Una vez más fue el bolsillo
Lo que se llevó a Orbán por delante fueron la economía y los 16 años en el cargo
España, a pesar de quienes nos gobiernan, es un país de la leche. Se ha hablado mucho estos días de Hungría, pero no nos hemos detenido demasiado a comparar lo que es aquello y lo que es esto.
En los últimos años, numerosos pensadores y políticos húngaros se han paseado por España y Europa impartiendo lecciones magistrales sobre lo que hay que hacer. Pero lo cierto es que no estaban para dar mucho ejemplo, porque Hungría es todavía un país rezagado, a pesar de los años de buen gobierno de Orbán. Continúan pagando la resaca de décadas de comunismo bajo la bota soviética. El país tiene 9,5 millones de habitantes y pierde población, frente a los casi 50 de España. La esperanza de vida es seis años más baja que la nuestra, una de las mayores del mundo, gracias a nuestros hábitos alimentarios y una sanidad pública que según la izquierda española ha sido absolutamente desmantelada. El PIB per cápita húngaro es once mil euros menor que el nuestro. Su economía va al ralentí.
En 2023, el PIB húngaro cayó un -0,8 %, y en los dos años siguientes creció menos de un punto. Mientras que en España ha subido un 2,8 % en 2023 y un 2.7 % en los ejercicios de 2024 y 2025 (sí, ya sé que nuestro INE no es especialmente fiable tras la metedura de zarpa de Calviño, pero aun así…). Ese buen pulso español se debe sobre todo al maná del turismo, al dinamismo de nuestro sector servicios, la lluvia de fondos europeos y la llegada masiva de mano de obra barata (no todo es negativo en la inmigración). Resulta lastimoso pensar en cómo podía ir España si además contase con un Gobierno mínimamente normal y si nos liberásemos de la fiscalidad confiscatoria. Por el contrario, el endeudamiento del Estado húngaro es mucho menor que el del español. Es verdad que en buena medida nuestra fiesta se está pagando a deuda. Otra ventaja de Hungría respecto a España es que ellos no soportan el cáncer que nos mina: el separatismo, que es nuestro mayor problema.
La historia de la caída de Orbán se está contando mal. Más que su batalla con Bruselas, sus arrumacos con Putin y su antieuropeísmo, lo que se lo ha llevado por delante ha sido el deterioro del nivel de vida, la economía, que no chutaba en los últimos años, y también el lógico desgaste de 16 años en el poder. Era tiempo de un relevo. Nuestro caudillo «progresista» no ha entendido esa dinámica. Confundiendo la esperanza con la experiencia, acaba de decir en el programa de su bufón de cámara Wyoming que seguirá al menos hasta 2031.
También son inexactos esos epítetos de brocha gorda, a los que se ha sumado entusiasmado el PP genovés, de que Orbán era un tirano que se había cepillado la democracia. Si es así, si tanto había viciado el sistema, ¿cómo pudo ser barrido en las urnas de semejante manera? Además, ha aceptado su derrota al minuto y sin objeción alguna. Me temo que si queremos ver en acción a un auténtico autócrata desatado podemos encontrarlo más cerca de las orillas del Manzanares que de las del Danubio. Aunque es cierto que Orbán había tuneado el sistema a su favor, a veces incluso a codazos.
Resulta muy interesante observar que los húngaros no han elegido un solo diputado de izquierdas. ¿Por qué? Fácil. Están vacunados contra las veleidades socialistas, como todos aquellos que han experimentado en sus propias carnes el comunismo. No he conocido ni un solo cubano que viva en España y tenga ganas de volver al paraíso del proletariado.
Por último, es también mendaz afirmar que con la apabullante victoria de Péter Magyar se ha producido en Hungría un giro hacia lo que nuestra izquierda llama «el progresismo». Para nada. El ganador encarna una rama escindida del propio partido de Orbán y comparte su clarísimo lema: «Dios, patria y familia». De hecho, Magyar se ha presentado como más duro que el propio Orbán en algunas materias, como la inmigración.
Las elecciones húngaras dejan dos lecciones harto conocidas. La primera es que en una democracia no pueden existir liderazgos perennes, pues el relevo en el poder forma parte de su médula. El mundo baila hoy al son del capricho de Trump, pero en menos de tres años ya no estará ahí. Si manda perpetuamente el mismo –como pretende quien ustedes saben–, se aterriza en una autocracia, o abiertamente en una dictadura. La segunda lección es que el bolsillo importa, por supuesto, y cuando los garbanzos no van bien la propaganda no basta. Por eso harían bien los amigos españoles de Orbán en ocuparse un poco más de la economía en sus propuestas, de los números, para hablar con propiedad de lo que es factible hacer y lo que no.
Nuestro aprendiz de sátrapa ha tenido la fortuna de que la fabulosa sociedad civil española y el extraordinario país que han construido nuestros ancestros son tan fuertes que pueden resistir por un tiempo hasta un Gobierno tan fulero como el suyo. Pero ojo, solo por un tiempo, porque bajo una alfombra hay ya una enorme losa oculta, tapada con maquillaje contable.
De no mediar una rareza inimaginable en el recuento, a finales del próximo año Sánchez podrá montar una consultoría con Begoña y Barrabés en el sector privado, o irse a trabajar para los chinos con Zapatero. Si lograse conservar el poder perdiendo de nuevo las generales y con toda la mugre que tiene encima, entonces habría que preguntarse si España es todavía una democracia.
Los húngaros han tenido el cambio que querían. ¿Conseguiremos tenerlo aquí?