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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Bataclan, diez años

Alrededor, se extendía la mayor urbe musulmana de Francia. Había odio en la mirada de cada desocupado paseante. Odio contra los hostiles invasores que nosotros éramos: periodistas, igual que policías. Piedad, hacia los asesinos

El tiempo nos devora. Mañana, habrán pasado diez años. Que atisbo vacíos. Para mí, el tiempo de la historia se detuvo aquella noche del 13 de noviembre. 2015. Un mundo terminaba. Y nada daba a entender que fuera a abrirse otro. Bataclan: 132 asesinatos a sangre fría, 413 heridos, siete asesinos abatidos. Y una ciudad —que es, de elección, la mía— devastada. Aún más moral que materialmente.

En el Boulevard Voltaire, a cuatro pasos de la plaza de la Bastilla, Bataclan —que toma nombre de una opereta de Offenbach— era reliquia del lejano tiempo de aquellos café-concert que puntearon el París festivo del último tercio del siglo XIX. Reconvertido, cien años más tarde, en lugar legendario de conciertos de rock and roll. Pasaron por allí Velvet Underground, Roxy Music, Genesis, MC5, New York Dolls, Talking Heads, Iron Maiden, The Cure, Prince, Marilyn Manson, Siouxie, Stranglers… Más o menos, el mismo tipo de gente que poblara, en el Madrid de los ochenta, el Rockola, la Riviera o el campo del Mosca. La arquitectura había sido rehecha, a inicio de los años treinta, tras un incendio que la dejó inservible. Fue, después de café-concert, cabaret, teatro de variedades, cine… Y, a partir de 1972, se inventó una nueva vida. Una religión bárbara, que juzga toda música no litúrgica blasfema, iba a ejecutar allí su sentencia contra los cientos de chavales que acudieron, en una noche de 2015, a escuchar un concierto más de heavy metal. Que iba a ser, para ciento treinta y dos de ellos, el último.

Aterricé en París a la mañana siguiente. Bieito Rubido, que dirigía el ABC de entonces, me propuso ir a contar lo que estaba pasando. Hubiera tomado el mismo avión, de cualquier manera. Y supe, igual que había sabido diez meses antes, cuando la redacción de Charlie Hebdo fue asesinada, que era el asesinato de toda una generación el que los yihadistas estaban escenificando. Y que era necesario que aquel asesinato generacional fuera consumado sobre el lugar simbólico de la ciudad que vio nacer –y demasiado pronto extinguirse– el fogonazo libertario de 1968. En la mente del piadoso yihadista, era el degüello colectivo de una sociedad libre, lo que procedía ofrendar a su Alá. Obtendría, a cambio, un cargamento de huríes. No es maltrato.

Desde París, escuché hablar a la alcaldesa madrileña de entonces. Y sentí algo que es muy débil llamar vergüenza. Manuela Carmena, 19 de noviembre: «Para evitar este terrorismo y cualquiera es fundamental trabajar muchísimo en lo que se debe trabajar, para la paz, y es en el diálogo y en buscar alternativas para hacer posible que haya una empatía, para intentar ver en el otro a un ser humano, y hacer lo imposible para lo que yo llamo la educación para la paz».

La reacción militar de los gobernantes franceses –tan poco «empática» con los asesinos– no le había gustado nada a la alcaldesa. Tampoco debió ser del agrado de uno de sus concejales, que se dolió en público de que los pobres asesinos fueran chicos jovencísimos, casi tiernos niños. El presidente francés había ordenado, en efecto, iniciar los bombardeos sobre Raqqa, durante la noche misma de los asesinatos: Raqqa era la plaza fuerte de los yihadistas de origen francés en Siria. «Los actos cometidos en París son actos de guerra», proclamó Hollande. «Debemos ser implacables… Estamos en guerra contra el terrorismo yihadista». El primer ministro, Manuel Valls, no fue más benévolo: «Estamos en guerra. Esta guerra se desarrolla sobre suelo nacional y en el exterior, en Siria… Golpearemos a ese enemigo para destruirlo en Francia y en Europa».

El día 18 de noviembre, a las cuatro y media de la madrugada, ejército y policía asaltaban el piso franco que, en Saint-Denis, acogía a los jefes del comando autor de la matanza. Todos los yihadistas fueron abatidos. Cuando, unas horas más tarde, y ya levantado el cerco, pude llegar hasta el lugar del combate, del piso de los asesinos quedaba solo un agujero calcinado. Alrededor, se extendía la mayor urbe musulmana de Francia. Había odio en la mirada de cada desocupado paseante. Odio contra los hostiles invasores que nosotros éramos: periodistas, igual que policías. Piedad, hacia los asesinos.

A cincuenta metros, coronando el barrio, la pureza geométrica de la basílica de Saint-Denis cortaba un cielo glacial: a sus pies, una inabarcable ciudad norteafricana. Y fue como si, de pronto, se hubiera detenido el tiempo. Y como si la historia hubiera decidido, sin más, abandonarnos.

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