01 de diciembre de 2022

TribunaJosep Maria Aguiló

Evocando a Jorge Berlanga

Sabía, como sabía también su padre, el añorado Luis García Berlanga, que sólo hay dos o tres cosas sobre las que no hay que reírse nunca: el sufrimiento de los demás, el desamparo de los más débiles y la soledad de quienes no tienen a nadie que les pueda ayudar o acoger

En cierta ocasión, la gran pensadora María Zambrano escribió que leer al maestro José Ortega y Gasset «daba ganas de vivir». Esa valoración tan ajustada y certera del autor de España invertebrada, que comparto plenamente, creo que podríamos aplicarla también a todos aquellos escritores o periodistas que han sido o son igualmente capaces de provocar siempre esa misma maravillosa sensación en sus lectores.
Para mí, uno de esos autores sería sin duda Jorge Berlanga (1958-2011), cuyos textos siguen estando hoy, además, plenamente vigentes, una década después de su prematura desaparición. En sus escritos –y también en su trato personal– irradiaba siempre esa luz que sólo poseen muy pocas personas, una luz hecha a un tiempo de bondad, de inteligencia, de prestancia y de amor a la vida. Esa luz se apagaría físicamente el 9 de junio de 2011, pero su luminosa estela permanece todavía hoy entre nosotros.
Empecé a leer a Jorge Berlanga en los años ochenta en ABC y seguí leyéndole en La Razón a partir de finales de los noventa. Recuerdo que era capaz de hablar con idéntico talento y brillantez sobre cine, música, literatura o cómics, pero donde quizás daba lo mejor de sí mismo era en sus artículos y crónicas de carácter más personal. Con esa fina ironía y ese elegante escepticismo tan propio de los Berlanga, creó para muchas de sus columnas un personaje delicioso, un alter ego noctámbulo, solitario, paciente y bienhumorado. Ese alter ego escuchaba con igual atención e interés las regañinas de su asistenta, los consejos sentimentales de sus amigas, las reflexiones filosóficas de su barman de confianza o las confesiones íntimas de las mujeres fatales con las que se topaba ya bien entrada la madrugada en la barra de cualquier bar.
En cuanto a su mirada periodística y literaria sobre la realidad cotidiana de nuestro país, era una mirada a veces algo descreída o desengañada, pero siempre compasiva hacia los seres más desvalidos o más indefensos de nuestra sociedad. Jorge Berlanga sabía, como sabía también su padre, el añorado Luis García Berlanga, que sólo hay dos o tres cosas sobre las que no hay que reírse nunca: el sufrimiento de los demás, el desamparo de los más débiles y la soledad de quienes no tienen a nadie que les pueda ayudar o acoger. De todo lo demás, en cambio, se puede o se debería de poder hablar con una sonrisa bienintencionada en los labios o en el teclado del ordenador.
El maestro Alfonso Ussía definió a Jorge Berlanga como «victoriano sosegado» en un bellísimo artículo que publicó en La Razón dedicado a su memoria. «Jorge era un inglés victoriano perdido en el marasmo de la noche de Madrid. Más Wodehouse que Bukowski. Educado, con un sentido del humor a flor de piel, infinitamente sensible, captador de imágenes al momento, dotado de un talento más literario que cinematográfico, que le venía de sangre y cuna. Admiraba a su padre sin límites, pero nunca fue el hijo de su padre. Él volaba por otros rumbos, buscaba esquinas y rincones para soñarse en el Hyde Park de un Londres victoriano y amable», escribió.
Ussía también recordó, muy oportuna y acertadamente, que Jorge Berlanga huía siempre del látigo en sus crónicas. «Le daba mucha pereza sacar el látigo. No lo quería para su piel y respetaba la piel de los demás», rememoró. Ese era otro de sus grandes atractivos, que además le diferenciaba de no pocos compañeros de profesión. Dichos compañeros serían los que, ayer y hoy, parecen sentirse a gusto no sólo con el uso del látigo, la fusta o la espuela, sino también a veces con el empleo de dagas, ballestas y todo tipo de objetos punzantes, además de clásicos nuestros de toda la vida como los garrotazos o las pedradas a la cabeza. Leyendo ahora a veces algunas columnas, lo raro es que en algún momento no nos acabe salpicando un poco la sangre. Por si acaso, como lector, procuro tener siempre a mano pañuelos de papel o toallitas húmedas.
«Jorge amaba con tal fuerza el humor británico que terminó pareciendo un inglés. Se apoyaba en las barras de los bares tradicionales con el desparpajo azul de los descreídos. Pero lo veía todo, y todo lo fotografiaba en su mente de privilegio. Se pudo convertir en el gran cronista de la noche de Madrid, pero estaba tan bien educado que renunció a serlo», proseguía Ussía en aquel precioso artículo, para concluir: «Jorge era, tan discreto él, el seductor de la palabra callada. Hoy lloramos su ausencia del mismo modo que ayer celebramos su vida. Buen camino, inglés de Somosaguas. Vientos dulces a tu espalda y mirada hacia las nubes. En ellas te hallarás, cuando menos te lo esperes, con los abrazos de tus admiraciones permanentes. Los de tu padre y Carlos. Y tú los recibirás a tu manera, al modo victoriano, con afable y elegante distancia».
Ese hermoso y perfecto final hizo que volviera a mi memoria un extraordinario artículo que el propio Jorge Berlanga había dedicado a su padre y a su hermano Carlos unos pocos meses antes, titulado Ser Berlanga, en el que Jorge se preguntaba qué suponía ser un integrante de la familia Berlanga y en el que ofrecía una veintena de respuestas o de alternativas igualmente válidas o posibles. Para Jorge, ser Berlanga sería, entre otras cosas, no creer en el mundo al mismo tiempo que se lo ama, encontrar las virtudes de la víctima, entrañarse en el misterio insondable del ser amado, romper con las normas y hallar el sentido original de las ideas como instrumento para la libertad de las personas. Para sus afortunados lectores, esas serían también las principales señas de identidad del imperecedero universo personal y literario que nos legó a todos Jorge Berlanga.
  • Josep María Aguiló es periodista
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