25 de septiembre de 2022

tribunaJuan Goti

Muerte del socialismo a manos del progresismo

Estamos viendo cómo el progresismo ha descubierto que asociarse al capitalismo es la forma ideal de llegar a ser ricos y prepotentes, pues es un sistema de supremacía entre tantos otros, y muy eficaz

Nuestros gobernantes están inscritos en partidos que se denominan socialista y comunista, pero cada vez se les oye menos disertar de problemas sociales, más bien, hablan siempre de progresía. ¡Qué poco se les oye hablar de la justicia social en sentido recto! Nunca nos recuerdan aquella definición clásica de socialismo: «Doctrina política y económica que propugna la propiedad y la administración de los medios de producción por parte de las clases trabajadoras con el fin de lograr una organización de la sociedad en la cual exista una igualdad política, social y económica de todas las personas». Su actitud, más bien, es gobernar por dictados-leyes, con imposición y ocultismo. Su socialismo sólo existe en las siglas del partido, pues, los autoproclamados herederos, lo han invertido en progresismo.
Para empezar, el socialismo que nos presentan, ha renunciado a la idea eje del conflicto capital-trabajo. La lucha de clases ha dejado paso a una cadena de conflictos en los que asoman otras ideologías como: calentamiento global o cambio climático, multiculturalismo, animalismo, las mujeridades de Irene Montero, machismo, patriarcado, indigenismo, veganismo, ecologismo, sexualidad desde la infancia etc. ninguno de ellos entra en el socialismo clásico. Pero la lucha de clases y la justicia social, por la que nació y se distinguió, en otro tiempo, está ya totalmente olvidado. Una república social es algo muy distinto de la ideología de que vive este Gobierno y corre el riesgo de diluirse entre tantos frentes, y que, además, van contra la naturaleza.
Aquel socialismo que estudiamos en los libros, consideraba que había unos sistemas de opresión en manos del capitalismo que era necesario abolir, y que su llegada iba a suponer la derrota del capital y acabar con todas las injusticias. ¡Cuán distinta es la línea de este socialismo, de aquél que predicaba y por el que luchaba Rosa de Luxemburgo, que creía sólo en un feminismo como un movimiento de mujeres dentro de la lucha de clases! No pensaba en unas vacaciones en EE. UU. en Falcon y en hoteles de superlujo, como la ministra de igualdad, Montero, y sus amigas.
La principal dirección que han tomado estos socialistas es el de progresismo, que tanto pregonan estos partidos modernos que nos dominan, y que ha consistido en asociarse con el capitalismo, y con ello han encontrado la forma de ser dominadores, aceptando la situación desde una perspectiva socialdemócrata o incluso socioliberal, pero insistiendo que se erradique todo delito de odio y discriminación hacia ellos, pero no el que ellos avivan hacia los demás.
Como consecuencia estamos viendo cómo el progresismo ha descubierto que asociarse al capitalismo es la forma ideal de llegar a ser ricos y prepotentes, pues es un sistema de supremacía entre tantos otros, y muy eficaz. Pues está visto, y si no pregunten a Zapatero, ¿cómo se lleva a la práctica en grandes territorios como Sudamérica? Donde por ser socialista explota una mina de oro, y promueve dictaduras que subvierten las tradicionales repúblicas, con ideas pseudo-progresistas. En realidad, este marco progresista, ¡qué poco se parece al socialismo de luchas de clases, y mucho a un liberalismo desbocado! Se dirige a desmantelar los derechos humanos, calificados de fundamentales, para destruir la naturaleza con el aborto, la eutanasia, y acaparando todos los medios del poder. La justicia social y la lucha de clases es cosa de antaño, ahora es llegar a ser dictadores.
Examinando las actitudes que usan, es claro que el progresismo ya no considera que el capitalismo es una forma de opresión, sino medio de alcanzar el Gobierno. El progresista ya no está por el viejo revolucionario de lucha de clases, sino por el nuevo progre que abarca el conglomerado de «mujeres, migrantes, gais, lesbianas, trans, negros etc.», no para ordenar estos problemas, sino para desestructurar la sociedad. En este estado el programa tradicional de alianza de obreros, campesinos, trabajadores intelectuales es muy difícil de comprender.
Ahora bien, para el capitalismo es muy sencillo participar en este barullo revolucionario progresista. Esta alianza le es el método más fácil de prosperar. No le cuesta nada incorporar mujeres al campo laboral, pues se bajan los salarios al aumentar mano de obra y se dice que se las libera. Y si hace falta, para dar bombo, se incorporan más mujeres a las juntas directivas. Así se satisface al progresismo.
A medida que la nueva izquierda se alía con el capitalismo, para justificar su dominio y el desvío ideológico, tienen que definir un enemigo común. ¿Quién va a ser este adversario? El pueblo sencillo que sufre los desmanes de esta loca política porque no se somete al progresismo. Así hemos llegado a la fase superior del progresismo, que en realidad es una lucha de clases, pero al revés. La izquierda hace piña con el capital y abandona y humilla a las clases medias y bajas, y ¿qué les queda a los trabajadores sino soportar una doble explotación?: del capitalismo, y de la jerarquía moral del progresismo.
El final, en esta situación, el progresista ha olvidado el socialismo, ha renunciado al problema del conflicto capital trabajo y se centra en crear una sociedad nueva de diseño. Reflexionando sobre la situación social a la que se ha llegado, es evidente que este progresismo es el sepulturero del socialismo auténtico y tradicional.
  • Juan Goti Ordeñana es catedrático jubilado de la Universidad de Valladolid
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