13 de agosto de 2022

Editorial

Andalucía derrota a Sánchez

El histórico éxito de Juanma Moreno es también una derrota sin precedentes del sanchismo, que se queda definitivamente maltrecho con la cuarta derrota consecutiva

Andalucía ha dado una victoria histórica a Juanma Moreno, y por ende al PP, que además es una derrota también histórica del PSOE, de la izquierda en su conjunto y de Pedro Sánchez muy en particular.
La magnitud del resultado electoral, que deja manos libres a Moreno para conformar su Gobierno y aplicar su programa, culmina desde luego un viraje estructural en Andalucía, granero legendario del PSOE hoy reconvertido en palanca de cambio para el PP en toda España.
Conviene pararse en la proeza de Moreno, que ha logrado casi duplicar a toda la izquierda en su conjunto y convertir un feudo inexpugnable del PSOE, amén de laboratorio de sus políticas clientelares y empobrecedoras que tanto gustan a Sánchez, en un bastión popular como Madrid o Galicia.
Tiene mucho mérito que, apenas cuatro años después de lograr la Presidencia con pactos de Gobierno con Ciudadanos y de investidura con Vox, se haya consolidado con tanta rotundidad. Y es reflejo del acierto de una política consistente en responder con trabajo, moderación y sentido común a las soflamas de una izquierda que le recibió entonces rodeando el Parlamento y activando infames «alertas antifascistas».
El rotundo éxito de Moreno lo es también del tono tranquilo y la mano firme, una fórmula ganadora pero también constructiva ante una sociedad agotada de políticos que medran en la confrontación y tapan con ruido su ineficacia para atender los problemas reales de la sociedad, cada vez mayores y más extendidos.
El resultado andaluz es, además, una enmienda a la totalidad del «sanchismo», el gran derrotado en el escenario que parecía hace nada más proclive a sus reclamos. Aunque el candidato nominal del PSOE ha sido Juan Espadas, quien ponía en juego su imagen era el presidente del Gobierno, que no puede dirigir el PSOE como un cortijo y luego distanciarse de las consecuencias electorales de ese cesarismo.
Sánchez solo ha ganado una vez las Elecciones Generales, y más por la fragmentación del centroderecha que por méritos propios, y desde entonces no ha hecho otra cosa que estrellarse en las urnas, con la misma contundencia que en los dos comicios previos a su artera moción de censura.
Galicia, Madrid, Castilla y León y ahora Andalucía componen la ruta de desastres de Sánchez en la urna y prologan la hecatombe que el PSOE puede sufrir en las Elecciones Autonómicas y Municipales de la próxima primavera y en las Generales de finales de 2023.
Si el futuro de Sánchez parece escrito, a poco que prosiga la ola de descontento ante un presidente ineficaz en todo salvo en su capacidad de trazar alianzas con los peores socios para mantenerse; el del PSOE será igual de tétrico si no empieza a asomar una reacción de sus barones regionales.
Porque Espadas es un anticipo de lo que pueden sufrir Page, Lambán, Vara o Puig por unir su futuro al de Sánchez, asumiendo sus políticas, sus alianzas y sus discursos. Tal vez sea ya tarde para ellos, pero si tienen una oportunidad de redención, ésta pasa por resistirse de inmediato a la deriva de su patrón: quizá ya no tenga demasiado mérito hacerlo a estas alturas, pero si ello contribuye a acortar la degradación de España, bienvenido sea.
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