02 de julio de 2022

Cosas que pasanAlfonso Ussía

Lo sentimos, Happy

Por ahora, ni los elefantes ni los osos pueden aspirar a un «Habeas Corpus». Sí en cambio los seres humanos sin nacer que son vilmente asesinados en los cuerpos de sus madres

La Corte Suprema de Nueva York, última instancia judicial, ha dictado una dolorosa sentencia que habrá entristecido al podemita animalista López Uralde, al que envío mis sinceras condolencias. Se trata de Happy, una hembra de elefante del zoo del Bronx. Nos ha informado de ello Javier Ansorena, corresponsal de ABC en Nueva York. Un grupo animalista, el «Nonhuman Rights Project» (proyecto para los derechos de los no humanos) exigió que le fuera concedido el «Habeas Corpus» a Happy, víctima de una detención arbitraria y abusiva. Finalmente, no le ha sido concedido el «Habeas Corpus» y Happy se mantendrá como elefante en el zoo del barrio neoyorquino. No obstante, dos de los siete magistrados se solidarizaron con el elefante y votaron a favor de proteger al bello paquidermo.
En España, un lobo, un oso y, sin ir más lejos, un perro, un gato o un loro, tienen más derecho a la vida que un niño sin nacer. Si matas a un perro, apaga y vámonos; si un ganadero al que los lobos han asesinado a veinte ovejas para comerse una lo abate de un disparo, al ganadero le llegará la total calvicie, la alopecia definitiva, entre barrotes. Pero si asesinas a diez niños perfectamente viables, eres una persona de progreso.
Bibiana Aído, aquella gran mujer que se inventó Zapatero, fue preguntada al respecto y su respuesta, científica y profesional, nos dejó a muchos turulatos. «El feto de una jirafa es una jirafa, pero el feto humano sólo es humano cuando nace». La científica Irene Montero, la de las pajitas de los niños y niñas de seis años, ha dejado a la pobre Aído muy detrás en la carrera de perversidades, obsesiones y estupideces.
Existe un lugar en Liébana especialmente prodigioso, por el sitio, por su gente y por su paisaje. Lo fundaron Severo y Cari, y hoy lo llevan sus hijas, con Ana a la cabeza. Se llama «El Oso». El mejor cocido lebaniego –sin olvidar el de «Casa Cayo»– en Potes. «El Oso» se ubica en Cosgaya, Camaleño, en la carretera que une Santo Toribio con Fuente Dé. Una señora bastante impertinente reservó una habitación para un fin de semana. Preguntó si podía llevar a sus cinco perros. «Son para mí más que mis hijos». Cinco perros son muchos para meterlos en un hotel. Y dejó a los perros en Madrid. Muy animalista, ecologista, senderista y todas esas cosas. Paseaba por los alrededores del hotel, y se aproximó a una zona con colmenas. Había un oso. El oso miró mal a la intrusa, y se incorporó. La señora corrió a toda pastilla, gritando y ululando: «¡Un oso, un oso!». El oso, al comprobar que la intrusa se marchaba gritando, volvió a la miel y se olvidó del suceso. La señora animalista, indignada, pidió el libro de reclamaciones y se quejó ante Severo, el propietario. «Es indignante la falta de seguridad en este establecimiento. A treinta metros del hotel, me ha atacado un oso». Severo, con voz pausada y honda sabiduría procedió a tranquilizarla. «Señora, si el oso la hubiese atacado, usted no estaría aquí pidiendo el libro de reclamaciones. Por otra parte, si el animal que a usted le ha asustado hubiera sido una pantera negra, tendría usted toda la razón. Pero si lo que se encuentra en el hotel «El Oso» es un oso, nada tiene de extraño. Por lo tanto, cálmese, y no vuelva por la zona de las colmenas».
Es lo lógico. Los jueces en Nueva York, al menos cinco de los siete de la Corte Suprema, han llegado, después de horas de debates y deliberaciones, a la siguiente conclusión. Happy tiene trompa y unas grandes orejas. Sus patas son tochas y contundentes. Tiene trompa, rabo, pesa miles de kilogramos y en lugar de hablar, barrita. Es pues, un elefante. Y por ahora, ni los elefantes ni los osos pueden aspirar a un «Habeas Corpus». Sí en cambio los seres humanos sin nacer que son vilmente asesinados en los cuerpos de sus madres. Las madres abortistas son dueñas de sus cuerpos, pero no de los cuerpos que viven en su interior. Cada día, en España, las trituradoras de las clínicas abortistas destruyen centenares de niños a los que no han dejado nacer.
El crimen está ahí. No en el territorio de Happy, que vive en Nueva York bien alimentado, cuidado, mimado y para colmo, no lo agradece.
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