La Pelos
Es muy sencillo engañarme a mí, pero no a los magistrados encargados de juzgarlos. Y a tiempo está de acudir a una peluquería, humana o canina, para que le alivien el cuero cabelludo de tanta espesura y desvergüenza
El fiscal general del Estado se está despidiendo. Cuando sale de su casa por las mañanas camino del banquillo, sus ojos se nublan de gotas amargas, como en la metáfora virginiana. Virgilio fue el escritor romano por excelencia, y creó ese mundo paralelo de la metáfora. A mí, escrito pronto y claro, la que me da miedo es la que va detrás, la fiscal de los pelos indominables. Llegar a la segunda autoridad de la Fiscalía y no poder dominar los pelos de la cabeza, negra que te quiero negra como un revuelto de antracitas, es un contrasentido. Tengo una amiga, viuda de un hombre en todos los sentidos, Carmen Díaz Llanos, casada con Juan Garrigues Walker, a la que llamábamos coloquialmente 'la Pelos'. Pero era muy diferente, y atractivísima, y no se callaba cuando se consideraba con derecho a responder. Esa 'Pelos' nada tiene que ver con la fiscal que va a emprender una senda parecida o paralela a su íntimo amigo el fiscal García Ortiz. Los banquillos del Supremo rebosan de hombres y mujeres de la Judicatura cuando la Pelos se sienta con ellos. Una tarde, mientras Juan jugaba al ajedrez con un ruso, un patoso que no tenía confianza alguna y se había colado como un penetra en la casa de Oquendo, le preguntó a Carmen: «Pelos, ¿me pones un whisky?» El gorrón, como diría Matías Prats Cañete, «no estaba dotado de frondosidad pilosa» y recibió la respuesta al segundo: –Tú mismo, Netzer–. Y eso que Netzer, al que Bernabéu ficho para el Real Madrid, maravilloso futbolista alemán, era rubio como el oro del atardecer en la mar, y he vuelto a Virgilio.
La fiscal Sánchez Conde o Conde Sánchez –vivimos tiempos de sáncheces– sabe que está engañando para salvar a su amigo. Es muy sencillo engañarme a mí, pero no a los magistrados encargados de juzgarlos. Y a tiempo está de acudir a una peluquería, humana o canina, para que le alivien el cuero cabelludo de tanta espesura y desvergüenza. Siempre ha existido el pelota sometido. Pero si el pelota es un pelotón negro de baloncesto, y encima miente, y no contenta con mentir, entrega su cargo, su alma, y sus pelos para echar una mano a un náufrago que ya ha sido devorado por un tiburón de la Warner, supera su labor de pelota sometida y se convierte, sencillamente, en una tonta más.
Los altos cargos públicos harían bien en cuidar su imagen. Por decencia. Ahí tienen a Pablo Iglesias, siempre tan limpio, bienoliente y trajeado cuando visitaba –pobre Rey–, al Rey. Menos Roma, que resiste, las ciudades de la elegancia Londres, París, Nueva York, Boston y Madrid se están llenando de pelos innecesarios. No le deseo mal a 'la Pelos', siempre que antes de embadurnar de falsedades un cargo como el suyo, mejor se queda en casa.
Sueño con ella.