28 de mayo de 2022

tribunaálvaro de diego

Rebelión en las aulas

Efebocracia, relativismo moral y cultural y asamblearismo son expresiones claras de esta brutal sacudida a las mentalidades. En la enseñanza se manifiesta en una pedagogía buenista. Enemiga de la memoria y de la autoridad en el aula, apuesta por el constructivismo y, en el fondo, por una lógica de la irresponsabilidad

El pasado día de Reyes falleció Sidney Poitier (1927-2022), quizá el actor negro más destacado del siglo XX y, sin duda, el que más colaboró a romper los estereotipos que pesaban sobre los intérpretes de su raza. Y lo hizo a su manera. Sin una palabra más alta que otra. Con buenas maneras y una apostura moral de las que, mucho más allá de los jazmines en el ojal, ya no se estilan. En 1963 Hollywood aún no se había doblegado ante la aritmética inexacta de las cuotas y la corrección política y se lo reconoció. Le otorgó el Óscar al mejor actor principal por su papel en Los lirios del valle.
No obstante, los tres largometrajes por los que más se le recuerda los rodó en 1967. Dos de ellos, En el calor de la noche y Adivina quién viene a cenar esta noche, abordaban la discriminación racial, asunto que en Rebelión en las aulas se mezclaba con el gamberrismo presente en la escuela secundaria. A raíz de su desaparición he revisado este último filme, disponible en una de las plataformas digitales de contenidos. Había visto hacía años Rebelión en las aulas, pero esta vez me sorprendió. La historia resulta aparentemente sencilla. El joven ingeniero interpretado por Poitier acepta, provisionalmente, un empleo como profesor en un instituto londinense. Sus conflictivos alumnos desconocen los buenos modales y la disciplina, que aprenderán casi inadvertidamente gracias al compromiso del profesor Thackeray. Primero son las jovencitas las que se rinden ante la excelencia del maestro. Los muchachos descubren después al hombre al que desean parecerse.
Thackeray no se presenta como colega de sus estudiantes. Ejerce la autoridad desde el afecto y reivindica el respeto a los mayores, así como la sujeción a unos valores objetivos («yo enseño la verdad») cimentados en el mérito y el esfuerzo. La responsabilidad, a su juicio, vertebra todo («el matrimonio no es para débiles o inconscientes») y siempre se acaba revelando como una restricción necesaria. Mi propia experiencia me lo ha demostrado: a los jóvenes, como a cualquier otro ser humano, siempre les subleva más la arbitrariedad que la disciplina.
Lo que llama la atención de la película es la firmeza de un mensaje a contracorriente del momento cultural de su estreno. A las salas de cine españolas llegó en octubre de 1968. Para entonces ya se había producido la más desconcertante de las revoluciones contemporáneas. El estallido del mayo parisino tuvo su precedente un año antes, en la Universidad de Nanterre, cuando se prohibió el acceso de los alumnos varones a las residencias femeninas. Un joven anarquista de origen judeo-alemán, Daniel Cohn Bendit, levantó así la bandera de la liberación sexual y fundó el «Movimiento 22 de marzo». Su objetivo pasaba por empoderar al estudiante, que podía interrumpir las clases, organizar asambleas y cuestionar, en suma, a las autoridades; o, mejor aún, a la autoridad misma, en todas sus formas. Un año más tarde, los disturbios provocaban el cierre de las instalaciones y el traslado de la contestación a la Sorbona. La violencia desatada en el Barrio Latino determinó la detención de los «ocho de Nanterre», entre ellos «Dany el Rojo», a quienes los comunistas tacharon en L´Humanité de «anarquista alemán (sic)» y «falso revolucionario».
Mayo del 68 alumbró una huelga de nueve millones de franceses y propició la renuncia del general De Gaulle un año después. El celoso defensor de la legalidad republicana nunca comprendió el verdadero alcance de la protesta. Que el recreo no ha terminado lo prueba el que aún vivamos sus consecuencias. Para André Glucksmann arrancó entonces la batalla de las ideas –y, sobre todo, de los sentimientos– de la que aún somos «sus productos, agentes y herederos». Efebocracia, relativismo moral y cultural y asamblearismo son expresiones claras de esta brutal sacudida a las mentalidades. En la enseñanza se manifiesta en una pedagogía buenista. Enemiga de la memoria y de la autoridad en el aula, apuesta por el constructivismo y, en el fondo, por una lógica de la irresponsabilidad. Se centra en el alumno y en su presunto autoaprendizaje; no se propone tanto formarle, cuanto divertirle. Consagra, en definitiva, el igualitarismo frente al mérito. La autoridad es, sin duda, el principal enemigo que se propone abatir. Y no se trata solo de dinamitar la reverencia hacia el maestro, sino la autoconciencia de los propios límites, que fundamenta el aprendizaje de la renuncia y nos hace adultos.
Frente a ese cisne de engañoso plumaje, Poitier/Thackeray sigue alzándose en auténtico espejo de educadores a la manera orsiana. Un buen maestro en materia de autoridad, por ser discípulo de combatientes. Un buen maestro en materia de fantasía, por ser discípulo de poetas. Un buen maestro en materia de laboriosidad, por ser discípulo de artesanos. Un buen maestro en materia de bondad, por ser discípulo de su madre. Y un buen maestro en materia de alegría, por ser discípulo de sus discípulos.
  • Álvaro de Diego es director del Departamento de Periodismo y Narrativas Digitales de la Universidad CEU San Pablo
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