Gibraltar español
Si Sánchez fuese el presidente de una nación que se preciara de sí misma, tendría que haber dado, como mínimo, la batalla de la cosoberanía sobre Gibraltar. Los argentinos, a cuyos futbolistas nos vamos a enfrentar el próximo domingo, tras ganar a los de Albión, lo tienen más claro: «Malvinas argentinas»
Mi admirado y recordado José María Carrascal, el periodista más insobornable que yo conocí, mantenía desde hacía muchos años que Gibraltar era un anacronismo colonial en suelo europeo. Lo mantenía él, que fue uno de los corresponsales que cubrieron las sesiones de la ONU de las que salieron dos resoluciones contra la antigualla política que suponía mantener un territorio de soberanía británica en plena península ibérica. Eran tiempos férreos en que los británicos mantenían en pie la verja que ellos mismos construyeron, con mano de obra militar, en 1909. Desde el Tratado de Utrecht de 1713 hemos tenido que convivir con ese absurdo territorial y político, convertido ahora en una cueva de operadores de dudosa honorabilidad, cuando no rozando el delito. Y es justamente a eso, a esa equivocación histórica, a esa incoherencia con la modernidad, a lo que el miércoles pasado fue Pedro Sánchez a avalar, acompañado del escudero Albares, tal vez el peor ministro de Exteriores desde que los colegas de Viriato lo entregaron a Roma. Y no se le ocurre otra cosa a Sánchez, el hombre que más teme a las urnas, que hablar de la caída del último muro de Europa. Él, que anunció la construcción de un muro entre españoles.
Entre los materiales utilizados para dar solidez a la argamasa con la que levanta cada día una muralla entre conciudadanos se encuentra el ataque a la división de poderes, consustancial a cualquier democracia que se precie. Esas agresiones constantes al Poder Judicial se ven completadas con el mayor de los desprecios a las cámaras, Congreso y Senado, hasta el punto de hurtarles los debates sobre la política exterior. Por ejemplo, no sabemos cuál es la razón verdadera por la que España cambió su posición histórica sobre el Sáhara. Desconocemos los términos exactos por los que nos hemos bajado los pantalones ante los gibraltareños británicos, cuyas actividades están envueltas en una bruma inquietante. Añadan que de repente nos hemos enterado de que ya gastamos miles y miles de millones de euros en Defensa, sin que se haya hecho público más plan que el de engrosar la cuenta de resultados de la turbadora Indra.
Si Sánchez fuese el presidente de una nación que se preciara de sí misma, tendría que haber dado, como mínimo, la batalla de la cosoberanía sobre Gibraltar. Los argentinos, a cuyos futbolistas nos vamos a enfrentar el próximo domingo, tras ganar a los de Albión, lo tienen más claro: «Malvinas argentinas».
Menos mal que nos queda Rodri, el mejor jugador de España, del que suenan todavía los ecos, tras ganar la Eurocopa, de su canción «Es español, Gibraltar es español». Pero qué se va a esperar de Sánchez y Albares. Solo nos consuela que pronto se irán.