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LiberalidadesJuan Carlos Girauta

Ensalzar a Juan Carlos para debilitar a Felipe

Nada dicen del papel jugado por el PSOE en una operación que, por supuesto, no preveía la irrupción del coronel Tejero dando voces y pegando tiros a la vista del planeta entero

Me atengo a un punto de partida, digamos, metodológico: este Gobierno no hace nada que no persiga alguna finalidad política interesada, y generalmente destructiva. Ello incluye la desclasificación parcial del 23-F. Por supuesto, el Gobierno omite el adjetivo. Las consecuencias de admitirlo frustrarían su objetivo, que resumo en el título. Desviarían la atención. Si Sánchez reconociera la evidente existencia de documentación no desclasificada, los medios, sus audiencias y las redes exigirían total transparencia.

El asunto es más formal que sustancial: prácticamente nada se ignora. Cualquiera con curiosidad conoce de sobra las reuniones de altos cargos socialistas con Armada y la influyente llamada a un «golpe de timón» por parte de Tarradellas. La influencia se explica por el contexto: ETA cometía entonces, de media, un asesinato cada sesenta horas. El Título VIII de la Constitución (‘De la Organización Territorial del Estado’) se consideraba un grave error con la Carta Magna recién nacida. Los primeros en sentirlo fueron los uniformados y los primeros en arrepentirse fueran los socialistas, muy especialmente Alfonso Guerra, verdadero padre de la Constitución junto con Fernando Abril Martorell.

Tanto es así que, tras el golpe de Estado, el Gobierno de González acordó con UCD neutralizar la vis expansiva estructural de las comunidades autónomas, tratando de cerrar lo que la norma suprema había dejado abierto. Usaría una Ley Orgánica que el Tribunal Constitucional tumbó: la LOAPA, Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico. La conciencia de su necesidad, como decía, era la misma que había llevado al PSOE a implicarse en la mal llamada «Operación De Gaulle».

Se trataba de que un Gobierno de concentración, que incluía a los comunistas y cuyo vicepresidente primero sería Felipe González (pese a que el primer partido de España seguía siendo la UCD), impulsara una reforma de la Constitución para corregir el Título VIII bajo la presidencia de un general cercano al Rey. Acto seguido, se convocarían elecciones. Para otros, el general se quedaría un rato más; de ahí lo de De Gaulle. Juan Carlos I no se comprometió: «A mí dádmelo hecho».

Sánchez sabe que a una prensa domada, adocenada y dependiente le basta con que se le llame «desclasificación» a unas cuantas revelaciones insignificantes, algunas posteriores al golpe y presentadas como parte de este. Así logra que nadie exija la desclasificación verdadera. Que, repito, es prescindible por estar todo más que claro. También se logra la reivindicación de la figura de don Juan Carlos. ¿Y por qué iba a desear tal cosa un Gobierno que no ha dejado de trabajar para ningunear la Monarquía? Precisamente por eso, para crearle un nuevo problema a Felipe VI, cuyo enfrentamiento con su padre es un secreto a voces. Nada dicen del papel jugado por el PSOE en una operación que, por supuesto, no preveía la irrupción del coronel Tejero dando voces y pegando tiros a la vista del planeta entero. Sánchez sigue minando la Monarquía, ahora en lo más sensible para la persona de don Felipe.

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