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25 de febrero de 2024

HorizonteRamón Pérez-Maura

La mentira a la que no se atrevió Sánchez

Ayer cruzamos un nuevo Mississippi. La actuación política de Sánchez es tan notoriamente inmoral que ya ni se atreve a mentir para disimular en la Cámara lo que ha hecho. No le merece la pena ocultarlo. Ya todos sabemos de qué calaña es

Actualizada 04:40

Las sesiones de control al Gobierno fueron una de las buenas iniciativas que se tomaron en su día durante la presidencia de la Cámara de Gregorio Peces-Barba para que el debate parlamentario se acercase más a los problemas cotidianos. Nuestro sistema parlamentario nunca ha alcanzado la vivez de la Cámara de los Comunes, donde es fascinante asistir a cualquier debate por menor que pueda ser. Y si nosotros hemos dejado en el techo de la Cámara las muescas provocadas por las balas disparadas por los hombres del teniente coronel Tejero, en los Comunes mantienen pintada en el suelo ante cada bancada una línea amarilla que no se puede cruzar durante los debates: marca la distancia necesaria para impedir que dos espadas puedan cruzarse si el debate se sale de la corrección necesaria.
Aquí la corrección sólo se pierde por insultos barriobajeros y por la descortesía parlamentaria de ignorar completamente lo que te preguntan.
Yo recuerdo muy bien cómo mi admirado Abel Matutes, cuando era ministro de Asuntos Exteriores, «atendía» las preguntas de los periodistas en lo que suele llamarse «canutazos»: unos pocos informadores realizan en un pasillo o en la puerta de un edificio dos o tres preguntas a las que el interpelado responde con rapidez. Tengo presente que llegué a pensar en algún momento que Matutes había perdido el oremus, porque respondía frases que difícilmente se podían vincular a lo que se le había preguntado. Hablaba y no respondía ni decía nada relevante. Pero con frases bien construidas que tenían sentido en sí mismas aunque no articulasen un discurso. Y con gran educación se marchaba al poco. Después de su paso por la política he tenido ocasión de tratar un poco con Matutes: tiene la cabeza perfectamente amueblada y un gran conocimiento de política internacional. Todas aquellas preguntas que le hacíamos los periodistas y a las que respondía con parrafadas incomprensibles, cuando hablabas con él en privado, tenían respuestas consistentes y con mucha profundidad. Parecía un hombre distinto. Y espero que Abel me perdone por compararle con Pedro Sánchez.
La sesión de control al Gobierno del miércoles 16 de febrero ha sido especialmente penosa por el cruce entre el presidente del Gobierno y el presidente del Partido Popular. Casado hizo una pregunta muy concreta y muy sencilla de responder. «¿Por qué votó ayer en contra de una iniciativa para prohibir los homenajes y los beneficios penitenciarios a los etarras que no colaboran en establecer sus terribles crímenes? ¿Cuándo va a dejar de usar y deteriorar las instituciones del Estado? Respóndame: ¿Está usted con las víctimas o con los verdugos? Nosotros estamos con las víctimas ¿Y usted?»
La pregunta se entendía nítidamente. Responder a la última cuestión («con las víctimas o con los verdugos») era muy sencillo. Pero Sánchez actuó como el Matutes de sus mejores tiempos –aunque con bastante menos señorío– y se negó a responder a la Cámara que representa a la Soberanía Nacional –que Sánchez cree que en realidad encarna él–. Después de varias parrafadas que nada tenían que ver con lo que se le preguntaba, Pablo Casado volvió al ataque e inquirió: «Dígalo claramente: ¿usted está con las víctimas o con los verdugos?». No se podía preguntar de forma más concisa ni concreta. Por supuesto, Sánchez balbuceó unas frases, pero tampoco respondió. No se atrevió a decir que está con las víctimas cuando gobierna con Bildu.
Llevo años denunciando las mentiras de este Gobierno, que se han convertido en un instrumento político cotidiano sin generar ningún rubor. Pero ayer cruzamos un nuevo Mississippi. La actuación política de Sánchez es tan notoriamente inmoral que ya ni se atreve a mentir para disimular en la Cámara lo que ha hecho. No le merece la pena ocultarlo. Ya todos sabemos de qué calaña es.
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