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HorizonteRamón Pérez-Maura

La Heroica: la ciudad más española del mundo

Ver la fabulosa obra de arquitectura militar que es el inexpugnable fuerte de San Felipe de Barajas que construimos los españoles en diferentes etapas entre 1536 y 1657 es algo que enorgullece a cualquier bien nacido

Confieso que tengo pasión por algunas ciudades del mundo en las que siempre me gusta buscar raíces españolas. Como Venecia, donde el duque de Osuna intentó dar un golpe de Estado y tomar el poder para el Rey de España. Siempre he buscado los rastros de ese hecho histórico. O como la ciudad donde he pasado esta Semana Santa: Cartagena de Indias, conocida como La Heroica.

Para mí no hay mayor placer que acompañar a visitar esta ciudad a alguien que nunca haya estado en ella. Ver su primera reacción a las calles, los edificios y las iglesias. He tenido esta experiencia a lo largo de los años con amigos como Carlos Herrera o Carlos de Austria y me encanta recordar sus miradas deslumbradas ante unas calles y plazas que exudan españolidad. Que te hacen sentir estar en la Castilla profunda o en Extremadura, muy lejos del mar que aquí lo impregna todo por la humedad y el salitre que se respiran.

Vine por primera vez a Cartagena en 1994, durante una visita de varios periodistas invitados por el Gobierno del presidente César Gaviria. Coincidió entre la primera y la segunda vuelta de las presidenciales que enfrentaron a Ernesto Samper y Andrés Pastrana. Yo no conocía a ninguno de los dos, pero sentía simpatía por Samper por haber sido embajador en Madrid. Vaya ojo.

En aquella visita de unas horas nos mostraron el nuevo hotel Santa Clara, una apuesta por el futuro de la ciudad. Su edificio llevaba años reformándose y todavía quedaba un poco de trabajo. Pero era una clara apuesta por la recuperación de una ciudad triste y abandonada. El estado de las edificaciones era penoso en un 90 por ciento de la ciudad: sucias, con signos de derrumbe…

Tres décadas después Cartagena es una ciudad esplendorosa, fruto de dos realidades: el empeño que han mantenido gobiernos de España de uno y otro signo en la recuperación de esta ciudad por medio de la Agencia Española de Cooperación Internacional y los propios colombianos que han vuelto a dar vida a una ciudad amurallada que hoy bulle con restaurantes, tiendas, hoteles boutique y viviendas recuperadas por y para los propios colombianos y gentes de otras nacionalidades. Buena muestra de esa inversión está en las infraestructuras. Baste un ejemplo: hasta hace veinte años había barrios de la ciudad extramuros que carecían de agua corriente y los habitantes tenían que ir cada día a recogerla en cubos a donde se les permitía. Hace dos décadas la AECI completó el suministro a esa parte de la ciudad, obra realizada por Agbar.

Y muestra no menor de esa colaboración es el magno convento de Santo Domingo, en cuyo claustro hoy tiene una sede la AECI y donde está el consulado de España. Para mi sorpresa y alegría he visto cómo en esta Semana Santa se proyectaba en las paredes del edificio que dan a la plaza de Santo Domingo sendas imágenes: una de la Virgen María y otra de Cristo con el Calvario al fondo. Lo imagino obra de la Iglesia y no de los españoles allí residenciados.

Ver la fabulosa obra de arquitectura militar que es el inexpugnable fuerte de San Felipe de Barajas que construimos los españoles en diferentes etapas entre 1536 y 1657 es algo que enorgullece a cualquier bien nacido. Aquí fracasaron piratas ingleses como sir Francis Drake o el almirante Vernon. El castillo, como llaman los colombianos al fuerte, y la mención a Vernon llevan a hablar inevitablemente de Blas de Lezo, cuya memoria los españoles hemos recuperado en los últimos años. Y ese recuerdo me lleva a visitar, una vez más, el Museo Naval del Caribe donde me enorgullece ver expuesta, destacadamente, una reproducción exacta de las pistolas de Blas de Lezo, hecha sobre el original que el marqués de Tabalosos cedió al Museo Naval de Madrid y que en 2022 tuve el honor de donar a esta institución.

Y lo hice como agradecimiento porque en noviembre de 2001 tuve el privilegio de jurar mi nacionalidad colombiana ante el presidente Andrés Pastrana en el Fuerte de San Juan de Manzanillo. Casi un cuarto de siglo ya. Con mis frecuentes visitas he podido ver la recuperación de esta ciudad. Estos días, recorriendo Cartagena con miembros de mi familia que nunca habían estado aquí, he llegado a ver hasta un arco formado por buganvillas entre dos edificios. Esa flor es un signo de esta Cartagena rediviva como lo muestra ese entrelazamiento floral en una calle antaño lúgubre.

Y asistir a las ceremonias de la Semana Santa aquí alimenta la fe. Participar en el Vía Crucis en procesión el Viernes Santo a primera hora, recorriendo la ciudad y con cientos de personas, mueve la Fe. O la conmemoración de la Pasión por la tarde en Santo Domingo. Pero, muy especialmente los oficios de Jueves Santo en el Santuario de San Pedro Claver: es algo que también mueve a pensar lo que los españoles hicimos aquí, para bien y para mal. Cartagena fue un puerto negrero, pero también produjo santos como Pedro Claver. Nacido en Verdú, Lérida, en 1580 este jesuita pasó su vida en el puerto cartagenero luchando en favor de los esclavos hasta su muerte 1654, cuando la ciudad todavía era parte del Reino de Nueva Granada. Aquí se postró a rezar en 1986 san Juan Pablo II ante un santo considerado ejemplo heroico de lo que debe ser el amor por los más pobres y marginados. El primer reivindicador de los derechos humanos. El santo de referencia de Cartagena de Indias, La Heroica, la ciudad más española del mundo.

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