01 de octubre de 2022

TribunaJosep Maria Aguiló

Un rayo de sol

Hasta que lleguen de nuevo esos días tan olorosos a principios de septiembre, espero que la mayoría de ustedes puedan disfrutar ahora de unas excelentes vacaciones y de unas verbenas realmente inolvidables

En su delicioso libro Madrid, el añorado maestro Luis Carandell hacía referencia, con su brillante y elegante ironía, a su peculiar visión sobre la posible esencia vital de la capital de España.
«'A mí me gusta Madrid por el ambiente', se oye decir con cierta frecuencia. Y aunque no se sabe exactamente lo que eso significa, hay que reconocer que es verdad, que lo bueno de Madrid es el ambiente. En sus cuatro siglos de vida capitalina, Madrid ha sido capital de muchas cosas. Capital de un imperio, capital de una nación, capital de la gloria, capital de la movida, capital europea de la cultura y hasta se la ha llamado la capital del mundo. Pero nunca ha dejado de ser, si puede existir este título, la capital del ambiente», escribió Carandell.
Seguro que muchos de ustedes alegarán, con razón, que existen también otras relevantes ciudades españolas igualmente conocidas por su extraversión, su vitalidad o su alegría, es decir, por su buen ambiente, pero creo que podríamos convenir en que la capital del ambiente en su sentido más amplio sería justamente Madrid. Ese es uno de los motivos por los que algún día me gustaría ir a vivir a Madrid durante un tiempo y abandonar momentáneamente mi Mallorca natal, aun reconociendo que es una isla especialmente hermosa y, por supuesto, con mucho ambiente. Sobre todo en verano.
El verano suele ser, precisamente, la estación del año en que es posible encontrar más ambiente y más animación casi en cualquier rincón de nuestro querido país, esencialmente gracias a las fiestas patronales y a las verbenas, aunque algunas voces exteriores, sin duda algo malévolas, suelen repetir que en España estamos de fiesta, de juerga o de jarana durante prácticamente todo el año, añadiendo a continuación que empezamos en enero y que ya no paramos hasta diciembre.
No negaré, pero sólo ante un juez y bajo juramento, que algunas de nuestras verbenas más populares tienen lugar más allá de junio, julio y agosto, pero es sobre todo en esta época del año cuando se celebran y cuando los ayuntamientos y las asociaciones de vecinos dan siempre lo mejor de sí para hacer disfrutar a los lugareños y, de paso, para intentar dar la mayor envidia posible a las poblaciones cercanas. También es verdad que no todas las verbenas son igual de lustrosas, incluso en una misma ciudad, pues dependiendo de la zona o de la barriada, el presupuesto municipal destinado a los distintos eventos suele ser mayor o menor.
Por propia experiencia personal, quienes vivimos en alguna barriada del extrarradio sabemos bien que nuestras verbenas suelen ser más humildes que las que se celebran en el centro histórico de nuestra ciudad. En lo que sí suelen coincidir todas las fiestas es en la decoración exterior que puede verse en calles y plazas, con sus cintas de colores, sus bombillas colgantes, sus banderitas de casi todos los países del mundo, sus pequeños farolillos de papel o sus puestos especiales de venta de bebidas y bocadillos. También suele ser habitual que los alcaldes, los ediles y los directores generales se dejen ver en cada verbena dando besos y abrazos a todo el mundo. Bueno, a todo el mundo que esté previamente vacunado con la pauta completa y la dosis de refuerzo, quería decir.
Las diferencias entre unas verbenas y otras se perciben, esencialmente, en las actuaciones musicales programadas en cada espacio público. Así, mientras en las plazas de los barrios más distinguidos actúan casi siempre artistas y grupos de gran renombre nacional e internacional, en el resto de plazas actúan pequeñas orquestas locales –normalmente con el nombre de algún estado norteamericano–, veteranos cantantes melódicos también locales y potentes grupos rockeros igualmente locales.
En la mayoría de esas veladas musicales suele ser también normal acabar escuchando invariablemente la canción del verano, pero no la del año en el que estamos, sino la que escuchábamos en todas las emisoras en 1970, 1984 o 1992. Lo más habitual es que las verbenas acaben hoy, por suerte, casi siempre a medianoche, aunque los trasnochadores más animosos suelen continuar con la fiesta ya por su cuenta, bailando y cantando quizás hasta bien entrada la madrugada, para desesperación de los vecinos, normalmente algo menos animosos, sobre todo tras ocho o nueve horas seguidas sin poder dormir.
Hecha esa pequeña salvedad horaria, lo cierto es que las verbenas suelen dejar casi siempre en cada uno de nosotros un cierto poso de melancolía. En las personas mayores, porque recuerdan con nostalgia las fiestas y las ferias de su juventud. En los adultos, porque normalmente solemos tener en la cabeza decenas de preocupaciones de las que no conseguimos desconectar del todo ni siquiera en verano. En los jóvenes, porque no encuentran nunca el momento adecuado para declararse a su primer gran amor. Y en los niños, porque siempre se han de acostar muy pronto, aun estando de vacaciones.
Sobre las vacaciones escribió también mi admirado Carandell en otro libro igualmente delicioso, Las habas contadas. «Constituyen entre nosotros un abigarrado conjunto de trenes abarrotados, centenares de kilómetros en coche, fiestas populares con procesiones marítimas, hogueras de San Juan, paellas de chiringuito, horchata, alcohol, amor sin compromiso y largas caravanas al regreso. Todo hasta que, de vuelta a casa, el olor a naftalina nos avisa de la llegada de los días laborables», resumió en aquella divertidísima obra. Así que hasta que lleguen de nuevo esos días tan olorosos a principios de septiembre, espero que la mayoría de ustedes puedan disfrutar ahora de unas excelentes vacaciones y de unas verbenas realmente inolvidables. O, al menos, de unos días y unas noches con mucho ambiente.
  • Josep Maria Aguiló es periodista
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