29 de enero de 2023

El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Rushdie, nuestro naufragio

Escribe aquel que ama los libros. Sin ánimo de aleccionar o dar doctrina; sin pretender ser guía ni maestro de nadie; sin aspirar a otra cosa que al placer perfecto que resuena en el texto bien construido, ese pequeño milagro

«Navegar es necesario. Vivir, no». Mucho antes de que la Liga Hanseática la erigiera en lema (Navigare necesse est, vivere non est necesse), esa invectiva había sido atribuida por Plutarco al Pompeyo que arenga a sus marinos, temerosos de afrontar un arriesgado retorno a casa. «Y aunque se oponían los pilotos» –cuentan sus Vidas paralelas–, «el Cónsul fue el primero en embarcarse y dio orden de levantar el áncora diciendo: el navegar es necesario y no es necesario el vivir». De otra manera: sólo en el riesgo y la aventura, con deliberación medidos, somos libres. Nunca en la inercia.
Era en Madrid la «noche de los libros» y han pasado ya ocho años. Compartir mesa y coloquio con Salman Rushdie en aquel abril de 2014 fue un intenso ejercicio ético. Dos décadas de vida clandestina no habían descompuesto en un átomo el blindaje del gentleman. Era un hombre sereno, tan impecablemente british como saben sólo serlo los nacidos en el subcontinente indio: irónico y afable. Y, por supuesto –pero eso ya lo sabía por sus libros–, cáusticamente inteligente. Sin esos atributos, uno podrá dedicarse a cualquier cosa digna de respeto; no a escribir. Y la aventura de Rushdie había sido, desde su magistral Hijos de la medianoche en 1981, la de quien sólo conoce un océano por cuya navegación valga la pena arriesgar la vida: el de la literatura. Sin atenerse a ninguna cautela impuesta. Porque una virginal ausencia de cautelas es condición del escritor: escribe aquel que ama los libros. Sin ánimo de aleccionar o dar doctrina; sin pretender ser guía ni maestro de nadie; sin aspirar a otra cosa que al placer perfecto que resuena en el texto bien construido, ese pequeño milagro en cuyo tenue destello el autor sueña haber puesto un átomo de luz con el que resquebrajar un mundo oscuro.
Pero el mar de los monstruos andaba muy agitado en el final del siglo veinte: su enredadera de tempestades no parecía anunciar tregua. Tampoco en literatura. Y a un escritor empezaban a ir quedándole abiertas sólo dos opciones: callar y vegetar al abrigo de la reclusión privada, o bien lanzarse, toda vela desplegada, rumbo al vertiginoso corazón de la tormenta. Eso es lo que hizo Rushdie; como eso es lo que hicieran los héroes de Stevenson, de Conrad, de la mejor narrativa contemporánea en lengua inglesa: mirar de frente a lo sombrío. Y no pienso que, al escribir sus condenados Versos satánicos, tuviera él la menor intención heroica o provocadora. En Bombay, Salman Rushdie nació musulmán. Eligió después una vida de escritor, que es vida difícilmente compatible con la sumisión al único Libro que todo lo contiene y que en nada puede ser jamás alterado o discutido. Y esa vida elegida hubo de llevarlo muy lejos de aquel origen. Eso es todo.
Pero el origen, lo sepamos o no, permanece siempre incrustado en recodos de la memoria que pocas veces visitamos: de esa memoria en cuya materia están tejidos los sueños a cuya combinatoria llamamos literatura. Los sueños o las pesadillas más primeros acaban por retornar siempre en la trastienda sentimental del hombre de letras: lo que fuimos, lo que nunca más seremos, porque no hay vuelta atrás en el río de Heráclito. Y, en poco más de treinta páginas de un volumen que tiene casi setecientas, Rushdie se permitía sonreír, no sin ternura, sobre un aspecto particularmente hilarante de sus años de aprendizaje: el episodio de los versos que la tradición popular musulmana dice haber sido inspirados a Mahoma por el diablo mismo, acerca del politeísmo, en la sura LIII del Corán, La estrella, y a los que, en 1850, el orientalista William Muir denominó «versos satánicos». Nada, desde luego, que pudiera escandalizar a un adulto en su sano juicio.
Era el tiempo en el que el ayatolá Jomeini regía el destino teocrático de Irán, dictando vida y muerte sobre el mundo islámico. Rushdie mismo ha descrito, con precisión óptima, la primordial eficacia de una tal prerrogativa en las peores tragedias del siglo veinte: «lo que importaba no era el asesinato; lo que importaba era crear un sentido». Y ese sentido fue creado: sumisión. Sanguinaria y paciente. Treinta y tres años después, alguien ha consumado el decreto homicida. Malherido, el escritor sobrevive. Más malherido aún, el mundo de libertad e inteligencia, que no supo defenderlo, se asoma así a una derrota que prefigura futuros exterminios. Asesinar la literatura es decretar la muerte de todo lo que, desde el Platón del Fedro, somos. Nosotros. Todos. Los hombres libres.
Escribir es necesario. Vivir, no: si llamamos vivir a un vegetar de esclavo.
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