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Perro come perroAntonio R. Naranjo

¿Para qué nacionaliza Sánchez a lo loco?

Si Sánchez puede intentar aprovechar el aumento artificial del censo electoral, lo hará

España ha regularizado inmigrantes con gobiernos de todos los colores, como alegan los defensores del mismo proceso impulsado ahora por Sánchez, pero nunca de la misma manera ni por las mismas razones ni con el contexto que ahora mueve al pérfido presidente en vigor.

Saltarse al Parlamento, optar por el decreto, desvincular la concesión de papeles de la existencia de una oferta laboral, obviar la inexistencia de antecedentes penales, hacerla coincidir con la concesión de sanidad universal, avalar un catálogo de ayudas por distintas razones no siempre demostrables, combinarla con la nacionalización exprés de cientos de miles de nietos del exilio, revocar la política migratoria aprobada en Europa y estimular como nunca el negocio de oenegés convertidas en auténticas empresas bajo la apariencia de la solidaridad es algo que nunca antes había pasado todo a la vez.

Y es eso, la yuxtaposición de decisiones interconectadas sin precedentes, lo que obliga a preguntarse qué estrategia hay detrás de un plan perfectamente diseñado con el que Sánchez aplica en España lo contrario de lo que firma en Europa y lo opuesto a lo que él mismo contempla en su Estrategia de Seguridad Nacional y en la Estrategia Nacional contra el Crimen Organizado, donde literalmente se advierte desde el propio Gobierno contra fenómenos como el que ahora esconde: «Las redes de tráfico irregular de personas, además de atentar contra colectivos especialmente vulnerables, son un catalizador para otras actividades transfronterizas de delincuencia organizada y representan una seria amenaza para la seguridad de nuestro país y del conjunto de la UE».

Es cierto que regular a quienes ya están es, más allá de factores estrictamente humanitarios legítimos, una decisión práctica que bien ejecutada y controlada les incorpora al catálogo de derechos y obligaciones que debe tener cualquier residente, más allá de su nacionalidad.

Pero hacerlo de cualquier manera provoca lo contrario: se emite un mensaje internacional a las redes de tráfico de seres humanos, muchas de ellas vinculadas ya al yihadismo; se estimula un efecto llamada agravado por el endurecimiento de las normas en el resto de Europa y el cierre de otras rutas de acceso; se renuncia a sincronizar la acogida de inmigrantes con la capacidad de los servicios públicos; se estimulan trampas con excusas humanitarias como el bochorno de los falsos menas incrustados en España por sus propios padres; se ignoran las advertencias sistemáticas de los Cuerpos de Seguridad sobre el impacto delincuencial de las migraciones descontroladas y se estimula un rechazo, con tintes xenófobos en sus extremos pero razonable en el resto, a lo que acaba percibiéndose como una invasión en un contexto de empobrecimiento y dificultades para la propia sociedad española: en un mismo país no pueden convivir la imagen de una jubilada sin muletas gratis tras una operación con la de un joven subsahariano fornido que vive en un chalet mantenido tras haber llegado a España a bordo de un barco de la mafia de turno, sin huir de guerra, hambruna o epidemia alguna.

¿Qué le mueve entonces a Sánchez, plenamente consciente de todos esos perjuicios, contemplados por él mismo en el documento que fija las prioridades para garantizar la defensa del país que preside? Porque no parece suficiente con los dos «beneficios» que logra, cortoplacistas, falaces y efímeros: engordar la población para adulterar el crecimiento del PIB con anabolizantes artificiales y encontrar otro ingrediente más para ahondar en la polarización que le caracteriza no es un gran botín al lado del espanto social que provoca.

Así que no queda más remedio que preguntarse si todo obedece a un plan convenientemente diseñado para cambiar el censo electoral de España y lograr en esos nichos los grupos de votantes que compensen la espantada de cientos de miles de votantes hartos de la cháchara improductiva.

Una tentación que ya tiene precedentes en el control con mano de hierro de RTVE, el CIS, Correos, Telefónica, Indra o el Tribunal Constitucional, todos ellos relevantes en el proceso de conformar un estado de opinión y de algún modo en el propio recuento electoral.

Si juntamos ahora ese impulso bucanero en controlarlo todo a este empeño en conceder nacionalizaciones masivas ya y a la posibilidad de aumentarlas mañana con los regularizados de hoy, deben activarse todas las alarmas: Sánchez siempre echa cuentas en beneficio propio y es evidente el lucro personal que puede buscar en un grupo de entre medio millón ahora y quizá dos millones en no demasiado tiempo. Con Sánchez las casualidades no existen y todo lo que parece de una manera lo es.

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