Para siempre
El torero se puede ir o retirar, pero será torero toda su vida. Lo mismo sucede en el escenario más abyecto: el terrorismo
No hay extoreros. El torero se puede ir o retirar, pero será torero toda su vida. Lo mismo sucede en el escenario más abyecto: el terrorismo. Mercedes Aizpurua y Arnaldo Otegui no eran terroristas y hoy en día, acariciados por las manos de Sánchez, se han convertido en respetables ciudadanos. Aizpurua, Otegui, De Juana, y demás retahíla de hijos de mala madre, fueron terroristas, lo son y lo serán hasta el final de sus días. Lo que sucede en España, más que una anormalidad, es un insulto sangrado al conjunto de los españoles, una chulería asesina, y un espectáculo devastador. Se hablará en los próximos años de los robos, abusos, corrupciones, apropiaciones indebidas y de los millones de euros de los contribuyentes que han saltado de sus objetivos públicos a los bolsillos privados de la banda de forajidos. Pero nada más grave que someterse a terroristas para alcanzar el poder. Quiero mucho a las tierras vascas, y allí fui feliz, y tuve y tengo amigos valientes y dignísimos. Pero también recuerdo en nuestras tertulias las primeras opiniones enfrentadas con amigos que parecían de plena confianza. Los del «sí, está mal, pero...».
Esos sí son examigos, muchos de los cuales he perdido afortunadamente de vista, hasta el punto de que ignoro si viven o han muerto. Algunos de ellos pasaron por el seminario de Vitoria, y uno cantó Misa. No mató a nadie, pero hirió a miles de almas confusas y atemorizadas. Y tengo, eso sí, dispersa por los cementerios de España la santa quietud de muchos amigos, que habitan en mi corazón aunque no quepan todos permanentemente. Claro que espero y creo que su sacrificio les habrá abierto de par en par las Puertas del Misterio.
Hace días, la golfa terrorista, las que señalaba a las víctimas desde las páginas de su periódico, se permitió el lujo y el despropósito de dar lecciones de democracia y derechos humanos a los partidos de derecha y centro en el Congreso. Fue respondida y zarandeada por una joven estrella de la política, portavoz del Partido Popular. Pero la respuesta y el zarandeo son anecdóticos. Pasan y se duermen en las páginas del Diario del Congreso. Y la terrorista está crecida. Vive en una ciudad, Madrid, donde nadie espera a nadie, y a pesar de su fealdad, pasea sin oír una voz en contra, y en los restaurantes le reservan mesa para darle su ración de pienso compuesto, porque el desalmado que nos gobierna ha llegado a eso. A que tengamos que soportar en el Parlamento a asesinos confesos y no arrepentidos, a auténticos criminales hoy blanqueados por el quinto jinete del Apocalipsis, Sánchez, que es el peor. Prueben Abascal, Feijóo, Isabel Díaz Ayuso, Jaime Mayor, María San Gil y compañía, a pasear en soledad por las calles de Rentería, Pasajes, Villafranca de Ordicia o Hernani. Les dirían de todo los de la manada bestia, y encima serían acusados de provocadores de la violencia.
Y la culpa es de un partido socialista, antiespañol y nada obrero que nos ha devuelto a los tiempos del cabrón de Largo Caballero, que ahí sigue, honrado en su tremendo monumento en La Castellana.
Nada ex, Aizpurua. Muchas balas en las nucas de sus señalados lo certifican.