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24 de junio de 2024

Las relaciones entre Alemania y Francia han sido parte del motor de la Europa reciente

Las relaciones entre Alemania y Francia han sido parte del motor de la Europa recientePaula Andrade

Se resquebraja el eje francoalemán: Scholz y Macron no hablan el mismo idioma

Diferencias económicas, diplomáticas y energéticas entorpecen la alianza que da vida a la Unión Europea

Lo que tenía que haber sido un consejo de ministros bilateral –con la presencia de los miembros de ambos gobiernos– en el majestuoso marco del castillo de Fontainebleau se ha convertido, a la postre, en un discreto encuentro, in extremis, en el Palacio del Elíseo.

In extremis, porque la anulación de la cita de Fontainebleau ha generado tal estupefacción que una rectificación, aún a modo de parche, era la única forma de salvar la cara que les quedaba tanto a Emmanuel Macron como a Olaf Scholz.

Bien lejos queda la solidez del tándem francoalemán, «motor» de la construcción europea, referente imprescindible de cualquier avance sustancial que se anunciaba en Bruselas, pero que la mayoría de las veces se había pergeñado previamente en Berlín y en París.

Bien lejos queda también el buen ambiente que imperó hace menos de un año, con motivo de la cumbre de despedida de Angela Merkel, celebrada en medio de los viñedos borgoñones, en noviembre de 2021.

Si bien el ambiente empezaba a enrarecerse: esa misma semana publicaba Le Point una tribuna titulada Para acabar con la pareja francoalemana. Más que con la pareja en sí, con el dogma del último medio siglo. Rebajarlo de dogma a un principio general que permite excepciones.

Venía firmada por Gérard Araud, antiguo embajador de Francia en Israel, ante Naciones Unidas y en Estados Unidos; y sobre todo muy próximo a Macron. En su texto, el veterano diplomático incitaba a diversificar sus alianzas en el seno de la Unión Europea siempre que los análisis de París no coincidieran con los de Berlín.

Sacudirse, en suma, de esa supuesta obligación moral cada vez que fuera necesario, pero sin romper un tándem vital para la UE. Un poco como aquellas parejas que emprenden vidas separadas, pero sin abandonar el domicilio familiar. Por el bien de los niños y para cumplir con la hipoteca.

El problema es que el grueso de la hipoteca lo venía pagando Berlín. Por lo menos, desde una crisis de 2008, que los alemanes, a diferencia de los franceses, supieron capear. Y puede incluso, según los observadores más osados, desde la reunificación alemana financiada, bien es verdad, por todos los europeos mediante unos tipos de interés elevados.

Las diferencias entre alemanes y franceses se han agrandado con el paso de los años

Sea como fuere, las diferencias entre alemanes y franceses se han agrandado con el paso de los años. De entrada, por la energía nuclear: Berlín, bajo la batuta de Merkel, mientras que para los sucesivos gobiernos galos sigue siendo decisiva.

El plan de relanzar la economía alemana, cuantificado en 200.000 millones de euros y lanzado recientemente por Scholz, genera recelos en París –y en otras capitales– por las distorsiones que podría engendrar en relación con la competencia.

Lo mismo ocurre con las veleidades germanas de ampliación de la UE: en Francia temen que sea una tapadera para afianzar el liderazgo alemán en Centroeuropa y Balcanes. Una lista de diferencias que la guerra de Ucrania no ha hecho sino agravar.

El principal, y más inmediato, reproche de los franceses es de tipo armamentístico

Por eso el principal, y más inmediato, reproche de los franceses es de tipo armamentístico. La decisión de Berlín de apostar por aviones norteamericanos para su rearme. Ahí están los encargos de F35 para su Ejército del Aire y los Boeing 8A Poseidon, que han hecho saltar por los aires el programa Maritime Airborne Warfare System.

Hará falta tiempo para restaurar la confianza casi absoluta de los tiempos de Helmut Schmidt y Valéry Giscard d’Estaing. O de Helmut Kohl y François Mitterrand.

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