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TribunaJosé F. Martín Cinto

La esperanza

No puedo entender que tengamos que seguir callados, con la degradación real que se está produciendo en las relaciones entre humanos, aceptando degradaciones como el aborto y la eutanasia, pretendiendo además en el caso del aborto, que sea un derecho constitucional de la mujer

En un momento tan dramático de nuestra historia, como creo no ha existido en los últimos doscientos años, con un gobierno a la fuga, sin presupuestos, sin programa, dando bandazos en direcciones equivocadas, que nos llevan a que España pueda dejar de ser para siempre aquella que se inició en la era moderna con los Reyes Católicos, no me cabe duda de que hace falta un soplo de sentido común y de aportar de verdad el empuje de todos, para poder restaurar el vivir con los valores tradicionales, que han hecho grande a nuestra patria. Sabemos «que la autoridad que no es servicio, es dictadura» y que no hay paz sin justicia y que no hay justicia sin perdón. Vemos que las relaciones entre estados están deterioradas al máximo y nos afectan, según el el bando en que nos encontremos. Tenemos que apostar por los principios básicos de la verdad y de la justicia y no por las armas, debiendo sustituir lo que considero la cobardía de las armas, por la valentía de la reconciliación.

Ante este estado de cosas en el mundo y más grave en España, políticamente hablando, cabe plantearse si tenemos algún tipo de esperanza en el futuro inmediato que nos permita remar en la dirección adecuada.

En términos estrictamente humanos, sabemos que la esperanza es creer en algo que puede o no puede ser alcanzable, pero que queremos agarrarnos a ella. Sin embargo, como católico, quiero definir lo que de verdad es la esperanza:

«Es la certeza de que hemos nacido para no morir nunca más, para disfrutar de la felicidad y es invencible, porque no es un simple deseo, sino que es la certeza de que caminamos hacia algo que no desearíamos que fuese, sino que ya es». Además, Dios nunca defrauda a la esperanza, porque no puede renegar de sí mismo; el optimismo puede defraudar, la esperanza no. Llegado a este punto, es indispensable definir la fe: «fundamento de lo que se espera y garantía de lo que no se ve», habiendo una estrecha relación entre la fe y la esperanza, porque la gran esperanza esta enraizada en la fe y por eso es capaz de ir más haya de toda esperanza, porque no se funda en nuestra palabra, sino en la Palabra de Dios. Con esto quiero decir que, por muy mal que estén todas las cosas, no podemos dejar de creer, que aunque todo parezca que se derrumba, tenemos que seguir fiándonos de Dios.

Sólo llevando a todos los foros los valores fundamentales de nuestra fe, la Palabra de Dios y los evangelios, podremos seguir insistiendo en que este estado caótico en que vivimos pueda cambiar.

No puedo entender que tengamos que seguir callados, con la degradación real que se está produciendo en las relaciones entre humanos, aceptando degradaciones como el aborto y la eutanasia, pretendiendo además en el caso del aborto, que sea un derecho constitucional de la mujer y además y por si fuera poco, se quiere impedir la objeción de conciencia de los médicos, que choca frontalmente con el juramento hipocrático. Se está persiguiendo en España a los católicos, habiéndose producido de hecho, la profanación de muchos sagrarios a lo largo de la geografía de España. Vemos todos los días en las televisiones, en los periódicos, en las redes sociales y de más medios, todo tipo de tragedias, con situaciones espantosas, con las cuales estamos corriendo el riesgo de irnos acostumbrando. Pensemos en esas imágenes de niños aterrorizados por las guerras, el llanto de las madres, los refugiados que tienen que emprender viajes terribles, para que todo ello nos tenga que llevar a darnos cuenta de que la vida actual en general es esto, lo cual no quita que los católicos sepamos que tenemos un padre, Dios nuestro señor, que llora por nosotros, que nos espera para consolarnos, porque conoce nuestros sufrimientos y que ha preparado para nosotros un futuro en plenitud. Esta es la esperanza cristiana que vemos todos los días de nuestra existencia y que nos hace levantar.

Como español y católico, no puedo por menos que avergonzarme del actual gobierno de la nación, así como de la práctica totalidad de las comunidades autónomas, que han permitido en todos estos años que se apodere de nuestros compatriotas una especie de letargo, que les hace no saber reaccionar ante hechos tan delictivos como desvirtuar la historia de manera total, para que parezca como de verdad lo que nunca podrá ser; me avergüenzo del acomodamiento que todas las autoridades tienen para en definitiva adoptar de una manera u otra el movimiento woke, que no es otra cosa que el comunismo del siglo XXI, así como la preponderancia de algo tan nocivo para nuestro principios fundamentales como la masonería; me avergüenzo de la aceptación del aborto y de la eutanasia; me avergüenzo de la degeneración imperante a que nos está llevando la llamada ley LGTBI y me avergüenzo de que la mentira, la corrupción y el engaño, se hayan enseñoreado de nuestros gobiernos y en una parte importante de nuestra sociedad civil.

A mis años, sólo me queda esperar que Dios me dé vida para poder contribuir de alguna manera a ver si vuelve a florecer el verdadero espíritu que siempre guio a España.

José Fernando Martín Cinto es licenciado en Ciencias Físicas

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