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24 de julio de 2024

JOAQUÍN BONETA SENOSIAN

Joaquín María Boneta Senosiain (1922-2024)

Un hombre coherente

Nunca tuvo la tentación de afiliarse a ningún partido político, creyó en determinadas personas y siempre votó a disgusto, nunca entusiasmado, y lo hizo contra aquellos que no estaban de acuerdo con sus creencias religiosas

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Nació en Estella el 26 de septiembre de 1922 y falleció en Pamplona el 20 de enero de 2024

Joaquín María Boneta Senosiain

Ingeniero industrial

Desde 1948 y hasta su jubilación, en 1988, trabajó en distintos destinos y puestos en la empresa Iberduero

En Pamplona, a los 101 años de edad, ha fallecido Joaquín Boneta Senosiain, ingeniero industrial. Joaquín era vecino mío, vivíamos en la misma manzana de casas, y para mí siempre ha sido un placer encontrármelo, porque era un gran lector y con su vasta cultura y memoria, y su firme creencia religiosa, la conversación siempre derivaba hacia derroteros muy interesantes.

En enero de 1932 su padre, comandante de Estado Mayor, fue destinado a Madrid y allá se trasladó toda la familia, que hasta el 1 de julio de 1936, y salvo los veranos en Estella, vivió en la calle Benito Gutiérrez del barrio de Argüelles. Fruto de esas vivencias, en 1995, escribió las Memorias de un niño estellés en el Madrid republicano que, en 2000, las amplió con Lo que sucedió después, que van desde el 13 de julio de 1936 hasta que acabó la carrera, y son una delicia por los recuerdos y vivencias que en ellas refleja.

Allí narra que el 1 de julio de 1936 vio por última vez a su padre, que se quedó en Madrid mientras que ellos, su madre y los dos hermanos, fueron a Estella a donde, en agosto, se incorporaría su padre, «porque por nada del mundo quería perderse las Fiestas de su pueblo». La despedida, que era solamente para treinta días, «resultó la despedida total, hasta la eternidad». La última carta que de él recibieron tenía fecha 15 de julio y a partir de entonces y hasta agosto de 1939 nada supieron de lo que le había sucedido, de si vivía o si estaba muerto. Entonces conocieron que su piso fue saqueado «sin dejar un botón» y que a su padre lo golpearon «con las culatas de los fusiles hasta que cayó al suelo sin sentido. Después, lo bajaron a la calle, lo ataron con una cuerda al parachoques trasero de un coche y lo arrastraron por la calle de la Princesa hasta que murió». Esto sucedió el 4 de septiembre de 1936, cuando su madre contaba 38 años, su hermano 10 y él iba a cumplir 14.

Joaquín cuenta que las noticias que les llegaban en los primeros meses de la guerra decían que en la «zona roja» se mataba sin tasa ni medida a gentes de las que se llamaban «de derechas», así como a religiosos. Pero que él también veía que en Estella se hacía lo mismo con algunas personas muy queridas por ellos y que hubo tres muertes que le conmocionaron muchísimo. Una fue la de don Fortunato Aguirre, pues ellos eran amigos de Fidelita, su hija mayor, y sabían que la esposa de este se hallaba esperando familia y en noviembre nacieron sus últimas hijas «dos gemelitas que nos enamoraron a todos». Aguirre, del PNV, era alcalde de Estella el 18 de julio de 1936 y un mes antes denunció al gobernador civil de Navarra, Menor Poblador, la reunión que el general Mola estaba manteniendo en el monasterio de Irache con diversos militares de alta graduación pertenecientes a las guarniciones de las provincias limítrofes de Navarra, y llegó a hablar por teléfono con el presidente del Gobierno, Santiago Casares Quiroga, quien le ordenó que no hiciese nada. Al comenzar la guerra fue detenido y fusilado el 29 de septiembre.

Como se dijo en su funeral, Joaquín fue un hombre coherente y esta dura experiencia le llevó a la conclusión de que eso que llamaban la política no debía de ser cosa demasiado buena, porque, en gran parte, a consecuencia de ella, había visto morir, a mi padre, por un lado, y a sus íntimos amigos por otro. Por eso, nunca sintió atracción alguna por ella, ni tuvo la tentación de afiliarse a ningún partido político, creyó en determinadas personas y siempre votó a disgusto, nunca entusiasmado, y lo hizo «contra aquellos que no están de acuerdo con mis creencias religiosas».

En sus Memorias dice: «Hay que ver las vueltas que da la vida, y qué coincidencias se producen a lo largo de ella. Nosotros, en nuestra forzosa residencia estellesa, éramos vecinos de la familia de don Fortunato. Hoy día -en 2000-, al cabo de 63 años de aquellas tragedias, somos vecinos de Miqueli, una de aquellas gemelitas que se vieron privadas de conocer a su padre. El mismo afecto que sentíamos entonces por todos ellos, lo seguimos sintiendo hoy en día». Y vecinos han seguido siendo hasta la muerte de Joaquín. Y con Miqueli, su marido Josetxo, fallecido el pasado septiembre, con Joaquín y su esposa Teresa, me honro de tener la misma buena amistad. Porque en aquella guerra civil hubo buenos y malos en ambos bandos, sin que forzosamente la adscripción ideológica determinase conductas moralmente arquetípicas. En ella coexistieron los más nobles y hermosos gestos con conductas viles y mezquinas. Y en ambas zonas, que no en vano eran españoles quienes poblaban una y otra, hubo culpas y desenfrenos. Y las tragedias y heridas producidas en ellas solamente se curarán definitivamente cuando se acepte la verdad de lo que pasó en las dos retaguardias durante dicha guerra fratricida. El de Joaquín y Miqueli es el ejemplo, y no es la excepción, a seguir para superar esa triste página de nuestra Historia y para que podamos mirar el futuro con esperanza.

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