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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

¿En qué consiste ser español?

¿Se puede presumir de «orgullo de España» si estás contra su lengua, su historia, su fe y parte de su alta cultura?

Act. 18 abr. 2026 - 14:11

De cara a intentar una quimérica remontada, y más ahora que se acercan las elecciones en la españolísima Andalucía, Sánchez ha incorporado a sus latiguillos propagandísticos el «orgullo de ser español».

Es de un notable descaro que se envuelva en la bandera, tratándose de un gobernante que tolera y jalea que se persiga abiertamente la lengua española en dos regiones, que abraza la leyenda negra al dictado de la izquierda indigenista hispanoamericana, que reniega de toda la alta cultura española que no sea de izquierdas y que abomina del pasado y el presente católico del país, que está en su médula fundacional, al igual que la monarquía, que tampoco le va, por la sencilla razón de que los reyes no son Él y Begoña.

El presidente del «orgullo de ser español» considera además que no existe una nación española, sino una «nación de naciones». Un sofisma hueco, una majadería conceptual del PSOE, que equivale a proclamar que no existe el concepto «botella de vino», sino la suma de corcho, cristal y zumo de uva fermentado.

El presidente del «orgullo de ser español» gobierna al dictado de los más tenaces enemigos de España, admite sus exigencias discriminatorias, se arrastra por Bruselas a su dictado implorando que la UE adopte el catalán –en detrimento de la lengua opresora– y desguaza el Estado con constante cesión de competencias.

¿En qué consiste hoy ser español? La respuesta del PSOE sería algo así: español es toda persona que viva en España, aunque acabe de llegar hace diez minutos y carezca de un certificado de penales, y que comparta que estamos en una nación de naciones plural y diversa, plurilingüística, confederal, socialista-igualitaria, ecologista, feminista y pro homosexualista. Eso viene a ser España para el sanchismo.

Entonces, ¿qué nos une realmente?, ¿en qué consiste ser español? En primer lugar figuran la lengua y la cultura, principal pegamento de un país. Por eso los separatistas hacen un extremo hincapié en fomentar las suyas, «identitarias», inventando un pasado mitificado allá donde no llega la realidad histórica. En segundo lugar, somos españoles porque tenemos una larguísima historia compartida, que está ahí y presenta muchos pasajes dignos de legítimo orgullo. Otro lazo indispensable para que exista un país son unas instituciones, unas leyes y una educación comunes. Por eso el mal concebido modelo autonómico, desarrollado a tirones y a salto mata, ha acabado debilitando la unidad nacional y creando extrañamiento hacia la idea de España.

Nuestro país es además inconcebible sin el catolicismo, porque alentó el hito fundacional de la Reconquista y la atrevidísima empresa de los descubrimientos de Ultramar, dibujó la moral de los españoles y continúa siendo la fe mayoritaria. También cohesiona la Corona, por eso los separatistas no la tragan. Como dijo en su día Picasso con clara simplicidad, «soy monárquico porque en España siempre ha habido un rey».

Por supuesto nos unen una idiosincrasia y unos hábitos de vida propios. De Lugo a Almería y de Tarragona a Granada, nada más pisar la calle se percibe que estás en el mismo país, aunque existan peculiaridades locales (lo que no ocurre si cruzas de Tui a Valença do Miño, o de San Sebastián a Biarritz, pues te notas en otro país). Los españoles comemos a las dos y pico y cenamos entre nueve y diez. Salimos de cañas y de tapas. Somos del Zara y el Mercadona, allá donde vivamos. Escuchamos a Herrera y la Ser y vemos El Hormiguero y MasterChef (muy a pesar de los separatistas, que por eso dilapidan fortunas en sus cadenas autonómicas).

Seguimos las mismas ligas de fútbol y baloncesto y admiramos a idénticos héroes (en estos momentos, Alcaraz). Inventamos el pincho de tortilla y somos la patria del jamón serrano. Compartimos polémicas políticas y hasta los marujeos de la tele rosa. El núcleo periodístico y tertuliano de la capital, Madrid, se proyecta en toda España, marcando la agenda y la conversación (también para pesar de Barcelona y Bilbao). Somos un pueblo cordial como pocos, jovial y parlanchín. También envidioso, y a veces liante y demasiado polvorilla. Aunque somos de quejarnos por todo, al final llevamos impreso un cierto optimismo resistente, que quizá tenga que ver con la luz de una climatología benigna. Cuando vienen mal dadas siempre pensamos que «mañana será otro día».

Por supuesto disfrutamos y nos une el tercer idioma más hablado del planeta y un arsenal cultural de una categoría al alcance de contadas naciones. España es el país de Cervantes, la Escuela de Salamanca, Velázquez, Goya y Picasso, Tomás Luis de Victoria, Falla y Albéniz, las colosales catedrales góticas y la poesía de Garcilaso, Teresa de Jesús, Juan Ramón, Rosalía, o Lorca. Si me pidiesen mi definición, diría que «España es una esperanza siempre en marcha, un país con corazón».

España es mucho bicho y no pueden con ella, aunque la vayan debilitando (hasta han forzado al propio Rey a firmar la amnistía del golpe catalán y pedir perdón al indigenismo). La huida hacia adelante de un irresponsable sin escrúpulos no va a cepillarse en siete años tantos siglos de historia compartida. Pero ojo: la nación se crea desde la política y la cultura. Ellos lo hacen de sol a sol, mientras nosotros lo estamos descuidando de manera temeraria. Por eso es tan importante, por ejemplo, la existencia de este periódico.

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