Prudencia o ruido
Incluso los que ven un pingüe negocio en la inmigración, que haberlos haylos, deberían recordar el cuento de la gallina de los huevos de oro, y dosificar el flujo
La polémica sobre la inmigración, en general, y sobre la prioridad nacional, en particular, se ha vuelto muy ruidosa justo cuando necesitaría más reflexión. Se oponen en la superficie dos posiciones irreconciliables. Quienes ven con alarma creciente la avalancha migratoria, que tensa los servicios públicos, distorsiona la convivencia y altera el ecosistema cultural de cada vez más barrios y ciudades. Y quienes están encantados de esta oportunidad de ejercer una fotogénica y aséptica solidaridad sin límites. Podríamos sumergirnos en las intenciones de fondo –agendas económicas, complejos freudianos, oikofobia (que tanto denunció Scruton) o, por el otro lado, xenofobia–. Margen hay. Pero entraríamos en el campo de Agramante de las acusaciones cruzadas del que queremos salir. ¿Y si nos serenamos? Demos una oportunidad al debate, como nos aconseja con sus ilustres mayúsculas la cabecera de este periódico.
En los frescos del Palacio Ducal de Venecia se despliega un programa iconográfico completo que presenta la política como ejercicio de virtudes. Allí la Prudencia –no la Justicia ni la Compasión ni el Patriotismo– ocupa el lugar rector. Su trono no es una ocurrencia decorativa: es una declaración institucional avalada por siglos de tradición. Aristóteles no se andaba por las ramas: «No es posible ser buen ciudadano sin prudencia». Santo Tomás de Aquino da a la idea un toque de belleza platónica: «La prudencia es la auriga de las virtudes». Y Burke remata a puerta con pragmatismo británico: «La prudencia es la primera de todas las virtudes en un estadista».
¿Y qué nos dice la prudencia en este caso? Que así no. Los partidarios más expansivos de la inmigración y de una ampliación constante de derechos para todo quisque deberían entender que a medio plazo la política de fronteras casi abiertas solo será sostenible si se hace de modo que no quiebre el sistema. En un naufragio, el bote salvavidas puede admitir a mucha gente con un límite: que no hundan el bote, porque entonces ni ayudamos a los últimos en subir ni tampoco a los que ya podían salvarse. Es duro, sí, pero es lógico. Incluso los que ven un pingüe negocio en la inmigración, que haberlos haylos, deberían recordar el cuento de la gallina de los huevos de oro, y dosificar el flujo.
Si se produce un desbarajuste asistencial, económico, laboral y de seguridad pública, llegará un pendulazo (que ya apunta). Tampoco eso será prudente, porque la inmigración bien gestionada supone ventajas demográficas, productivas y culturales, especialmente la hispanoamericana.
Pero si lanzas acusaciones de racismo de racimo contra una población civil preocupada con razón, vas a conseguir que los vecinos se enroquen en sus posiciones. La empatía o es con todos o es postureo. Si la gente, en vez de insultada, se sintiese escuchada en sus temores y atendida en sus inquietudes, se facilitaría la integración.
Todos tenemos experiencia de que la mayoría de los inmigrantes son personas excelentes. Los que trato son trabajadores, ilusionados, agradecidos, honestos. Algunos de mis mejores alumnos tienen origen extranjero (algunos de los peores también, todo hay que decirlo, pero eso va en el sueldo). Sin embargo, el histrionismo político-correcto de confundir la mínima reticencia con racismo termina expandiendo una prevención por defecto, que es injusta, aunque lógica. La gente se dice: «Empieza a haber problemas serios y los responsables nos tachan de intolerantes y egoístas, encima». Los más partidarios de los inmigrantes tendrían que pensar que pueden hacerlos víctimas de su entusiasmo. Hay que ejercer, con todos y a la vez, la empatía, el realismo y la lógica. La prudencia, en suma.
El presentismo miope alimenta la reacción. Recientemente, el Papa ha recordado en Camerún otra dimensión del asunto: el empobrecimiento de los países de origen, expoliados por este neocolonialismo virtual que extrae sus mejores recursos humanos. Se ve la complejidad de la cuestión, que exige reflexionar con más serenidad. Hay virtudes más pintureras que la prudencia, sin duda, y más aplaudidas en los medios; pero ninguna más necesaria para la vida en común.