse poco a poco de las personas vinculadas a la extrema derecha de toda la vida. Y también de las fachadas, como lo demuestra el cambio de nombre del partido: Agrupación –rassemeblement en francés– suena más consensual que Frente.

Ajustes estratégicos

La revisión doctrinal prosiguió con la agenda tradicionalista: Le Pen se opuso tímidamente a la legalización del «matrimonio» homosexual en 2013 y si bien se opone a título personal al aborto, no tiene la más mínima intención de modificar la legislación vigente.
Si hay una notable porción de sus votantes sensible a esa temática, hace mucho que dejó de interesar al grueso de la sociedad francesa y, por ende, a sus políticos. En ese terreno no se va a dirimir la elección. Marine Le Pen lo sabe. Hasta aquí los ajustes estratégicos.
En el plano táctico, la candidata ha sabido hilar fino, adoptando una actitud entre victimista y displicente cuando se puso en marcha el cortejo de tránsfugas en dirección de Zemmour: Nicolas Bay, Gilbert Collard, Jérôme Rivière podrán ser bestias de tertulias televisivas, pero no mueven muchos votos.
Volvió a tirar de victimismo cuando no estaba segura de obtener los avales para presentarse y cuando los bancos franceses, al igual que en 2017, le negaron financiación.
Esta vez se la ha concedido un banco húngaro; hace un lustro, una entidad rusa. Otro golpe de suerte que ha facilitado su último quiebro táctico, al condenar inmediatamente la agresión de Putin a Ucrania. Un Putin que hace un par de años la recibió con honores.
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