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14 de julio de 2024

En primera líneaRamón Pi

No saben lo que hacen

El constituyente quiso que el proceso de constitución de las comunidades autónomas se rematase con un referéndum en cada comunidad afectada. No estaba dicho en ninguna parte, pero todos entendieron que la consulta al pueblo soberano era la última palabra en dicho proceso

Actualizada 11:01

En cuanto el Congreso de los Diputados aprobó el texto de la Ley de Amnistía, un dirigente autonómico catalán proclamó: «Próxima parada, referéndum». Se puede pensar que este anuncio tiene que ver con la independencia. También puede pensarse lo contrario. Lo más probable, vistas las cosas con alguna perspectiva, es que no lo supiera ni él mismo.

No escribo esto a humo de pajas. Occidente, eso que antes se llamaba el Primer Mundo para que no se ofendieran los números subsiguientes, vive una época en que hasta las decisiones más serias, por ejemplo las que tienen que ver con lo que las leyes han de decir sobre la vida o la muerte de los inocentes, se toman por impulsos sentimentales, por espasmos sensibleros o en virtud de mentiras abiertas, eso sí, formuladas con la voz campanuda como si eso les diera alguna credibilidad. Cuando digo que el dirigente autonómico catalán no sabía lo que decía me refiero a que no sabía el alcance de lo que estaba diciendo, del mismo modo que no sabían los jueces americanos que su sentencia del caso Roe vs Wade de 1973 fuera a desencadenar ríos de sangre humana inocente con toda legalidad en Estados Unidos (y, de rebote, en el mundo entero).

Ramón Pi

Lu Tolstova

El constituyente quiso que el proceso de constitución de las comunidades autónomas se rematase con un referéndum en cada comunidad afectada. No estaba dicho en ninguna parte, pero todos entendieron que la consulta al pueblo soberano era la última palabra en dicho proceso. Pero los socialistas, una vez llegados al poder, consideraron que había que eliminar la figura del recurso previo de inconstitucionalidad para poder gobernar, y no tuvieron en cuenta que, en el caso de la reforma de los estatutos de autonomía, una sentencia contraria a dicha reforma tenía que modificar un estatuto ya en vigor y pasado por la última palabra del referéndum, lo que era difícilmente comprensible. Y como el lamentable presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero había cometido el error letal de comprometerse en público a que el Gobierno socialista aprobaría el proyecto de estatuto que el parlamento autonómico aprobase, la torpe inadvertencia de los socialistas (ayudada por todos los demás) fue el primer brote de reacción de los antiguos pujos independentistas que hicieron decir a un general decimonónico en diciembre de 1842: «Por el bien de España, hay que bombardear Barcelona cada cincuenta años».

Esta «memoria plana» de los nacionalistas catalanes se manifestó en una de mis conversaciones en la época de lo que yo creía mi amistad con Jordi Pujol (yo era de los poquísimos periodistas que se tuteaban con él): Yo citaba, para ilustrar la antigüedad del compromiso de Caspe –y la consiguiente entrada en 1412 de la dinastía Trastámara en Aragón– como fecha del origen de las ansias soberanistas catalanas, y me cortó, rápido: «No, no. Esto es de más atrás. Eso fue con el compromiso de boda, que se consumó a los 14 años, de la recién nacida hija de Ramiro II Petronila, en el siglo XII, con el conde Ramón Berenguer IV. Y Pujol se dirigía a Petronila (reina de Aragón y condesa soberana de Cataluña) como si la tuviera delante, afeándole su proceder». O eso me lo pareció.

Ahora dicen los separatistas: «la siguiente parada, el referéndum», como si eso fuese el colmo de los colmos de la voluntad de independencia. Pues, menos de 40 años antes Cataluña fue la comunidad autónoma número uno en aprobar el referéndum constitucional con un 'sí' entusiasta. Fuentes dignas de crédito informan que detrás de cada votante no había un guardia civil presionándolo. En su artículo 2 se dice: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas». Han pasado cuarenta y seis años y medio desde aquel 'sí' resonante. No, no puede, no debe tener razón el general decimonónico.

  • Ramón Pi es periodista
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