Zanahorias
Decía mi inolvidable maestro Santiago Amón que todo pelirrojo que no fuera irlandés, escocés o escandinavo, requería de una vigilancia especial. El pelirrojo es tímido por naturaleza, pero si pierde el control de su serenidad, se convierte en un airado personaje
Se trata de una experiencia personal, cuyo reconocimiento y relato se alejan absolutamente de la crítica negativa. Tengo muchos amigos pelirrojos, si bien con las mujeres pelirrojas jamás me he comportado con naturalidad. Me imponen. Afortunadamente, no soy irlandés, donde se cuentan por centenares las mujeres pelirrojas por kilómetro cuadrado. En España, la población con más pelirrojos es La Carolina, el primer púlpito de Andalucía desde Despeñaperros. Por ahí pasaron las tropas napoleónicas, pero mucho antes, los ejércitos europeos que se unieron a España en la fundamental batalla de Las Navas de Tolosa, también colindante con La Carolina. No obstante, en España el pelo anaranjado no es habitual.
Decía mi inolvidable maestro Santiago Amón que todo pelirrojo que no fuera irlandés, escocés o escandinavo, requería de una vigilancia especial. El pelirrojo es tímido por naturaleza, pero si pierde el control de su serenidad, se convierte en un airado personaje. Tuve un compañero de colegio pelirrojo. Otro de ellos, Ramón Noriega, colchonero y simpatiquísimo, que falleció en plena juventud siendo comandante de Aviaco, le dedicaba constantes y repetidos chascarrillos.
El pelirrojo, que curiosamente era mexicano, soportó con estoica paciencia las bromas de Noriega, hasta que estalló su ferocidad. El pelirrojo recibía clases de guitarra, y tenía una de tronío, una 'Conde' de la calle Gravina –qué casualidad–, que contaba entre sus clientes a Leonard Cohen. Una guitarra sólo al alcance de economías privilegiadas. Le importó un bledo al pelirrojo, el valor económico de su guitarra, y se la endosó a Noriega en la cabeza con un golpe seco y magistral. Don Santiago Amón reincidió en su recomendación:
–Se lo tenía advertido, señor Noriega. Cuando un pelirrojo no es irlandés, escocés o escandinavo, no soporta bromas pesadas como las suyas.
A partir de aquel momento, el pelirrojo se convirtió en el líder de la clase.
En los tiempos durante los que fui un joven con granos y bastante éxito –hasta tal punto que una de mis novias me confesó que mis granos le excitaban sobremanera–, siempre obtuve suspensos con las pelirrojas. Perdía ante ellas mi seguridad, mi facilidad de palabra y hasta la gracilidad en mis andares. Tropezaba. Cuando iba acompañado de una pelirroja y alzaba la mano para detener a un taxi con la lucecita verde y el cartel de 'Libre', el taxista me dejaba con la mano en lo alto y haciendo el ridículo en la calle. Nada más ridículo que parar un taxi y que no se detenga.
Otra pelirroja, francesa, llamada Jocelyne, compartió a mi lado una cena en el Tenis de San Sebastián. Actuaba con posterioridad a la cena la maravillosa Sylvie Vartan. Hube de ausentarme por una estival e imprevista gastroenteritis. Pero se trató de una gastroenteritis de pánico, no vírica. Recuerdo, que minutos antes, a sentir los vergonzosos arrechuchos intestinales, me dijo con una bellísima sonrisa incrustada en sus pecas: «Mis amigas me habían dicho que eras muy divertido, y la verdad, perdona, de divertido, nada de nada. Rien de rien». Conmigo, la pelirrojía no fue jamás generosa.
De ahí que admire profundamente a quien lo abandona todo por una mujer pelirroja. Sucedió en un importante banco en el decenio de los sesenta. Su vicepresidente, extraordinariamente colocado para suceder al presidente a punto de dimitir por su avanzada edad, renunció a su lugar en el Consejo de Administración y a su futuro banquero y bancario, informando en una sesión del Consejo, en un alarde de coraje, los motivos de su renuncia. «Me largo porque me he enamorado hasta los cotubillos de Fermín, el conserje, y Fermín me corresponde.».
Renunciar a una vicepresidencia, sea la que sea, y a una trayectoria triunfante, y a un chalé, y a una familia, por una mujer pelirroja de harta belleza, sólo está al alcance de los valientes o de los tontos de capirote. Se intuye que, en el caso que me ocupa y nada me preocupa, la valentía se ausenta para dar lugar y sitio a la majadería de capirote. Pero en fin, no soy nadie para juzgar este tipo de acontecimientos. Porque para alcanzar su sueño de triunfar con la linda zanahoria –escrito con el mayor respeto–, que su corazón ha escogido, este hombre se ha visto obligado a renunciar a todo lo que tenía, que era muchísimo. Ahora tendrá que conformarse con vivir en la calle de Serrano, con la humildad que le caracteriza.
Cosas de la vida, que va por sus extraños caminos sin pedir explicaciones.
- Publicado en la web de Alfonso Ussía el 25 de marzo de 2021