Cartas de amor
Pero el rencor persevera, más tenaz que la inteligencia. Las cursis cartas de amor acaban por ser publicadas. No hay canallada mayor para un escritor muerto. La obra comienza allá donde termina la vida
Hasta el día de hoy, los más prolijos críticos literarios se han estrellado contra el muro «B. Traven». Inicial y apellido que encabezan algunas de las más grandes novelas del siglo veinte. Y, tras los cuales, sólo existe un fantasma. Apenas, una firma. Sin contenido personal. La firma bajo cuyo encabezamiento leímos maravillas como El tesoro de Sierra Madre, Rosa blanca, La nave de los muertos… Doce novelas. Más un puñado de cuentos. Magistrales, las unas como los otros. Obra mayor de un Nadie. Alrededor de cuyo vacío biográfico se enredaron tantas sabias conjeturas, que son aún más ficción que sus ficciones. ¿Perdemos algo por ignorar la vida del hombre que se tomó tantas molestias para escribir y nunca tener nombre? No lo creo. La vida de un escritor es idéntica a la de cualquier otro animal de su especie. Lo diferencia su obra. El resto es repetición prevista. De B. Traven queda lo que tenía que quedar: la distinción. Doce grandes novelas. Un puñado de cuentos fascinantes. Y detrás, nada. Mejor: nadie. No se puede ser más perfecto.
Me ha vuelto el recuerdo de aquel B. Traven, que me sedujo en mi ya prehistórica adolescencia, como antídoto ante la avalancha de necrófila prensa rosa horadando el cadáver de quien fue uno de los intelectuales mayores de la lengua española contemporánea. Haber leído La ciudad y los perros a los diecisiete años, y, más aún, haber quedado hipnotizado por relatos tan sobrios y tan glaciales como El desafío, me dieron a ver la grandeza de escribir, con más intensidad que cualquier enseñanza universitaria lo hubiera hecho. En el desguace cronológico de la primera, en el atroz giro de tuerca del segundo, las claves primordiales del arte eran puestas al desnudo. Por un escritor, entonces, extraordinariamente joven. Pero ya en el dominio pleno del oficio.
Mario Vargas Llosa murió a los casi noventa años. Tras una trayectoria portentosa. Veinte novelas, una docena de ensayos, cuentos, teatro, artículos de prensa… Una obra. Que en calidad y extensión tiene pocos iguales. ¿Juzga alguien conveniente superponer a esa enumeración de deslumbramientos, aconteceres personales en mayor o menor medida triviales? No hará eso nadie, desde luego, que sospeche lo que es la literatura. Y que atisbe, tan sólo atisbe, que, ante una obra maestra, su autor debe saberse nada. Y nada debe saberlo el que lee.
El deleite obsceno de hallar en el gran hombre los puntos de falla, fue cruelmente retratado en el axioma de Hegel: «No hay gran hombre para su mayordomo. No porque el gran hombre no sea gran hombre, sino porque el mayordomo es mayordomo». A eso se reduce todo. A un mundo de mayordomos. O de pescaderas.
Todo animal humano arrastra a lo largo de su vida idénticas fragilidades afectivas. Y hasta el más exquisito de los poetas puede caer en la extrema cursilería de escribir cartas de amor a una de la que se ha prendado. Lo que nunca hará será publicarlas: son parte de la sentimentalidad humana, ese enemigo mayor de la literatura, al cual Villiers de l’Isle-Adam dedicó el más cruel –y el más cristalino– de sus cuentos. Con los buenos sentimientos se hace –deja caer un clásico mayor– mala literatura. Y si escritura y afecto de vez en cuando se cruzan, el escritor sabe que está obligado a poner todo cuanto esté en su mano para que de esa amalgama nada quede que el lector pueda confundir con su obra. Quemar las cartas de amor es un ejercicio higiénico, para quien quiera defender su oficio. Y dejar claro –de preferencia, ante notario– que de lo no publicado en vida por el autor mismo, nada deberá ver la luz nunca.
Pero el rencor persevera, más tenaz que la inteligencia. Las cursis cartas de amor acaban por ser publicadas. No hay canallada mayor para un escritor muerto. La obra comienza allá donde termina la vida.