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GaleanaEdurne Uriarte

Anteojeras progresistas

Las anteojeras progresistas vienen de lejos, pero están batiendo récords inimaginables con Trump

Gideon Rachman es un afamado columnista del Financial Times, ese diario que algunos se empeñan en calificar de liberal cuando es marcadamente socialdemócrata. O progresista, es decir, izquierdista. Porque, a estas alturas del siglo, aún hay que aclarar que el término progresista nada tiene que ver con progreso, sino que significa izquierdista, izquierdista en cualquiera de sus variantes. Publiqué hace 14 años el libro Desmontando el progresismo, y, tanto tiempo después, la aclaración sigue siendo necesaria, y la vuelvo a hacer en mi último libro La batalla de las palabras para una nueva derecha.

Y es que la izquierda ha sido muy eficaz en la manipulación del término con el que se define a sí misma, progresista, entre otras cosas, porque los medios culturales del mundo están llenos a rebosar de sesgo, es decir, de anteojeras progresistas, como las de Gideon Rachman. Y las tales anteojeras tienen en los últimos años un protagonista principal, una estrella indiscutible, Donald Trump, un objeto fóbico del progresismo como probablemente jamás existió. Las alteraciones psicológicas o cognitivas que produce en la izquierda son de tal nivel que merecerían un libro, o varios, para recoger las innumerables extravagancias, manipulaciones, mentiras o, sencillamente, barbaridades que escriben sobre él los de las anteojeras progresistas.

Y eso incluye a reputados analistas como Gideon Rachman, que escribió hace unos días una columna sobre Trump y los «strongman leaders», es decir, los caudillos o los líderes autoritarios, asunto sobre el que el columnista publicó un libro hace tiempo. ¿Se puede equiparar a un dictador con un líder autoritario de una democracia? Se preguntaba Rachman. Por supuesto que sí, si se trata de Trump, claro está, colocado por Rachman al mismo nivel que Putin o Xi Jinping, porque comparten «instintos y métodos». Lo que es una manera brutal de rechazar la democracia americana que eligió a Trump, por la sencilla razón de que es de derechas, algo intolerable para el progresismo.

Después, Rachman enumeraba los rasgos de los líderes autoritarios, que, decía, son el fomento del culto a la personalidad, la centralización del poder a su alrededor, el combate contra las instituciones que no controlan, y un liderazgo personalista que fomenta la corrupción y el amiguismo. Es decir, hacía un perfecto retrato de Pedro Sánchez. Pero he aquí que, aunque Rachman es inglés, al parecer desconoce la política de un país tan cercano como el nuestro o no se le vino a la cabeza el nombre de Sánchez. Ni de uno solo de los líderes izquierdistas del mundo.

Para rematar el sesgado análisis, Rachman le ponía el toque feminista con la afirmación de que esos líderes tan poco recomendables son invariablemente hombres, nacionalistas y populistas. Como si hubiera en el mundo un porcentaje significativo de presidentas que permita alguna comparación. Y con la aberrante pretensión de que el populismo solo puede ser de derechas y con la mezcla intencionada de patriotismo y determinado tipo de nacionalismo.

Las anteojeras progresistas vienen de lejos, pero con Trump están batiendo récords inimaginables.

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