La sombra del sanchismo ensanchada
Aprovechemos la catarsis del hundimiento bufo de Sánchez —tan escandaloso como está siendo y como será— para regenerar nuestra vida política. Si no, se repetirá el ciclo
El sanchismo vive sus horas terminales, que pueden durar muchas horas, pero que no dejarán de ser terminales incluso aunque aguante –manual de resistencia– hasta 2027. Eso ya no lo duda ni Pedro Sánchez. Ahora, por tanto, es el momento de recordar que el sanchismo no ha sido solo el presidente, Koldo, Ábalos, Cerdán, su hermano y su famosa legítima. Hay un riesgo serio de que nos autoapliquemos el chivo expiatorio y acabemos condonando la responsabilidad política al sanchismo a costa de la responsabilidad penal de los susodichos.
He escrito «autoaplicarnos» adrede. La víctima del mecanismo del chivo expiatorio es el pueblo, pues cree que soluciona sus males, acabando públicamente con una figura más o menos simbólica. Y entonces, sus males siguen operando.
El sanchismo, como régimen, ha sido todo el PSOE que ha mantenido a Sánchez en el poder a pesar de los pactos con Bildu y con ERC y a pesar de las concesiones flagrantes a costa de los mismos votantes socialistas en Extremadura, Andalucía o Asturias. Sería un error garrafal de ética política que, caído Sánchez (cuando termine de caer), tengamos la tentación de pasar página con Page: pasar págene.
Page ha sido muy servil con Sánchez, poniendo mala cara, esto es, una vela al mito del PSOE, bueno, pero votando siempre a favor del líder. En alguna medida, lo habrá sostenido, pues, algunos socialistas habrán votado al PSOE con la excusa de que todavía era el partido de Page y del difunto Fernández Vara.
¿Puede ser torpeza el intento de blanquear a Page? Diría que hay intereses. Porque igual que el sanchismo no es solo Pedro Sánchez, sino el PSOE que lo mantuvo, tampoco es solo el PSOE. El sanchismo, como régimen, son los medios y tertulianos que le han bailado el agua, aplaudiendo cuando decía pares y aplaudiendo lo mismo cuando decía nones. También cuando el PP ha pactado cosas chulísimas como el CGPJ era, en cierto sentido, sanchismo.
Lo último que propondría yo es una caza de brujas, pero tampoco nos conviene embrujarnos con el mecanismo atávico del sacrificio expiatorio. Seamos racionales y si salimos del sanchismo tenemos que hacerlo de verdad, desactivando todos los mecanismos y las complicidades que lo hicieron posible. El partidismo fanático, el chalaneo de los votos en el Congreso contra el interés general en busca del aprovechamiento particular, la falta de contundencia en la oposición, el mohín de disgusto que luego no se encarna en votos en contra, la protesta con la boca pequeña, pero la disciplina más estricta cuando toca retratarse.
También es sanchismo la crítica acerba cuando ya está uno jubilado. El caso de Alfonso Guerra es significativo. Guardó su ardor guerrero para cuando dejó de ser diputado. Incluso siendo presidente de la comisión constitucional dejó pasar la ley de Violencia de Género sin votar en contra porque era tanta su inconstitucionalidad que estaba seguro de que el Tribunal Constitucional la tiraría por tierra. Luego se escandaliza de que el Tribunal Constitucional no hiciese su trabajo, pero ¿hizo él el suyo de presidente de la comisión constitucional del congreso? Esa briosa bravura que parece que dan con la pensión de jubilación vale mejor que nada, pero nos valdría más un valor durante el servicio activo.
Aprovechemos la catarsis del hundimiento bufo de Sánchez —tan escandaloso como está siendo y como será— para regenerar nuestra vida política. Si no, se repetirá el ciclo: creímos librarnos del zapaterismo al descalzarnos de Zapatero, pero el zapaterismo siguió zapateando. Que no ocurra lo mismo con el sanchismo. Que no campe a sus sanchas.