01 de diciembre de 2022

TRIBUNAJosep Maria Aguiló

Geometrías de la lluvia

La lluvia nos disuade a veces de salir de casa o de ir de compras, salvo tal vez si hemos quedado con la persona amada, esa persona amada a quien en ocasiones podemos querer besar de forma tierna y romántica precisamente bajo la lluvia

Desde el comedor de casa, mientras estoy escribiendo ahora en el ordenador, oigo cómo cae la lluvia, una lluvia suave y tranquila. Es ya de noche. Las pequeñas gotas que caen del cielo resbalan por los cristales, por los tejados y por las hojas de los árboles. Por curiosidad, entro en internet y busco el enlace 'El tiempo en Palma de Mallorca'. Al parecer, seguirá lloviendo hasta la madrugada.
Yo creía, no sé muy bien por qué, que cuando llovía los grillos no cantaban, pero ahora mismo les oigo cantar, como cada noche, así que quizás hoy canten de nuevo porque en realidad también les gusta la lluvia. Como a mí, aunque yo no cante.
Un buen amigo norteamericano con el que estoy hablando ahora se sorprende de que a principios de julio llueva en mi isla natal y lo atribuye al cambio climático. Yo le digo que cuando era niño estas cosas ya pasaban. «Seguro que en cualquier punto de Estados Unidos ocurre también lo mismo», añado. «Bueno, en realidad, no siempre es así, pues te puedo confirmar que, por ejemplo, it never rains in Southern California», me contesta. Ambos nos reímos entonces con ganas y yo le agradezco muy especialmente ese guiño y ese homenaje al gran Albert Hammond y a una de las canciones más hermosas y evocadoras que se hayan escrito nunca.
Por la ventana de mi comedor está entrando una brisa muy leve y agradable. Me levanto un momento y me asomo al balcón. Quienes llevan paraguas andan sin prisas, sabiéndose bien protegidos, pero quienes han salido de casa o del trabajo sin paraguas o sin chubasquero aceleran el paso o intentan guarecerse por unos instantes, bien debajo de una cornisa o bien debajo del toldo de algún pequeño comercio. Ya dicen, y es verdad, que nunca llueve a gusto de todos.
La posibilidad de que la lluvia nos guste o no depende, seguramente, de muchas cosas. Depende, por ejemplo, de nuestro carácter, de nuestros recuerdos, de la intensidad de ese posible chubasco o de si en ese instante nos estamos quizás mojando o no. La lluvia nos disuade a veces de salir de casa o de ir de compras, salvo tal vez si hemos quedado con la persona amada, esa persona amada a quien en ocasiones podemos querer besar de forma tierna y romántica precisamente bajo la lluvia.
El sentimiento que más solemos asociar a la lluvia, sobre todo si es otoñal o próxima al invierno, es el de la melancolía, aunque no siempre nos entristezca su observación. En realidad, la lluvia actúa muchas veces como una especie de bálsamo espiritual. Su olor, su sonido o su color ayudan a serenar nuestra alma. Quizás por ello nunca nos cansaríamos de contemplar la lluvia, sobre todo cuando es suave y tranquila como la de esta noche.
«La lluvia tiene un vago secreto de ternura,/ algo de soñolencia resignada y amable,/ una música humilde se despierta con ella/ que hace vibrar el alma dormida del paisaje», escribió Federico García Lorca en uno de sus más conmovedores poemas. Otro excelente poeta, el chileno Pablo Neruda, narraría en Confieso que he vivido: «Comenzaré por decir, sobre los días y años de mi infancia, que mi único personaje inolvidable fue la lluvia. La lluvia austral que cae como una catarata del Polo, desde los cielos del Cabo de Hornos hasta la frontera. En esta frontera, o Far West de mi patria, nací a la vida, a la tierra, a la poesía y a la lluvia». Los poetas siempre encuentran, ay, las palabras exactas.
Algunos paisajes, si no todos, parecen hechos para la lluvia, aunque también parecen hechos para la lluvia casi todos los rincones de las pequeñas aldeas o de las grandes ciudades, sobre todo de ciudades como Venecia, Nueva York, París, Londres o Madrid.
Recuerdo que en cierta ocasión le preguntaron a la gran actriz Ana Fernández qué es lo que más le gustaba de Madrid. Y ella respondió que el cielo y la lluvia. «Me gusta mucho la lluvia en Madrid… y ya cuando hace buen tiempo y puedes mojarte, y el asfalto está mojado y brillante, me encanta», señaló entonces. Esta reflexión me hizo pensar, a su vez, en una de las sentencias más bonitas que existen sobre la lluvia. La pronunció hace casi dos siglos el clérigo y teólogo norteamericano Hosea Ballou, quien afirmó que «las lágrimas de alegría son como las gotas de lluvia de verano atravesadas por rayos de sol».
Cientos de poemas, de películas, de cuadros, de canciones, de fotografías o de citas históricas tienen a la lluvia como principal protagonista, normalmente en un tono entre evocador y nostálgico, aunque casi siempre también positivo. En estos últimos años, las nuevas tecnologías y la lluvia parecen haber hecho también buenas migas, pues son cada vez más frecuentes las grabaciones específicas de imagen o de sonido en donde sólo vemos u oímos cómo llueve, con el aderezo de algún trueno más o menos lejano, esencialmente para ayudarnos a reducir la ansiedad o para facilitarnos que podamos dormir. Algunas veces, yo también utilizo algunas de esas sedativas reproducciones.
Gracias a la lluvia, hay días en que percibimos que nuestra vida es de algún modo más vida, en que íntimamente nos sentimos casi en armonía con la naturaleza y con el mundo. En cierta forma, su olor, su sonido o su color siempre salen en nuestra ayuda, aunque en último término quizás no sepamos explicar muy bien por qué. Misterios del universo. Secretos del corazón. Geometrías de la lluvia.
  • Josep Maria Aguiló es periodista
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