Fundado en 1910
El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Donde no hay tiempo

La semana que viene: 8 de diciembre. Asesinato, en Nueva York, de John Winston Lennon. Le faltó un cuarto de siglo para saber si una mujer iba a cerrar la puerta a su pertinaz amante noctámbulo de 64 años. 'When I’m sixty-four…'

Están sonando los Beatles. Que son todo lo que a él le importa de aquellos hace sesenta años. De lo demás, ni se acuerda. When I’m sixty-four…: «¿me cerrarás con llave la puerta, si llego a casa pasadas las tres de la madrugada, cuando tenga sesenta y cuatro años»? Y es como si ahora este septuagenario estuviera escuchando eso por primera vez. Y es mentira. No le importa.

Le llega la misma voz, el mismo esmero técnico de George Martin para hacer que los excesos orquestales no se tragaran la frescura de cuatro autodidactas veinteañeros. Mientras apura su taza matinal de té, sostiene en la mano izquierda el álbum de entonces. Lo trató siempre con una reverencia de objeto sagrado. Tantos años después, parece intacto. Intonsos, en la tapa izquierda, los recortables de la bigotuda 'banda los corazones solitarios', sobre los cuales él nunca se hubiera atrevido a pasar la tijera. Y, como hacía entonces, va jugando a identificar, sobre el fotomontaje de la portada, rostros: del entonces presente, los unos; otros, del ya por aquellos días lejano pasado. Todo persevera.

Pero lo que él escucha ahora no es ese vinilo que, pese al paciente esmeril del tiempo, apenas si ha sufrido dos o tres rayaduras menores. El disco queda, enfundado en su plástico, dentro de la legendaria carpeta: festivo campo mortuorio en el que los céreos Beatles de Madame Tussaud se asoman a la tumba floreada que lleva el nombre de los Beatles. Y claro está que este que ahora pasa dedos reverentes sobre esa aglomeración de rostros memorables ante una tumba imposible, sabe que lo que está escuchando es un fantasma. O, si se quiere, la metafísica en la cual persevera memoria de aquello que arrebató el tiempo. Porque la música no suena ahora en la misteriosa rozadura de una aguja sobre la superficie del material plástico marcado por prolijos microsurcos. No hay peso material que pueda arrancar ya ruidos regulados al brillante vinilo. Que es solo arqueología: arqueología anímica.

La música, ese ruido sometido a álgebra, está sucediendo ahora en una fantasmagoría ingrávida. Desde cuya inmaterial base, una red de códigos binarios la ha traído a su iPhone. Y, de allí, a un proyector de sonido cuya ligazón física con su origen resulta, para el desprevenido oyente, indetectable. Y, de pronto, se sabe golpeado por el misterio. Ese que no conviene desentrañar nunca, porque es más grato avenirse a que lo bello nos noquee que tratar de descifrarlo. Y le viene al recuerdo una página leída en Villiers de l’Isle Adam. Esa en la cual cierto sabio recibe el consejo de nunca rastrear en el otorgado milagro de la belleza, porque, de desvelarlo, «Dios desaparecerá del canto». Y lo bello dejará de ser sagrado. Un despilfarro, en suma.

En 1967, John Lennon tenía 27 años, los mismos que Ringo Starr. Paul McCartney andaba por los 25. Por los 24, George Harrison. Evocar el día en el que habrían de cumplir los 64 era, de verdad, fantasear lo inimaginable. Ni a Lennon ni a Harrison les sería dada la constancia empírica de semejante utopía. Murió uno a los cuarenta; a los cincuenta y ocho, el otro. Se extinguió la era del vinilo. Mucho más breve fue la del casete. Casi el tiempo de un chispazo duró la del CD. Aquellos vinilos que el hombre viejo conserva ahora podrían sonar casi lo mismo que entonces: los ha cuidado con el mimo que concedió a muy pocas cosas y a aún menos personas, porque, en esas pocas cosas y en esas aún menos personas, se preserva solo el tenue hálito de lo que alguna vez él llamó poesía.

El tocadiscos sigue ahí, en su lugar de preferencia. No es un adorno. Es un objeto litúrgico. Hace años que olvidó cómo poner de acuerdo plato, amplificador y altavoces. No necesita hacerlo. Aunque lo añora: pero eso son caprichos tontos de la edad. Toma el vinilo, solo para mirarlo. Para palparlo. Una vez más. La música suena ahora desde ningún sitio. Sin soporte. Acaricia, con más veneración que antaño, aquella carpeta sobre la cual una muchedumbre ilustre se asoma a una tumba florida. Hace mucho que pasaron su 64. Se dice que, pese a todo, algo en todo aquel desorden, estaba bien hecho. La música es idéntica.

Se apercibe, en ese instante, de la trivial efeméride. La semana que viene: 8 de diciembre. Asesinato, en Nueva York, de John Winston Lennon. Le faltó un cuarto de siglo para saber si una mujer iba a cerrar la puerta a su pertinaz amante noctámbulo de 64 años. When I’m sixty-four… Este que escucha la pregunta, debe de andar por lo setenta y bastantes. Solo la música vence al tiempo.

comentarios

Más de Gabriel Albiac

  • Non olet

  • Koldábalos: lógicas de burdel

  • Pujol, ya extinto en el tiempo

  • Ilusiones perdidas

  • Franco, resurrección

  • tracking

    Compartir

    Herramientas