03 de diciembre de 2022

Xi Jinping G20

El presidente chino, Xi Jinping, a su llegada a la cumbre del G20AFP

Xi Jinping se abre paso a codazos hacia el podio de la influencia mundial

China pisa el acelerador para tratar de destronar a EE.UU. como potencia hegemónica global

Todavía en medio de la resaca por el catártico hechizo resultado de su encumbramiento durante 20º Congreso del Partido Comunista y la Cumbre del G20 –donde incluso se permitió abroncar al primer ministro canadiense–, Xi Jinping ha incrementado la fuerza de sus codazos para echar a un lado a Estados Unidos y hacerse con el gran premio de la influencia mundial.
Su autoridad sobre Rusia –a cuyo líder maneja como si fuera una marioneta–, su creciente poderío militar y la extensión de sus tentáculos comerciales por el mundo entero, han convertido al presidente chino en un mandatario temido y al que todos tratan de susurrar al oído.
En algunas cancillerías europeas se le suplica, sin mucho éxito, que ejerza su peso sobre Putin para que Rusia ponga fin a la guerra en Ucrania.
Sólo Estados Unidos se atreve a alzar el tono ante Pekín y amenazarle con represalias, incluso militares, si finalmente se atreve a invadir Taiwán.
Pero Xi Jinping no da muestras de preocupación ni de prisa. Ajeno a la cacareada guerra entre democracias y autocracias de la que tanto le gusta hablar al presidente estadounidense, Joe Biden, Xi Jinping avanza paso a paso hacia lo más alto del podio de la hegemonía mundial, puesto ahora ocupado por su rival estadounidense.
El clímax diplomático alcanzado por Xi Jinping tras el Congreso del Partido Comunista tuvo su réplica durante la reunión del G20, cuando los líderes de las democracias occidentales hacían cola para reunirse en un reservado con el presidente chino.
China había pasado del ostracismo absoluto por el aislamiento autoimpuesto durante la pandemia, las condenas unánimes por la represión de la oposición en Hong Kong, o la escalada militarista por la cuestión de Taiwán, a convertirse en la «niña bonita» con la que todos los «hombres buenos» de occidente quieren bailar.
Incluso Alemania, despechada por el desamor con Rusia tras la invasión a Ucrania, se ha echado en brazos del autoritario gigante asiático y le ha cedido un jugoso pedazo del puerto de Hamburgo.
También el Reino Unido construirá un reactor nuclear de 3.200 megavatios, el Sizewell C, cuyo 20 % pertenecerá a China.
El informe de la ONU sobre el genocidio contra la población uigur por parte de Pekín parece ya agua pasada.
Según informó la CNN, durante la apertura del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico el pasado viernes, Xi Jinping realizó una declaración de intenciones sobre la zona de influencia de China al afirmar que «Asia-Pacífico no es el patio trasero de nadie y no debería convertirse en un área de competencia entre las grandes potencias».
Según apunta la CNN, las declaraciones de Xi Jinping advirtiendo de las tentaciones de otras potencias de inmiscuirse en su patio trasero, así como su frenética actividad diplomática, son una muestra de que Xi Jinping pretende convertirse en un actor esencial para Occidente.
Su objetivo: que las relaciones comerciales en el mundo discurran por un canal diferente al de las disputas políticas.
Pretende alejar así la tentación de sanciones internacionales en su contra, similares a las sufridas por Rusia, en caso de una ruptura que podría venir por la cuestión taiwanesa.
Pekín necesita tiempo para reconstruir su economía tras los bloqueos por la pandemia. Sólo con un estrechamiento de las relaciones comerciales con Occidente podrá China recuperar el ritmo de crecimiento de antes de la COVID-19.
Sin embargo, según el experto en China de la Universidad Nacional de Australia, Wen-Ti Sung, consultado por la CNN, el gran triunfo de XI Jinping de puertas para dentro durante la Cumbre del G20 se produjo en el encuentro con Joe Biden. El mensaje no podía ser otro que el de «China ahora habla con Estados Unidos de igual a igual».
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